Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

Aprobar o rechazar: El miedo como arma de guerra

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En mayo de 2004, el Presidente Ricardo Lagos lograba luego de años de discusión en el Congreso promulgar la ley de divorcio.

Chile se constituía en el penúltimo país del mundo –sólo lo superaron Malta y El Vaticano- en resolver un tema que se debatía en la pantomima en los Tribunales, donde jueces y cónyuges señalaban haber contraído un vínculo nulo, toda vez, que las jurisdicciones donde debían contraer matrimonio no se condecían con la realidad de sus propios domicilios. Jueces, abogados, ex cónyuges (a veces largamente separados de hecho), testigos y todo el entramado judicial asistían a una comedia de mentiras para declarar nulos matrimonios de años.

Ya en 1999, la campaña de Joaquín Lavín había ocupado como arma política el hecho que el entonces candidato presidencial Ricardo Lagos, fuese el primer chileno en optar a la presidencia siendo oficialmente anulado, pese a llevar toda una vida en pareja y haber criado hijos en una familia ensamblada como la tenían la mayoría de los chilenos.

La derecha en la voz de personas como los diputados Marcela Cubillos, Andrés Allamand, Andrés Chadwick o María Angélica Cristi, por solo nombrar a algunos, esgrimían argumentos tan insólitos como el “fin de la familia” para asistir a la negación de cualquier posibilidad de resolver un problema al cual sectores conservadores se negaban a legislar entre amenazas de excomunión de obispos y una Iglesia Católica, por entonces, aún acusante.

¿Por qué cito esta discusión? Porque ocurrió hace menos de 20 años atrás.

Claramente, en Chile “gozamos” de una derecha reaccionaria que se ha negado siempre al avance social y a cualquier posibilidad de enfrentar realidades siempre cambiantes, administrando la transformación social, y por ende, avizorando como una amenaza en el horizonte, el fin de la familia, los hijos, la cultura judeo cristiana y occidental frente a cualquier cambio que trastoque la posición de privilegio que representa gran parte de este sector.

Solo años después ellos mismos entendieron (o siempre lo supieron) que el cambio social llegaba a sus puertas. Varios de ellos usando la propia ley de divorcio de la que renegaban, iniciaban nuevas vidas y nuevas parejas, todo ello contado su historia a quien quisiese escuchar de quiebre, dolor y felicidad producto de divorcios en fotos de papel couché.

En 2004, hubo parlamentarios como los arriba citados que señalaron respecto del divorcio y los hijos de padres separados frases del calibre: “De aprobar la Cámara el divorcio se estará dando un paso decisivo en la descristianización del país, que es lo mismo que su desculturización” (Cubillos) […] “el divorcio genera en los hijos problemas conductuales, psicológicos y delictuales; se rompe por completo uno de nuestros anhelos más importantes para el orden social, cual es la igualdad de oportunidades para valerse en la vida. Aquel que proviene de una familia destruida, lamentablemente -así se indica-, tiene menos oportunidades para valerse en la vida que el perteneciente a una familia bien constituida (Chadwick)”.

Nada de ello ocurrió. No se acabó la familia, Chile siguió siendo un país donde más de la mitad de sus hijos nace fuera del matrimonio, y el divorcio mantuvo tasas estables en el tiempo respeto de las nulidades matrimoniales.

Y la historia se repitió. En 1988, Andrés Chadwick, nos recordaba a los chilenos en entrevista en El Mercurio que: “Quienes votan “no” solamente por votar contra Pinochet, deben preguntarse antes de hacerlo si están dispuestos a ayudar que el país se paralice económicamente y si están dispuestos  a colaborar que triunfen los Aylwin, los Lagos, los Palmas, los Valdés o los Palestros”.

Luego de eso llegaron los Aylwin, los Valdés y los nombrados, y Chile creció como no lo había hecho en los 20 años anteriores, consolidó su inserción en el mundo y en una democracia respetable, e incluso para rematar la propia derecha terminó celebrando en octubre de 2018 los 30 años del triunfo del No, en una foto que quedará en la historia, donde (salvo lo que declara el Presidente Piñera sobre su propio voto el 88) el resto eran los mismos que predecían el fin del mundo en el plebiscito con el advenimiento de la democracia (el mismo Chadwick flamante ministro del Interior en selfie para la posteridad).

Hoy incluso algunos –los mismos de entonces- van más allá y declaran a los gobiernos de la Concertación como el “período más fructífero de nuestra historia”, pero son los mismos que la noche de la elección de Sebastián Piñera como Presidente en 2017 gritaban los canticos de “Chile se salvó” de Chilezuela, ese lugar mítico, donde gobernaría Diosdado Cabello vendrían las colas, chancho chino y vaya a saber uno que mal más.

