Milena Vodanovic

Milena Vodanovic

Periodista y magíster en gestión de negocios. Hace décadas trabajó en las revistas Apsi y Solidaridad y luego en Revista Paula, medio que dirigió entre 2007 y 2015. Actualmente ejerce como profesora universitaria en la UDP y la UAH; es miembro del directorio del medio de comunicación multiplataforma Pauta y consejera de Comunidad Mujer. En los últimos años ha iniciado un nuevo camino de exploración en la creatividad. Publicó el Libro La Vida a mano (Editorial Hueders, 2016), con dibujos, bordados y estampados de su autoría, y pasa muchas horas en su taller de ceramista, construyendo piezas utilitarias y escultóricas.

Anti réquiem para el periodismo

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Leo que Facebook tomará prevenciones de cara al plebiscito constitucional para evitar las noticias falsas. Cómo controlarlas e conversa en el mundo entero. Hay países que han creado normas y, en algunas elecciones o situaciones políticas puntuales, Facebook ha destinado a miles de “editores-censores” para filtrar. Es que desde hace rato los contenidos que circulan por las redes sociales dejaron de ser tan transparentes, tan democráticos ni menos fruto de la interacción espontánea.

Todos hemos recibido alguna vez un WhatsApp alertando que la Coca Cola está envenenada y resulta que se trata de un hecho ocurrido, por decir algo, en México en 2006. En otras oportunidades ni siquiera la información tergiversada surge a partir de una situación concreta, sino que derechamente se ha inventado. Igual cosa acontece con las imágenes y los videos. Ya hemos visto lo fácil que es, en las nuevas aplicaciones, agregar un animal, un auto o una torta inexistentes a la foto familiar. “¡Oh, tienes un pastor alemán!”, “No, ja ja, es un filtro”.

No cuesta nada.

El asunto de la veracidad, la manipulación, la confiabilidad de la información es y ha sido siempre, en términos absolutos, imposible de asegurar ciento por ciento. Es casi una problemática filosófica. Pero en la esfera práctica de las naciones democráticas contemporáneas estuvo bastante resuelto por décadas. El modelo antiguo, consistente en medios de comunicación escritos por periodistas con título y responsabilidad legal versus audiencias pasivamente consumidoras de información, se prestaba para organizar el asunto. Se trataba de un intercambio unilateral, controlado y regido por la ley. Además de por la ética, ciertamente, y resguardado por la paciente diligencia de editores, directores, productores y una larga cadena de depuradores en las salas de redacción, ocupados de que el lector, auditor, radioescucha o televidente recibiese información veraz, oportuna, pertinente, precisa, clara y cercana. Sí, no siempre con éxito, pero nos ocupábamos vehementemente de ello. Me consta. Y podíamos pasarnos noches en vela para conseguirlo. Inmolados por el lector.

Hoy, en esta era del fin de los medios y cuando las audiencias ya no consumen pasivamente sino que replican, intervienen y generan también ellas el contenido circulante (audiencias-emisoras), el tema de cómo controlar la manipulación informativa vuelve a instalarse  como una problemática huidiza.

Crisis de credibilidad
¿Cómo saber cuándo una información es verdad o mentira? El hecho de que me la haya enviado un amigo o pariente en cuyo criterio confío no basta. ¿Cómo detectar si la noticia viene de una fuente confiable? ¿Si comenzó siendo una cosa y se tergiversó en el camino del re tuiteo o del re posteo? ¿Si derechamente es un invento, a veces inocente, fruto del error o de un mal tipeo, pero, ay, también de la manipulación deliberada?

Las problemáticas de la calidad de la información y la libertad de expresión, dos ramas de un mismo árbol que a veces entran en confrontación, no son nuevas. Pero adquieren otros signos en el actual sistema, porque hoy no no tenemos un acuerdo legal, ni social ni menos tecnológico sobre cómo gobernar el nuevo intercambio informativo. Es que la idea inicial de una internet sin fronteras ni dueños era precisamente esa: que nadie la regulase y que todos nos imbricásemos sin intermediarios. Libres.

Parecía un camino de apertura, democracia y fragmentación del poder. Y lo ha sido. En parte. Pero todo espacio bello y poderoso tienta al caos. Y peor aún, al demonio. Y así, poco a poco, no solo el despelote, sino principalmente el poder, los intereses, los grupos, las ideologías han ido buscado el modo de penetrar en este prístino océano azul de intercambio igualitario cibernético para controlarlo con sus redes de pesca industrial, por usar una analogía. Y lo han conseguido.

