Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

A Lucho

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Los seres humanos creyéndonos inmortales, creíamos que la muerte no era caprichosa, la olvidamos en el tráfago de nuestros días, entre llamados, reuniones, viajes, todo a velocidades no humanas que nos hacen olvidar nuestra finitud. Las certezas del mundo moderno, sus seguridades, la ciencia se quedan sin respuestas. Inermes quedamos mudos pensando que nos puede tocar la puerta el bicho aquel.

Amanezco esta mañana con la noticia triste y amarga de la partida de Lucho Sepúlveda en Asturias. Lucho era un amigo a la distancia, un amigo real y un amigo en la escritura. Los escritores son amigos, aun aunque uno los conozca personalmente, porque la amistad de la intimidad contenida en la lectura de libros que nos conmueven, es un tipo de cercanía que nos hace perderlos y sentirnos adoloridos cuando dejan esta tierra.

Lo conocí, físicamente en 1999, cuando yo quería ser escritor, afanes que abandoné por otras actividades y por las casualidades de la vida adulta que nos hace adormecer sueños, siempre a la espera de escribir esa novela que no he escrito, pero que algún día me prometo escribir.

Nos presentaron en Santiago en una Feria del Libro e inmediatamente su gracia, su simpatía, sus historias que desbordaban nos llevaron a conocernos en una gran comida eterna hasta el amanecer, una noche de verano en Santiago, que continuamos con correos electrónicos intermitentes en el tiempo, cada uno en sus afanes, pero siempre pendientes de las vidas, de los libros y de las lecturas.

Lo de Lucho era sorprendente. Llenaba los espacios de energía, contaba historias de viajes fascinantes, desde los territorios arenosos de los saharauis en la ocupación marroquí, a su compromiso en los mares australes, sus viajes, su conciencia ecológica, mucho antes que cualquiera siquiera hablase de ello.

Lucho era un chileno, que había arrancado del horror en 1975, llegando a Europa con lo puesto, con una formación del Liceo de Ovalle su ciudad natal y una cultura asimilada por su viejo Tío Pepe, un vasco anarquista que le transmitió sus deseos de viajar. Lucho venía de ese viejo Chile digno de las regiones, del liceo público, de la biblioteca de la casa, de la cultura aprendida a punta de curiosidad en un país pobre, austero, pero con una dignidad y disfrute por el saber que hemos perdido.

La historia de Lucho se resume en su magnífico libro “Mundo del Fin del Mundo”, donde recuerda su retorno a Chile a fines de la dictadura y vuelve al viaje iniciático que jamás dejó de dar alrededor del globo, llegando a ser un escritor fascinante, amistoso, generoso con otros, un contador de historias vividas. Luis se convirtió en lo mejor de ese Chile del mundo, temprano se desilusionó del marxismo de su juventud, y militó desde muy temprano en Alemania, en el espacio de las preocupaciones medioambientales, sin por cierto jamás olvidar su compromiso de hombre de izquierdas. Lucho lideró un nuevo boom literario latinoamericano en los noventas y dos mil, donde se convirtió en una estrella europea, para con los años pasar a una escritura y una vida de mayor reposo, que siempre combinó con viajes a presentaciones de libros. Fue en una de ellas en Portugal donde se encontró con el virus que se lo llevó.

Esta noche miro la Avenida Lyon en Santiago, vacía por el toque de queda por una ventana y recuerdo a Lucho. No son las noches del horror de otros toques de queda. El enemigo ya no viste botas, es microscópico. Vuelve a mí esta noche la historia, quizás, del más maravilloso, desconocido y potente libro de José Donoso, “La Desesperanza” –que por cierto recomiendo-, que ocurre en otro toque de queda, en un relato que dura una noche en éste mismo barrio, en esta misma manzana, en éstas mismas calles que habito tantos años después.

Mañungo Vera el personaje principal es un chileno que vuelve de Europa después del éxito y el exilio, a enterrar a su amiga Matilde Urrutia en “La Chascona”.

Mañungo es Lucho y Lucho es Mañungo. El quiebre del exilio, el retorno, los amigos y el país que se fue, los hizo ciudadanos del mundo, con un lugar de origen, pero ambos hicieron del mundo su espacio vital, sin importar idiomas barreras, ambos cruzaron esa frontera infinita de la cordillera que nos separa de todo.

Un chileno del mundo que llevaba por donde fuese el orgullo de ser un hijo del secano ovallino, pero que se hizo ciudadano de ese planeta vasto, hermoso recorrido en sus maravillosos libros llenos de amor y sensibilidad, que nos pasean desde una gaviota en Hamburgo, a aventuras en el barco de Greenpeace.

Lucho era un viajante, un hombre en permanente movimiento, que llevaba consigo las historias que vivía, narraba, mezclaba y quien sabe, convertía en la verdad de las mentiras de un novelista.

El tiempo de Lucho en esta tierra se terminó por el maldito virus que nos acecha.

Para quienes tuvimos la suerte de conocerlo, de tratarlo, de escribirnos, nos queda un hombre lleno de vitalidad. Con él están sus libros, las dedicatorias que conservo, la amistad y sobre todo su compromiso con la vida.

En tiempos de incertezas, de miserias contenidas que aparecen con la peste, en acciones y actitudes de tantos en horas de miedo, ésta mañana abro en memoria de Lucho uno de sus libros al azar y me encuentro con un párrafo para esta hora, que lo define y que nos dice que Lucho estará presente siempre en la lucha y la memoria.

“Soy uno de los tantos que conocieron la cárcel y huyeron del horror para reunir fuerzas en la tierra de nadie del exilio, pero el mundo nos saludó con la bofetada de una realidad desconocida. La barbarie militar criolla no era diferente a otras barbaries uniformadas, y lentamente descubrimos que nuestros pequeños sueños eran egoístas.

Nos habíamos autoconvencido de nuestra capacidad para derrotar a los enemigos de la justicia convocándolos a luchar en un territorio que suponíamos dominar, pero en el fondo y por comodidad, dejábamos que ellos continuarán fijando las reglas del juego. Al cabo de un largo, molesto y doloroso tiempo, el exilio, nos permitió entender que la lucha contra los enemigos de la humanidad se libra en todo el planeta, que no requiere héroes ni mesías, y que parte defendiendo el más fundamental de los derechos: El Derecho a la Vida.”

Gracias Lucho por tanto. Que la tierra te sea leve compañero.

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