Eugenio Severin

Eugenio Severin

Cofundador y director ejecutivo de “Tu clase, tu país”. Ha sido consultor internacional en educación para instituciones como UNESCO, BID, Banco Mundial y otras. Fue Especialista Senior en la División de Educación del Banco Interamericano de Desarrollo desde el 2008 hasta 2012. Trabajó desde 2003 y hasta el 2008 en la Fundación Chile. Fue Jefe de Gabinete del Ministerio de Educación de Chile entre el 2000 y el 2002 y luego fue Director Nacional de la Oficina de Asuntos Ciudadanos del mismo Ministerio.

Ahora o nunca

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Desde hace años, un creciente consenso entre educadores, expertos, académicos y los mismos estudiantes ha ido instalándose. El sistema escolar no parece estar a la altura de los desafíos del siglo XXI, lo que se refleja no sólo en las enormes dificultades que ha experimentado para mejorar los resultados en las pruebas estandarizadas (SIMCE, PISA, TIMMS), sino que con más fuerza aún en otros indicadores y dimensiones de la calidad educativa.

Las tasas crecientes de deserción en educación media, el abandono de los docentes al tercer año de ejercicio profesional, la crisis eternamente no resuelta en la educación superior, la falta de foco en la inversión en educación inicial, el sobrepoblamienteo del currículo, el amarre del SIMCE, la falta de integración de los sistemas público y privado con subvención, las crecientes dificultades en habilidades lectoras (especialmente en los hombres) y las crecientes fallas en la formación matemática y científica (especialmente para las mujeres), la falta de profundidad en la formación ciudadana y de competencias para el siglo XXI. 

A los desafíos “internos” del sistema, hay que agregar los cambios brutales que está experimentando el mundo en los últimos años. El informe de la Universidad de Oxford advierte que en apenas 20 años, cerca de la mitad de los empleos actuales serán sustituidos por robots e inteligencia artificial, complementado con el de Mckinsey que plantea que el 60% de los empleos verán automatizadas el 30% de sus actividades. Probablemente otros empleos, con otros requerimientos, serán creados, pero eso propone un desafío enorme si queremos formar a niñas y niños de hoy para la sociedad y el mercado laboral real en que trabajarán. Las urgencias de la crisis climática requiere también del desarrollo de nuevas competencias y conocimientos. La desconfianza en las instituciones y la representatividad supone un desafío enorme para la democracia y la forma de ejercer la ciudadanía. La crisis social y la desigualdad requieren el desarrollo de lógicas económicas más solidarias y sustentables. 

En síntesis, son muchas las señales que parecen marcar como necesario el cambio, para contar con un sistema educacional que efectivamente prepare a los estudiantes de hoy para la sociedad del siglo XXI.

Hasta ahora, a pesar del creciente consenso en el diagnóstico, las voces de la innovación en la forma de organizar y en los propósitos y contenidos del sistema educacional han tenido dificultades para convertirse en proyectos serios, profundos, de largo plazo. La pelota parecía estar trancada entre los muchos intereses, fuerzas y actores que son parte del sistema, lo que hacía difícil mover seriamente cualquiera de las variables importantes del sistema.

La crisis sanitaria, por su parte, ha hecho que muchas de esas variables mostraran con más evidencia su fragilidad. El diseño actual del sistema mostró en toda su majestad la falta de cintura para actuar con rapidez, y para responder a la emergencia. Pero también mostró las grietas desnudas en las que se ha sostenido hasta ahora.

Los próximos meses serán de emergencia, de dar respuesta concreta a los desafíos de la educación masivamente remota. Pero también deben ser una oportunidad para preguntarnos seriamente, qué educación queremos proponer a los estudiantes cuando en 2021 o 2022 podamos volver a la “nueva normalidad educativa”. 

El peor fracaso, sería llevar de vuelta a niñas, niños y jóvenes al mismo sistema que ya sabíamos que funcionaba cada vez menos y peor. El mayor éxito, que seamos capaces de construir, juntos, entre todos, otra educación, una que les dé respuesta y los prepare efectivamente, que desde sus diversidades y desigualdades, ofrezca a todos la educación de calidad que el siglo XXI les demandará.

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