Claro, antes Juanito, en Chiloé, no podía lanzar su opinión al mundo como lo hoy lo hace hacia sus dos mil seguidores. Tampoco Manuela, de Quirihue, era capaz de marketear e incluso de vender sus tejidos por Instagram. Pero recordemos que los Juanitos y Manuelas del mundo ocupamos un porcentaje muy, pero muy menor del flujo virtual global y de sus retribuciones económicas. El resto se lo reparten unos pocos gigantes: Facebook, Google, Amazon, Spotify… y todo aquel que sepa, con ingenio y con dinero penetrar en la poderosa red. Es decir: los ciudadanos participamos más que antes, se debilitaron las barreras de entrada, pero el juego y sus ganancias lo controlan muy poquitos. El escenario comunicacional global se asemeja un poco al Chile que denuncia el estallido.

Durante un buen rato de convivencia tensa pero pacífica, el contrapeso a todo ello, en términos informativos, lo ejercieron los medios de comunicación. Debieron ceder espacio a los actores emergentes, pero continuaban rugiendo, entregando un punto de referencia. Si frente a un posteo raro quedaban dudas, uno recurría al viejo periódico o canal confiable. Y ya.

Aquello tenía los días contados. Los medios se dejaron consumir por las lógicas del cliqueo, abandonaron su rol de faro de la noticia veraz, reprodujeron también noticias falsas en una búsqueda frenética por “golpear” (llegar primero) con lo que parecía más sabroso o popular y así ganar seguidores y, con ellos, el avisaje digital. Se rindieron a una lógica ajena a su naturaleza, y así terminaron perdiendo su principal capital: la credibilidad.

Para rematar, ese no era el escenario en que sabían jugar. Sus lógicas de producción no tenían cómo competir con la inmediatez del ciudadano-reportero disparando su video desde la esquina. Los medios comenzaron a llegar tarde. ¿No tuvimos todos esa sensación en Octubre de 2019?

Agreguemos otro dato: Si nos vamos a informar por las redes, a través de nuestros iguales, de quienes nos gustan y piensan como nosotros, de aquellos a quienes sigo y me siguen. ¿Dónde nos encontraremos con los que piensan distinto? Los medios proponían una cierta plaza pública en la que participaba un espectro mayor. No digo que completo, pero mayor. Leíamos, escuchábamos, oíamos todos más o menos lo mismo y eran consultadas, entrevistadas, reporteadas figuras muy diversas. Podíamos encontrarnos y ver a los demás. En la fragmentación informativa actual, eso se perdió. No es rara entonces la pulsión a negar al que piensa distinto. Cuando los vemos nos parecen un alien.  

Crisis de financiamiento
Es muy duro, definitivo y arrasador lo que ha ocurrido con los medios de comunicación en las últimas décadas. Hoy los vemos en franco proceso de desintegración, jibarización y relativización. Me gustaría decir que están en vías de transformación. Es un deseo. Y lo albergo más que nadie. Pero no es lo que está ocurriendo. Lo que observamos actualmente, en Chile y en el mundo, son periódicos, canales de TV, radios y experimentos noticiosos digitales ahogados por la falta de dinero para generar contenidos, despreciados por las audiencias que se rinden a la facilidad del consumo de información troceada y descontextualizada que les ofrece la red social, agonizando en un espacio nuevo donde todo lo que alguna vez en ellos fue valorado y respetado hoy pareciera considerarse prescindible.

Hay excepciones, claro. Pero el cuadro general es desolador.

Sobre todo porque el tema fundamental, aunque las redes hayan hecho mella, no es que exista un público desinteresado.  Todos anhelamos contenidos informativos de calidad y valoramos un buen reportaje o una entrevista reveladora. La crisis de los medios no se origina en una falta de interés por recibir contenidos. Es más perverso lo que ocurrió.

Se trata de una crisis de financiamiento. En primer lugar, se terminó el contrato que permitió que durante gran parte del siglo XX producir espacios de prensa fuese un negocio perfecto: los medios captaban a ciertas audiencias, más o menos anichadas según su alcance o extensión (más anichadas las revistas, por ejemplo; más masivos los periódicos) y cualquier fabricante de productos o servicios (shampoo, papel higiénico, tallarines, compra-venta de automóviles, inmobiliarias) que quisiese alcanzar a dicho público no tenía más remedio que llegar a él a través de los medios. Círculo perfecto.

Hoy, los generadores de productos y servicios ya no necesitan a los medios de comunicación para alcanzar a sus potenciales clientes. Existen otros dispositivos que les permiten aproximaciones más directas y más precisas: Facebook, Instagram, Twitter, mailings, llamados telefónicos y bombardeos por google basados en las pistas que dejamos en la red o en la georreferenciación que hoy domina el marketing.

