Miguel Yaksic

Miguel Yaksic

Licenciado en filosofía y teología y máster en ética social. Desde diversas veredas ha estado vinculado a lo político y la ética pública. Ha trabajado en la formación de trabajadores, en la promoción de los derechos humanos de las personas migrantes y refugiadas, en el desarrollo de competencias interculturales, en consultoría y docencia universitaria. Actualmente trabaja en el Consejo para la Transparencia y es profesor adjunto de la Escuela de Gobierno UC.

Abusos individuales y abusos sociales

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A comienzos de 2010 en un programa de televisión Juan Carlos Cruz, José Andrés Murillo y James Hamilton decidieron hacer pública su historia de abusos sexuales y de conciencia durante el tiempo que fueron feligreses de la parroquia de El Bosque. Los abusos que todos conocemos habían ocurrido años antes. Varios años antes incluso de que se animaran a denunciarlos ante las autoridades de la iglesia. Esa parroquia era modelo para la iglesia de Santiago. Karadima había provocado muchas vocaciones, los sacerdotes que venían de esa comunidad eran de clase alta y estaban académicamente bien formados. Muchos de ellos ocupaban cargos de poder: había varios obispos, estaba rector del seminario, el decano de la facultad de Teología UC y un vice gran canciller de esa universidad.  Karadima era admirado y tenía fama de santo entre sus conservadores seguidores, a pesar de ser intelectualmente corto, exhibir una pobre teología y profesar ideas pedestres, formales y vacuas.

Todos sabemos que la podredumbre era subterránea. Y que la mugre se escondía debajo de la alfombra. Actitudes sectarias, traspasos sexuales y de conciencia hoy impensables, se hallaban perfectamente legitimados.

A las víctimas -que hoy gozan de mucho reconocimiento- les tomó mucho tiempo caer en la cuenta del abuso, elaborarlo, volverse contra él, denunciarlo y convertirse luego en portavoces conocidos y validados. Por los años en que esto salió a la luz, recuerdo muchas personas -sobre todo varones- decir que no entendían. Que si ellos hubieran estado en el lugar de las víctimas y el cura les hubiera tocado un dedo, ellos le habrían pegado un combo y se habrían ido de esa comunidad para no volver jamás. Eran incapaces de comprender que había habido una dinámica abusiva, que primero entra por la conciencia, que está arraigada en relaciones asimétricas de poder y que el victimario contaba con una autoridad difícil de desafiar.

He recordado mucho esa dinámica al ver la performance de Lastesis dar la vuelta al mundo. Me encontré con un montón de tuits que decían:

-“Y la culpa no era mía” (tenía 10 años), “ni donde estaba” (en mi pieza, acostada en mi cama), ni como vestía (con pijama). “Y me tomó 20 años darme cuenta de eso”.

A cuantas mujeres les ha tomado años caer en la cuenta de los abusos que provienen de una cultura arraigada en fundamentos patriarcales. Toma años comprender esos abusos, nombrarlos, elaborarlos, reconocer que la culpa no era de ellas y años para enfrentar al victimario. 

El estallido social ha develado el mismo proceso. Relaciones asimétricas legitimadas, reconocimiento de relaciones abusivas y la necesidad de elaborarlas, nombrarlas y enfrentarlas.

Los treinta famosos años de la Concertación y de los gobiernos que la sucedieron trajeron paz, crecimiento, progreso, reconciliación, aumentaron la riqueza y bajaron la desigualdad. Fue una época de acuerdos y negociaciones que hay que agradecer y de la cual me siento heredero y admirador.  Pero los grandes acuerdos fueron pactos sellados entre quienes tenían el poder. Y fueron acuerdos ciegos a la diferencia y a la cultura del borde.

Ese mismo proceso de abuso, de tomar conciencia del abuso, de elaborarlo y de terminar por enrostrarlo es lo que ha ocurrido en Chile a nivel político y social. Recuerdo haberle escuchado a un empresario agrícola decir que “en la Araucanía vivíamos felices, tranquilos y sin conflictos hasta que en el ’94 se promulgó la ley indígena y empezaron todos los problemas” ¿Quiénes vivían felices?

Qué duda cabe de que Chile es hoy un mejor país. Con menos personas en situación de pobreza, con mejores carreteras, hospitales, escuelas, etc. Y, sin embargo, es un país más enojado, más frustrado y que exhibe más conflictos.  Pero creo que muchos de los conflictos que hoy vivimos son una bendición y no un problema. Y lo son porque gracias a que somos un país más educado y más desarrollado es que somos mucho más conscientes de los abusos que se han vivido. Hoy, con una cobertura de casi el 100% en la educación secundaria, los estudiantes pueden reclamar por la calidad. Hoy, las mujeres conscientes y cansadas de los abusos patriarcales y machistas, pueden reclamar por más equidad de género y respeto de sus derechos reproductivos. La expansión del consumo y la expansión de la educación han despertado la frustración de muchos chilenos. Porque más educados somos más conscientes de lo que no tenemos. Hemos caído en la cuenta que Chile ha sido como un restorán de barrio, atendido por su propio dueño. Han sido unos pocos que han acumulado el poder económico y político. Y a esos pocos les ha costado mucho hacerse conscientes de las posiciones de poder en las que se han encontrado por muchos años.

Los conflictos que vivimos hoy pueden ser un freno al crecimiento y al desarrollo. Pero también son una oportunidad. Son manifestaciones de un país que está madurando. Los conflictos destapan relaciones en apariencia correctas, pero en el fondo podridas. Relaciones donde no había libertad, sino opresión.

Recobrar la confianza no será una decisión que tomen unos pocos que detentan mucho poder. Será un proceso donde crezcan las relaciones simétricas, el trabajo decente, la vivienda adecuada, el transporte digno, la educación de calidad para todos, el acceso a la salud, los sueldos justos y el tiempo para el ocio.  Por eso que el conflicto mapuche no es el conflicto mapuche. Es el conflicto del Estado de Chile y de las empresas forestales con el pueblo mapuche.

El crecimiento económico le ha traído a Chile mucha justicia. Pero también ha dejado atrás a quienes la teología de la liberación ha llamado “las víctimas de la historia”. Los que siempre quedan al margen. Un país desarrollado no es sólo un país con mejor infraestructura. Es un país de relaciones justas. Es un país donde la esfera pública se convierte en el espacio democrático donde la diversidad de identidades sociales e individuales se permean y repermean en relaciones simétricas, horizontales y de mutuo reconocimiento. No hay otro camino que el de las relaciones justas para alcanzar la cohesión social, la paz, el desarrollo y obtener –y no recuperar– una confianza que nunca antes ha existido.

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