Milena Vodanovic

Milena Vodanovic

Periodista y magíster en gestión de negocios. Hace décadas trabajó en las revistas Apsi y Solidaridad y luego en Revista Paula, medio que dirigió entre 2007 y 2015. Actualmente ejerce como profesora universitaria en la UDP y la UAH; es miembro del directorio del medio de comunicación multiplataforma Pauta y consejera de Comunidad Mujer. En los últimos años ha iniciado un nuevo camino de exploración en la creatividad. Publicó el Libro La Vida a mano (Editorial Hueders, 2016), con dibujos, bordados y estampados de su autoría, y pasa muchas horas en su taller de ceramista, construyendo piezas utilitarias y escultóricas.

A tomar partido. Sin deprimirse.

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Me ha pasado en estas semanas que hago un esfuerzo permanente y agotador por ver y comprender, por distinguir y separar, por no dejarme llevar por polaridades básicas y encontrar una posición, la mía, desde donde situarme para mirar, entender, hablar y cooperar en todo este huracán-país.

Es un esfuerzo que requiere tiempo y caldo de cabeza. Uno lee, conversa, discute, se aprieta las tuercas, ve la tele, piensa algo, luego en la tarde concluye exactamente lo contrario.  Se queda uno con el cerebro frito.

Pero he llegado a convencerme -quizás porque no tengo ninguna otra forma de subirme a este carro- que se trata de una tarea fundamental e ineludible. Hay que fijar una posición. No son tiempos para pusilánimes.

Entonces: veo los supermercados y las farmacias quemados y saqueados; veo los semáforos rotos, las esculturas hechas pebre; las señaléticas de las calles convertidas en alimento de hoguera; veo los ojos perdidos, decenas, más casi dos centenares de lesiones oculares; un joven al que en una comisaría le introdujeron una luma por el ano; heridos con balines. Muertos.

Y sé que cuando digo “supermercado saqueado” estoy diciendo más: familias desabastecidas en barrios pobres; gente que perdió su trabajo sin remedio; proveedores que no podrán pagar sus cuentas; compañías de seguros que nunca más avalarán un supermercado en esas zonas; caída de la inversión extranjera, pobreza.

Y sé que cuando digo “decenas de ojos menos” también estoy diciendo dolor, miedo, rabia, impotencia, odio. Trauma. Un impacto que desde la víctima se extiende a sus familiares, a sus amigos, a sus conocidos, a los que estaban allí casualmente cuando ocurrió, a los que los atendieron en la Posta, a los que vimos las imágenes.

Deliberadamente enumero ojos y supermercados en el mismo párrafo porque es importante ver la película completa. Pero ya que estamos haciendo ejercicios curiosos también podemos hacer este: Si te dicen que perderás un ojo o quemarán cuatro supermercados, ¿qué escoges?

Por lo tanto, bueno es unir para observar la película completa, pero también hay que separar para no meter todo en un mismo saco.

Y así nos vamos. Porque viene la pregunta: ¿Habría ojos de menos si nadie hubiera usado un disco pare para la barricada? Y luego, ¿por qué se rompen los vidrios y nos robamos el Quix y cinco esponjas del Líder o le prendemos fuego al local de una cabra que acababa de emprender con figuritas de papier maché?

“Hay pacos infiltrados”. “Viene del Pacto de Sao Paulo, los manda Maduro”. “Son anarquistas entrenados por el Frente”. “Está clarísimo que es lumpen puro y duro”. “Son los narcos”. “Son cabros irresponsables y aburridos”. He perdido la cuenta de las teorías que salpican los whatsapps sobre quiénes son los responsables de los destrozos y hasta ahora no he visto ninguna respaldada por algún dato, alguna prueba, algún detenido. Quizás ocurran simultáneamente todas las anteriores.

Pero, ¿qué expresa esa pulsión destructiva? ¿Dónde estaba? ¿Qué significa?, ¿Cómo cesa?, ¿Qué la calmaría?

Porque estaba ahí. Debajo de la alfombra. No nos hagamos los lesos. No viene de Venezuela, ni de la ex Unión Soviética, ni del Mir que en paz descanse, ni menos llegó en el platillo de Cecilia. Estaba ahí. Entre nosotros. Es nuestra. Nuestros insurgentes, nuestros narcos, nuestros jóvenes incontinentes e irritados, nuestro lumpen, nuestros infiltrados. Todos chilenos. Todos.

