Paula Vial

Paula Vial

Abogada penalista, viajera impenitente, lectora voraz, con amor ecléctico por la música y defensora de alma. Amante del fútbol, las galletitas, el campo y el café. Mamá de cuatro, por elección y amor y mujer de un huaso leguleyo. Feminista, pésele a quien le pese, con hambre por la justicia y la equidad y necesidad de ver, escuchar y leer a más mujeres. #másmujeresalpoder

Antiproyectos

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Una anticolumna podría escribirse si no hubiera necesidad de ella y su título anunciara algo que ya ha sido escrito y está lleno de pirotecnia en su título, que explotara sin novedad ni contenido.

Esa es la realidad de los proyectos “anti” del gobierno. Muchas luces y promesas que se quedan en el anuncio y en los titulares, que desde un populismo exacerbado dicen lo que al parecer la gente quiere oír. O no.

Aunque, como un mantra sagrado, el ejecutivo repite una y otra vez que no es su estrategia para las movilizaciones sociales, los hechos los desmienten.

En el año 2011, mientras en las calles los estudiantes exigían cambios, el gobierno respondía con la presentación de un proyecto de ley antiencapuchados. El proyecto buscaba endurecer las penas para quienes ocultaran sus rostros en manifestaciones públicas, en la búsqueda del fortalecimiento del orden público. En castellano, criminalizar la protesta ciudadana. 

La propuesta legislativa fue desechada en el 2013, pero el gobierno parece creer firmemente que “quien la sigue, la consigue”, en un oportunismo que ofende y desespera.  

Como un deja vu, el argumento y el guión se repiten hoy, sin sorpresas, sin novedades. En un contexto mucho más exigido, y sin que nadie defienda la violencia, la fantasía de que con proyectos antiencapuchados, antisaqueos o antiataques a las policías se va a poder acallar el grito ciudadano, es ingenuo e irresponsable. Y sordo. 

E ineficaz para detener la violencia en las calles y conocer la identidad de quienes agitan las aguas desde hace semanas y sus razones para hacerlo.

No es inteligente no ver que lo que se requiere es más inteligencia. Con rostros cubiertos o sin ellos, el problema es muy anterior a la violencia que se desata en cada marcha. Y la impericia en los resultados resulta enervante.

Es sugestivo anotar que una buena parte de los manifestantes cree que, sin primera línea, no habría posibilidad de manifestaciones públicas. También parecen creerlo ellos. Porque Carabineros no permite realmente que grupos pacíficos se expresen y proclamen sus consignas. Su predicamento es el resguardo del orden público, pero tras una regulación que viene desde la dictadura, las limitaciones a la expresión pública de la ciudadanía parecen cada vez menos razonables.

Estos proyectos son la evidencia del fracaso de una política de inteligencia policial ineficiente e ineficaz. La legislación actual debiera resultar suficiente para perseguir y sancionar a quienes alteran gravemente el orden público, atacan a las fuerzas policiales y causan daños, incendios o estragos, sin necesidad de nuevos proyectos “anti”. El problema es que no se detiene a quienes ocasionan tamaño caos. Y no se les detiene porque no existe capacidad.

La agenda antiabusos tampoco aparece como una alternativa que satisfaga los reclamos sociales, en buena parte porque a más de una semana de su anuncio, aún no conocemos su contenido y el temor a la letra chica, la disminuye y difumina. En otra parte, porque repite el canto de sirenas, con anuncios que ya hemos conocido antes y que no han reducido en nada el malestar de la gente por las injusticias y las arbitrariedades.  Penas más duras, más cárcel, más atribuciones intrusivas, menos derechos. Más, mucho más de lo mismo y que no sirve.

Aunque aparentemente con sarcasmo, la amenaza de una ley anticonciertos ilegales con que José Antonio Kast reaccionó al recital que tuvo a Inti Illimani y Los Bunkers en la hoy llamada Plaza de la Dignidad, a bordo de un camión tocando sus canciones, es la expresión más evidente de una forma de concebir el orden y la comunidad, con restricciones a las libertades públicas y limitaciones donde no las necesitamos.   

Con esta ley, no habría sido posible una imagen que, anterior a todo, está en nuestras vidas. Paul, John, George y Ringo tocando su magia en la azotea del edificio de su estudio de grabación, para sorpresa e inmenso deleite de quienes tuvieron la suerte de estar ahí, presenciando el que sería su último concierto[1]. Una anti lo habría impedido y nos habría privado de un triste pero épico final.

Muy distinto al final de la ley anti de Hinzpeter en el 2013, cuando, burlándose de su rechazo, el entonces senador Espina exclamó “¡Vivan los encapuchados!”. Antipático.  


[1] Quiero aclarar que ni siquiera había nacido para ese magno evento y que habría sido infinitamente feliz si hubiera podido estar ahí.

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