Lo paradójico es que el desorden, el descontrol y las colas en las farmacias y supermercados llegarían con el gobierno de la propia derecha. Paradojas de la historia diría alguien.

Esa es la derecha. El miedo es su razón de ser, es la manera de movilizar sus votos, de alimentar a sus fantasmas, su manera de actuar, de amedrentar, como el viejo cura de pueblo, el sermón siempre listo para augurar el fin de lo conocido ante cualquier cambio. El avance es una amenaza, el fin de la civilización está a la vuelta de la esquina.

Lo hicieron en 1988, luego en 1989 con la derogación de la sodomía como delito, en 1998 con la filiación de los hijos no matrimoniales, en los 2000 con el aborto tres causales y se puede seguir eternamente con temas tan relevantes como la cuestión constitucional, la justicia tributaria, la regionalización y un largo etcétera.

Recurro a estos ejemplos frente a lo que hoy sucede. Cierta derecha (uso el término cierta, pues alguna ha evolucionado y entiende la necesidad de administración de cambios razonables frente a un mundo que evoluciona rápidamente), aun recurre a la movilización por lógica binaria: Apruebo es violencia, violencia es producto de la izquierda, izquierda es un mundo de bárbaros que no están dispuestos a escuchar y solo quieren minar lo que con “tanto esfuerzo hemos ganado o heredado”.

Sin matices, sin sensibilidad, para querer observar ahora agregan al largo listado señalado, el terror a una nueva Constitución, cuyo proceso constitucional para ser llevado a cabo fue pactado con ellos mismos, con límites claros, precisos y que tienen un diseño con plebiscito de entrada, elección de constituyentes y de salida: El miedo será una constante.

Se trata de una derecha a estas alturas conscientemente pre moderna, que conoce a su electorado, que sabe que el miedo moviliza, que conoce la lógica del voto voluntario y le habla a nichos de electores desde el terror, y está dispuesta a mentir con tal de asociar un debate constitucional pactado razonable con la violencia callejera: No hay condiciones será la frase del bronce.

Como bien dijo Carlos Larraín, eximio exponente de esa derecha “a nosotros nos conviene la violencia”, y es evidente que les conviene. Ojalá en marzo se queme Roma y Santiago completo porque así no verán perdido el último espacio, el bastión de la resistencia que les queda de ese viejo Chile que muere: La Constitución de 1980.

Ojalá los Mesinas, los Hugo Gutiérrez tengan tanta tribuna que puedan incendiar la pradera a destajo, ojalá puedan incluso desatar las furias del infierno con el fin de detener todo, con el objeto de inmovilizar todo; como si a estas alturas algo pudiese devolvernos mágicamente al Chile anterior a octubre, ojalá volviésemos a ese país tímidamente “anglosajón” como declaraba con orgullo en la confianza un aspirante a líder empresarial esta semana.

Los chilenos que quieren cambios tranquilos hoy observan a pequeños grupúsculos de fanáticos que no están dispuestos a ceder nada y que quieren que todo acabe.

Desde la izquierda dura, fanática e inorgánica y profundamente critica del rol de una izquierda democrática en los últimos treinta años, se espera que nada avance, pues siempre será esa izquierda democrática la que intentará llegar a acuerdos razonables para articular un cambio constitucional moderado y pactado desde la confianza de la mesa de negociación.

Por otra parte, la derecha dura se excita con militares en la calle, con el fin de Piñera en la Presidencia, sueña con algún militar que suspenda todo y devuelva al país con nostalgia al 17 de octubre de 2019 como si el reloj se pudiese retroceder.

Resistir, interrumpir, buscar argucias, mentir, inventar, mostrar miedos, fantasmas, terrores para allegar agua al molino. En eso están grupos vociferantes llenos de nostalgias, rabias y temores, y así tendremos que soportarlos intentando llevar el debate a la racionalidad entre niveles de locura, paroxismo y lisa y llanamente tontera, para intentar imponer sus agendas mínimas y derrotistas.

Mientras los chilenos moderados esperamos atentos los eventos en una calma que augura tempestades de éstos pequeños grupos para allegar triunfo a sus agendas delirantes.

Mientras seguimos esperando cambios tranquilos para enfrentar el futuro, seguimos rehenes de los gritos, las piedras y las aspas de helicópteros nocturnos, de los ojos que explotan y las primeras líneas nostálgicas.

Mientras tenemos que salir a convencer que el diálogo y el cambio solo se consiguen sentados a la mesa conversando en los grandes acuerdos de los sectores moderados, de los que se escuchan, de los que nunca han temido el fin de todo, porque saben que el fin es solo la muerte y tienen esperanza en el futuro, de aquellos que no temen al cambio, pues, al final del día, el cambio, como señalaba Octavio Paz tiene un peligro, y es que las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo…. del miedo al cambio.

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