Carolina Tohá

Carolina Tohá

Es actualmente consultora y profesora universitaria en materias de ciudad y políticas públicas. Ha sido alcaldesa de Santiago, ministra y diputada. Fue una activa dirigenta estudiantil y juvenil durante la lucha por la recuperación de la democracia. Es cientista política de la Università degli Studi di Milano y también estudió derecho en la Universidad de Chile.

23 años

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Era el año 1997 si no recuerdo mal. En algún diario, probablemente El Mercurio, leí una columna de mi ex profesor de derecho civil Enrique Barros. Le puse atención porque, desde mi época de estudiante, él era una voz que se seguía con mucho interés. A pesar de que sus orientaciones políticas nunca han sido las mías, siempre encontré en sus opiniones una reflexión profunda y honesta, además de iluminada por sus conocimientos. En la época en que estudié Derecho en la Chile, Enrique Barrios era una bocanada de oxígeno en medio de esa universidad intervenida por los militares y enfrascada en un retorno a las formas más arcaicas de enseñar y concebir el derecho. Barros no era la única excepción, por cierto, pero había llegado recientemente de sus estudios de post-grado en Alemania y traía una energía contagiosa. Se había especializado en filosofía, tenía una gran pasión por la música clásica y era un experto conocedor de los matices de la cerveza, los mismos que en esos años brillaban por su ausencia, condenados como estábamos a elegir entre 2 o 3 alternativas. Él tenía sus picadas. Sus clases eran brillantes, nos hacía reflexionar, interrogarnos e imaginar que el derecho podía ser algo más que aprenderse las leyes de memoria. 

Todo eso hubiera bastado para que leyera con interés su columna del 97, pero su contenido superó mis expectativas. Han pasado tantos años que temo distorsionar con mis palabras lo que él escribió. Corro el riesgo y lo sintetizo así: señalaba que Chile tenía un sistema institucional que había sido concebido para evitar los giros y la inestabilidad. Explicaba que esas características habían tenido sentido para que el país superara el trauma y los temores originados en la convulsionada historia de los 70 y los 80. Advertía, sin embargo, que el momento para ese tipo de soluciones estaba quedando atrás, y que era necesario evolucionar hacia un sistema que procesara los cambios en lugar de evitarlos porque, de lo contrario, la sociedad comenzaría a acumular debates y conflictos, lo que podría conducir a una nueva era de convulsión.

El trasfondo de su análisis era que, incluso desde la perspectiva de los que habían defendido una institucionalidad que desalentara los cambios, había llegado la hora de abrir paso a un sistema más permeable a ser revisado y reformado por la sociedad. Han pasado 23 años desde entonces. Sin embargo, lejos de las expectativas que esa columna me despertó, ha sido demasiado largo el camino para que sea entendido el mensaje que contenía. 

Chile ha transitado las últimas décadas bajo un orden político que se ha vuelto en su contra. Siempre tuvo defectos severos, pero con el pasar del tiempo, éstos se fueron transformando en un verdadero freno a la toma de decisiones que eran necesarias y mayoritariamente esperadas. Ese orden incluye tres ámbitos distintos que se refuerzan entre sí: primero, una institucionalidad refractaria a los cambios que les pone umbrales altamente exigentes, muchas veces infranqueables. Segundo, una organización del poder desarrollada al alero de esa institucionalidad, que suponía una sociedad de baja intensidad. Tercero, una hegemonía de ideas que sacaron del espectro de lo válido todo lo que no fuera funcional al esquema de la factibilidad limitada y de la priorización absoluta de la estabilidad. Lo que nos tiene estancados, entonces, no es sólo la institucionalidad sino su combinación con las estructuras de poder que generó y el cuerpo de ideas que legitimó como válido. Ese nudo, apretado por los años, ha cerrado el camino a muchas decisiones necesarias que el país ha dejado pendientes o mal resueltas.  

Siempre se dice que hay leyes duermen en el Congreso, que la política se desentiende de los intereses de la gente, que tiene que pasar una tragedia para que se acuerden de los mapuche, de las niñas y los niños, de las mujeres abusadas. Esos reclamamos llevan mucho de razón pues hay demasiadas historias que los confirman, pero hay otra más, que no se cuenta nunca, y es la que estamos tratando de relatar aquí: que Chile está atrapado en una combinación institucional, política y de ideas que no le permite procesar sus dilemas. Muchas leyes duermen porque ninguna de las alternativas de solución alcanza apoyo suficiente. Otras, porque el costo de implementar una correcta política pública no es financiable con la carga tributaria actual. Otras más porque el conservadurismo y los grandes poderes se las arreglan para desacreditar toda alternativa distinta de la vigente. Es una maraña de reglas, equilibrios de poder y concepciones mentales que no tiene más juego que el que hemos presenciado. 

En teoría, hay suficiente insatisfacción con el sistema de pensiones como para justificar una reforma profunda, pero toda esa disconformidad no es suficiente para construir un marco de ideas y de fuerzas capaz de producir los cambios necesarios. Y lo mismo sucede con muchos otros temas que nos exasperan: la situación del pueblo mapuche, el alto centralismo del país, el fallido sistema de protección de la niñez vulnerable, las desigualdades en salud y educación, el sistema tributario regresivo, etc. Eso explica, al menos en parte, la mayor influencia de los proyectos más radicalizados, que ganan credibilidad como reacción a la imposibilidad de los cambios sustantivos realizados de forma incremental. 

En el último tiempo, este nudo se ha comenzado a desatar a tirones y porrazos. El proceso constituyente es un producto de ello y, por ahora, es lo más esperanzador que tenemos a la vista. Allí hay una oportunidad para concebir una institucionalidad diferente, y dar vida a una democracia que no se dibuje desde el miedo ni desde la imposición. Sin embargo, no hay que perder de vista que son igualmente importantes las otras dos piezas del puzzle: nuevas formas de organizar el poder y ejercerlo, e ideas capaces de relevar a las que han imperaron por años. Hasta ahora, el poder y las ideas de nuevo cuño sólo se han hecho operativos para visibilizar los problemas y reclamar por ellos, pero su fuerza se diluye a la hora de levantar alternativas y darles viabilidad. 

La columna de Enrique Barros del año 97 vio venir mucho de lo que pasó después. Pocos en esa época engancharon con su reflexión, y la verdad es que pasaron varios años antes que se cumplieran sus augurios. Aunque el desfase entre Chile y su sistema institucional se comenzó a incubar a fines de los 90, sus síntomas sólo se hicieron evidentes en la segunda mitad de la primera década de los 2000 se agudizaron cada vez más a partir del 2010. Nos hemos demorado mucho, demasiado. Visto así, gran parte de la irritación acumulada se explica por la percepción de una política impotente, trabada, que no logra cumplir su función. Al final, esa es la esencia de nuestra crisis actual y de ahí emerge también la posibilidad de su solución: habilitar a la política para que le sirva a la sociedad y le permita transformarse a sí misma. Tal como se insinuaba en su columna mi profesor, 23 años atrás. 

IMAGEN: Litografía del pintor chileno, Nemesio Antúnez (1918-1993)

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