Y sigamos, ya que queremos distinguir. ¿Era paz lo que teníamos antes? Yo pensaba que sí. El Oasis ese. Era lindo creerlo. Qué orgullo. Pero no. Resultó que ni tanto. Porque, ¿es violencia o no es violencia que un medicamento que cuesta 2.200 pesos se venda a 40 mil porque sí no más? ¿Es violencia o no es violencia vivir con 300 mil pesos y que te suban el metro y que un ministro de la República te diga que no reclames y te levantes más temprano? ¿Es violencia o no la colusión de las farmacias y la del  papel confort? ¿Es violento que los militares  se anduviesen comprando autos y los carabineros ya no me acuerdo qué con el dinero del país?

La normalización del mal trato normaliza el maltrato. La impunidad engendra impunidad. Nos acostumbramos. No importa. Todo es violento. Si ellos me violentan, ¿qué más da que el barrio se quede sin minimarket? ¿qué me importa? Ya que hemos creado una sociedad donde se “es” en la medida que se tiene no nos extrañemos que quienes no tienen comiencen a convencerse de que ni siquiera son.

Sí pues, hagámonos cargo del monstruo que engendramos.

Y volvemos al hoy. A la angustia que sentimos ante esta situación sin salida y al cómo nos polarizamos.

Entonces unas palabras sobre el miedo: seis años de sicoanálisis en la prehistoria de mi vida y una dedicada atención a los códigos de la vida animal y natural en estas postrimerías, me han enseñado que el miedo no se debe desestimar. Nunca. Porque es una señal de alerta frente al peligro. Pero es eso, nada más. Porque después del miedo debe venir rápido el discernimiento y la acción: o me escondo o me arranco o ataco. No hay más. Lo otro, quedarse paralizado, solo nos convierte en presas.

Por lo tanto: sí, tenemos miedo. Todos: de que se acabe la democracia; de que destruyan mi negocio, mi casa, mi fuente de trabajo; de que me lancen la lacrimógena en la cara; de que me maten; de que unas hordas se lancen contra mí; de que en pocos años seamos nosotros los inmigrantes pidiendo por favor que nos dejen pasar a Bolivia; de que acabe mañana a combos con mi cuñado o escupiéndole a mi vecina.  

Pero quienes hemos visto en este estallido un despertar y una esperanza; quienes creemos que lo aquí ocurrió es que al fin vimos la basura pestilente que teníamos escondida, quienes aún pensamos que en esta movilización – que tiene, claro, un  rostro claro y otro oscuro- hay una fulgurante oportunidad de ser grandes de verdad, y no un país de plástico haciéndose el lindo con los muertos en el armario, tenemos el deber de buscar un modo de que el miedo no nos gane.

Porque esta es una crisis. Y cuando el miedo manda en una crisis, el primer impulso es volver a atrás, al statu quo. Entonces, la crisis deja de ser oportunidad. Se neurotiza y se convierte en pataleta.

Esto será para largo. Vamos a tener que aprender a vivir en la incertidumbre. Como tantos chilenos que ya lo hacen, mes a mes, parando la olla con $ 300.000.

Y entonces, ¿qué hacemos? Es difícil, lo reconozco, encontrar la posición y el discurso que afirme la fuerza del movimiento social y al mismo tiempo desestime la violencia, porque no se trata de simplemente decir “condeno la violencia”, qué facilismo de hello Kitty.

Ando en eso y no tengo la respuesta, pero pienso que si miramos todo esto desde ese lado que llaman “las energías”, el combate entre la luz y las tinieblas nunca jamás se solucionó con la luz escondiéndose, apagándose o atenuándose.

A las tinieblas, claridad. Acuérdense de Star Wars.

Así es que fuera tristeza, fuera depresión, fuera inmovilidad. Como sea, desde uno primero, buscando y anclando, dialogando y afirmando, hay que tomar partido. Por el cambio, por la esperanza, por una profunda transformación. Por otra plaza en qué encontrarnos. Con el miedo bien cachado y después bien amarrado. Sin destrucción irresponsable. Con una voz que vamos a tener que aprender a articular. No veo hoy tarea más hermosa ni más urgente.

Y no fue distinto antes. Sin odio, sin violencia. ¿Se acuerdan?

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