Fin de la luna de miel.

Sumemos a ello que el público se acostumbró a que el contenido de internet es gratis. Nadie estuvo dispuesto a pagar por una noticia en el computador o en el teléfono. ¿Para qué, si las recibíamos igual? Pero ese mundo de prensa digital lo subvencionaban  los equipos de prensa que aún se sostenían gracias al avisaje tradicional del papel o la TV.

Hasta que el proceso se aceleró. Y hoy este es el cuadro: si no paga el público, ni tampoco lo hacen, vía publicidad, las empresas e instituciones, ¿cómo se financia el contenido? ¿Cómo se consigue que vayan a terreno los corresponsales de guerra, cómo se pagan sus hoteles, sus pasajes? ¿Quién financia el sueldo de periodistas duchos en el reporteo, de editores perspicaces, de fotógrafos perceptivos?

Esa es la crisis que hemos visto avanzar a pasos agigantados en los últimos meses. Es por esto y no por ocultos propósitos ideológicos ni únicamente por la corta visión de unos gerentes codiciosos que en los últimos tres años se cerraron las revistas Caras, Cosas y Qué Pasa y las radios Beethoven, Zero y Paula; es este el motivo porque La Tercera dejó de repartirse en papel a sus suscriptores y por el cual en enero de este año se viviese una ola de despidos con 71 profesionales desvinculados en Copesa, 75 en Mega, 16 radio en Cooperativa y 20 en Canal 13. Todos en un solo día. Eso sin contar otros ajustes anteriores en El Mercurio y Radio Bio Bío. Seguro que otros casos se me quedan en el tintero. No importa. El retrato queda hecho.

Crisis de un modelo
Es muy doloroso. Estoy viendo el fin de mi profesión.

Un oficio abnegado. Quienes se hayan hecho a la idea de que el periodismo es frívolo y superficial, se equivocan. Nada más lejos de la verdad que esta manida frase que nos define como “un mar de conocimientos en un centímetro de profundidad”. Los periodistas sí somos especialistas. Somos expertos en comunicar. Sabemos distinguir lo relevante de lo irrelevante; nos hemos entrenado en contar relatos con sentido y lo hacemos rápido y estructuradamente. Entendemos qué es noticia. Chequeamos nuestras fuentes. Verificamos la información. Hacemos todo lo posible para que no nos metan el dedo en la boca. Sabemos que nuestros lectores son exigentes, no los menospreciamos. Trabajamos para ellos con rigor y a presión. No niego que hay compañeros irritantes por ramplones o pomposos. Tampoco me es ajena la evidencia brutal de que la propiedad de los medios no ha estado equitativamente repartida: el poder empresarial dueño de casi todo. Pero por casi cuarenta años -obtuve mi título en 1984- he visto a personas sensibles y formadas, trabajadoras y responsables, darlo todo para conseguir un mejor enfoque, por hacer la pregunta correcta. Profesionales que se preguntan a sí mismos una y otra vez si no están siendo sesgados, si acaso faltan datos, si hay que ir a golpear otra puerta para iluminar mejor la idea.

Soldados de la información.

El periodismo es un oficio apasionado. Duro. Bello. La mayor parte de las veces, honesto.

Lo miro desfallecer. Es tristísimo.

Lo más grave es que se trata de una herramienta indispensable para los tiempos que corren. Los medios han sido el único amortiguador, un cierto filtro, para que exista algo de verdad, calidad y honestidad en la información que recibimos casi todos y quienes siempre estarán tentados de manipularla a su beneficio.

Pienso que durante demasiados años el mercado funcionó tan perfectamente en este negocio (audiencia cautiva- avisaje para llegar a ella-dinero para financiar el contenido) que por el camino olvidamos o minimizamos el enorme y fundamental aporte social de los medios y del periodismo como concepto.

Me pregunto si no es hora de re pensar cómo podemos sustentar, financiar, apoyar al periodismo de calidad. Con fondos públicos, con nuestros impuestos, con algún sistema que inventemos. Es una tarea mundial y local. La considero demasiado relevante para no desquiciarnos en el flujo informativo de las redes, que no organiza, no contextualiza, no profundiza ni crea la limitada plaza pública, pero plaza pública al fin, que los medios nos ofrecía. Un espacio para encontrarnos, mirarnos las caras, discutir. Y sabernos distintos.

Estamos frente a un enfermo terminal. El periodismo necesita aire para respirar y medicamentos para sanar. Y si no los recibe, morirá. Lamentablemente. No sé me ocurre cómo vamos a reemplazarlo ni con qué.

Y lo echaremos de menos. Estoy segura.

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