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Abraham F. Lowenthal, en Clarín: presidente del BID debe ser un latinoamericano

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Por Abraham F. Lowenthal // Contenido publicado en Clarín

En momentos en que las instituciones multilaterales intentan responder a los desafíos globales sin precedentes que se presentan hoy, una que ya funciona bien es el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Fundado en 1959 y con sede central en Washington D.C., el BID tiene amplio reconocimiento por su importante papel de apoyar los esfuerzos para reducir la pobreza y la desigualdad latinoamericanas de un modo sostenible y facilitar la cooperación económica interamericana.

Sin embargo, el esfuerzo sin precedentes del presidente Trump para ubicar a un estadounidense en la presidencia del BID plantea el riesgo de distanciar a la región y politizar esta exitosa institución. Sesenta años de tradición –de conducción latinoamericana del BID- no deberían echarse por la borda en las elecciones presidenciales del banco, actualmente programadas para mediados de septiembre.

Como mayor fuente de financiamiento para el desarrollo de nuestro hemisferio, el Banco Interamericano de Desarrollo canaliza unos 12.000 millones de dólares anuales en préstamos a los países de América Latina y el Caribe para sostener proyectos minuciosamente revisados de infraestructura, modernización del Estado, educación y programas sociales.

Anualmente, el BID financia más proyectos en América Latina que cualquier otro banco multilateral de desarrollo, incluido el Banco Mundial, y ha construido relaciones y una reputación de resolución de problemas y creación de sociedades público-privadas que contribuyen de manera importante al desarrollo de la región. Es más, la significación del banco debería ser aún mayor en el futuro, en tanto América Latina lidia con el triple revés del COVID-19 (con el 28% de las víctimas del mundo hasta ahora), la caída económica más pronunciada de cualquier región en desarrollo (que este año se proyecta como un crecimiento negativo de 9,4%) y marcada agitación social en muchos países, impulsada por la profunda frustración de una clase media que recae en la pobreza y la precariedad.

Ese es el contexto de la candidatura sin precedentes presentada este mes por la administración Trump en favor de un ciudadano estadounidense –un colaborador de la Casa Blanca- para que actúe como quinto presidente del BID y el primero proveniente de los Estados Unidos.

El sorpresivo anuncio estadounidense ha provocado una tormenta de reacciones negativas en América Latina. Cinco presidentes latinoamericanos recientes –Fernando Henrique Cardoso de Brasil, Ernesto Zedillo de México, Ricardo Lagos de Chile, Juan Manuel Santos de Colombia y Julio Sanguinetti de Uruguay— todos hombres de Estado sobresalientes y cordiales amigos de los Estados Unidos, efectuaron una fuerte declaración para oponerse. Esta semana, el presidente conservador Sebastián Piñera de Chile pidió que se aplace la elección hasta 2021. Y la Unión Europea está reclamando a los países miembros que son accionistas del BID que también apoyen un aplazamiento.

La administración Trump presiona a los gobiernos latinoamericanos para que mantengan la fecha de septiembre y apoyen la candidatura, ofreciendo como zanahoria la inminente renovación de capital del banco y blandiendo como palo la posibilidad de no entregar la asistencia para la pospandemia, como parte de un esfuerzo para asegurarse votos.

Sin embargo, la oposición a la candidatura se está fortaleciendo, en especial en Argentina, México y Perú, en tanto Chile ya la ha anunciado Esto no tiene que ver con el candidato del presidente Trump, que posee antecedentes relevantes en asuntos económicos, financieros e internacionales, aunque, a diferencia de los presidentes actual y anteriores del BID, no ha prestado servicio como ministro del gabinete y no aportaría esa dignidad.

Pero la principal objeción a su candidatura es que pasa por alto un compromiso y una práctica de sesenta años, iniciados con los auspicios del presidente Eisenhower, que estipulaban que el banco tendría su sede en Washington, un presidente latinoamericano y un vicepresidente ejecutivo estadounidense.

Esta fórmula ha funcionado bien durante seis décadas, años en los cuales los países latinoamericanos aumentaron su aporte de capital y su sentido de propiedad e hicieron que los préstamos y los programas del banco fueran cada vez más eficaces.

Estados Unidos es el mayor contribuyente y accionista del BID, pero la decisión del presidente Eisenhower de acceder a una conducción latinoamericana del banco es coherente con el enfoque estadounidense tradicional de posguerra respecto de las organizaciones multilaterales por las que él abogaba: influencia sí, pero dominio de un país, no.

Algunos piensan que el esfuerzo sin precedentes de la administración Trump para colocar a un estadounidense en la presidencia del BID es una forma de contrarrestar la creciente influencia china en América Latina. Sin embargo, la forma indicada de refrenar la influencia china no es secuestrar una exitosa institución multilateral sino fortalecer una cooperación interamericana significativa para satisfacer las necesidades económicas y sociales.

Nombrar a un estadounidense como titular del BID poco antes de una elección presidencial estadounidense plantea el riesgo de marginar y politizar la institución, sobre todo si los votantes estadounidenses eligen una nueva dirección en noviembre.

La pandemia ha demorado o llevado al plano virtual muchas reuniones multilaterales. El Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo, por ejemplo, pospuso su reunión anual debido a la pandemia. El BID pospuso su reunión anual de septiembre seis meses por la misma razón. También debería aplazar hasta marzo de 2021 la votación para elegir nuevo presidente. Esa es la medida prudente.

Y, al mismo tiempo, el gobierno estadounidense, ya sea que lo encabece el presidente Trump o el presidente Biden, debería volver a la norma consagrada de que el presidente del BID sea un latinoamericano. Si las cosas funcionan, déjenlas como están.

Abraham Lowenthal es presidente emérito del Consejo del Pacífico sobre Política Internacional. Firman también esta nota George Shultz, ex secretario de Estado de los EE.UU. Thomas F. McLarty, ex jefe de Gabinete de la Casa Blanca y enviado especial para las Américas Carla A. Hills, ex representante comercial de los EE.UU. Robert B. Zoellick, ex presidente del Banco Mundial, representante comercial de los EE.UU. y subsecretario de Estado de los EE.UU.y  Nelson W. Cunningham, ex asesor especial del Presidente.

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