Andrés Villar

Andrés Villar

PhD en Relaciones Internacionales de la Universidad de Cambridge. Cientista Político de la Universidad Católica, con estudios en Science-Po París. Volví para trabajar como Investigador en FLACSO-Chile. Fui Analista del Ministerio de Relaciones Exteriores. Tras finalizar mis estudios doctorales trabajé como Investigador Asociado en el Centre for Rising Powers(Universidad de Cambridge). Lo mío son las Relaciones Internacionales.

América Latina y Estados Unidos: post 2020

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Durante los últimos cuatro años, la administración Trump ignoró en gran medida a América Latina como parte de una estrategia más amplia de retraimiento internacional. La próxima elección presidencial se presenta como una oportunidad para dar un giro a las históricas relaciones entre Estados Unidos y América Latina.

Lamentablemente el balance de este periodo es negativo. Cabe destacar la destroza política dirigida a Centro América para “combatir” las migraciones latinas hacia Estados Unidas que se graficaron tristemente en las imágenes de niños enjauladas en la frontera. En términos económicos-comerciales, más allá de la renegociación del NAFTA no hay mucho más que destacar en el área. A nivel político, Estados Unidos ha sido más bien un agente disruptor y conflictivo para abordar la crisis de Venezuela. Desde una perspectiva hemisférica, será recordado por la intensión de revivir la Doctrina Monroe y la posibilidad de intervenir en la región para evitar que el vacío de poder dejado por ellos fuese llenado por China. Irónicamente, por lo tardío y la errada estrategia, sucedió todo lo contrario.

En este cuadro, un potencial triunfo de Biden el próximo martes 3 de noviembre podría cambiar esta tendencia. El programa de Biden da luces de una voluntad de Washington por retomar un mayor protagonismo en el ámbito internacional. En este sentido, América Latina se presenta como un espacio geográfico más benigno para dar señales de dicho cambio ante la comunidad internacional. Principalmente porque no es una zona que genere temas conflictivos de alta intensidad político-estratégicos, existen mayores márgenes de acción para una convergencia de interés entre Estados Unidos y América Latina. Por lo anterior, se abre una ventana de oportunidades para que el retorno del liderazgo histórico de EE.UU. en la región se focalice en temas de interés vecinales y globales. 

Sin lugar a dudas, su prioridad será Centro América. El equipo de Biden ha dado señales de retomar el financiamiento y respaldo para combatir la corrupción en Guatemala, Honduras y El Salvador; apoyarlos en la reducción de la migración y luchar contra la trata de personas y disminuir la pobreza. Desde una mirada regional, Estados Unidos debería fortalecer los espacios multilaterales para enfrentar la crisis climática, la pandemia y la recuperación económica.

Para el caso de Sudamérica y Chile, la situación es distinta. La agenda es menos critica, por lo tanto, es factible construir una agenda de interés mutuo y con mayor autonomía. Nuestro país debe ser cauto en superar la interpretación dominante de estos últimos cuatro años que supone una toma de posición se encuentra manejada por una personalidad que busca ventajas domésticas, pero que se aleja cada vez más del rol hegemónico en los organismos internacionales, respetando su estrategia y buscando, como lo hizo con relativo éxito en el pasado, la diversificación de su política exportadora y posicionando en temas como los Derechos Humanos.

En este sentido, las voces que llaman a revivir el Movimiento de Países No Alineados es una estrategia errada que no está acorde a la realidad del ordenamiento y correlación de fuerzas internacionales. Dicha estrategia tenía un claro clivaje en el contexto de la Guerra Fría, en cual Chile y la región, por convicción o margen de acción pudo construir una lógica. En la actualidad, dada la fragmentación de la región (BID para empezar) y las distintas opciones estratégicas de los países con EE.UU. y China en donde encontramos una Argentina más cercana a China versus Chile y Colombia más cercanos a Estados Unidos hacen poco viable aplicar esta propuesta. 

Creo que ese concepto refleja una visión simplista del sistema internacional, que lo reduce a una sola línea de conflicto. Tiene también un halo nostálgico, en su evocación de un movimiento de los no alineados que fue prontamente desnaturalizado y manipulado. Y no da cuenta de un mundo mucho más complejo y multipolar, en que los estados interactúan con otros actores.

La confrontación sino-americana puede tener muchas variantes, aunque se trate de las dos mayores potencias, pero existe también una multipolaridad que se traslapa a esa confrontación, con una Europa en proceso de una identidad más vigorosa, con potencias como la India, con agrupaciones con sus propios intereses como ASEAN, con países muy fuertes como Japón y la República de Corea, con una Australia y Nueva Zelandia con visiones propias, con otros países como Rusia y Turquía con fuertes intereses regionales, todos los cuales no se unificarán en un “tercer movimiento”, sino que podrán tener coincidencias (o no) con los principales actores.

En ese sentido, dado el tamaño y capacidades de un país pequeño como Chile y de otros vecinos, parece más realista elaborar estrategias que generen mayores espacios de autonomía para moverse un mundo con variados mecanismos de concertación multilateral. En el entendido, que nuestra opción por la inserción internacional se sustenta en las instituciones multilaterales.  Por lo tanto, en un contexto de crisis del orden internacional, es de interés estratégico de Chile reforzar colectivamente dichos espacios.  

Por de pronto, la protección del medio ambiente y pacifico suroriental son una unidad y ahí como hemos visto recientemente los pesqueros de alta mar (entre ellos los de China) tienen intereses contrapuestos o por lo menos distintos. En fin, en un mundo que ya es transregional, deberíamos afianzar la cooperación entre Argentina y Perú dentro de nuestros parámetros, e incluir y generar una alianza también con Nueva Zelandia y Australia.

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