Miguel Yaksic

Miguel Yaksic

Licenciado en filosofía y teología y máster en ética social. Desde diversas veredas ha estado vinculado a lo político y la ética pública. Ha trabajado en la formación de trabajadores, en la promoción de los derechos humanos de las personas migrantes y refugiadas, en el desarrollo de competencias interculturales, en consultoría y docencia universitaria. Actualmente trabaja en el Consejo para la Transparencia y es profesor adjunto de la Escuela de Gobierno UC.

Apruebo

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Nomos (nomos) es la palabra griega para ley. La palabra anomia refiere a la ausencia de la ley. Pero también refiere a la falta de estructuras y de organización social. Muchos usan esa palabra para hablar del desapego de las personas por el respeto de la ley y el cuidado de las instituciones.  La anomia es también como una distimia política. Un trastorno afectivo social de depresión y desconfianza, distancia y desinterés. Es falta de ilusión. Es también una debilitación de los vínculos sociales y falta de capacidad de la sociedad para regular la conducta de los individuos.

Sería ingenuo creer que todo lo que hemos vivido en Chile desde el 18/10 es pura positividad. Que es pura mejora. Que asistimos a la emergencia de un nuevo sujeto social y político especialmente virtuoso y consistente. Algo de eso hay, pero no es todo. Hay un estado de anomia profundo. Arraigado en los índices más altos de desconfianza en las instituciones y en la política que hayamos visto. Arraigado también en la percepción de que Chile es como un restorán de barrio, en donde el que te atiende es el mismo que el dueño.

Creo que una gran cura para la anomia reside en la nueva Constitución. Hay muchas razones para querer una nueva Constitución, pero hay una que me gusta especialmente.  Es el “Apruebo + Convención Constituyente” como el remedio para la anomia.

Sabido es que en un equipo dentro de una organización crece el apego y la lealtad a la organización y crece la capacidad para cumplir metas cuando la planificación estratégica, la construcción de las metas y el diseño de los indicadores de desempeño es elaborado en equipo, por todos, –bottom up– y no elaborado por el jefe y entregado a los trabajadores sin su concurso –top down-.  Así como en una organización trabajadores escuchados, informados y reconocidos son trabajadores más felices y más comprometidos, lo propio se puede aplicar a procesos políticos tan cruciales como el que viviremos.

Por eso que la nueva Constitución es una oportunidad mayor para abrir un espacio que favorezca una deliberación transversal e inclusiva que propicie un nuevo sentido de apego a la ley, pertenencia a las instituciones y respeto de la democracia. Mal que mal la actual Constitución -bien zurcida como está- fue elaborada a puertas cerradas y aprobada por un plebiscito que dio por aprobado el Sí con un 67% de los votos, pero en dictadura y sin los estándares básicos de legitimidad: no existían registros electorales y no había control de los votos, pudiendo una persona votar varias veces.

Como nunca en nuestra historia, tenemos la posibilidad de escribir las reglas más fundamentales que definen nuestras instituciones y nuestra vida en común. No sabemos cuán diferente sería una nueva Constitución respecto de la actual.  Asuntos dogmáticos como los derechos fundamentales u orgánicos como el diseño de muchas de nuestras instituciones probablemente se mantendrán similares. Aunque sabemos que otros cambiarán.

Pero creo que la oportunidad de participar de un proceso constituyente que nos vincule a todos puede convertirse en un remedio para la anomia, generando adhesión y fortaleciendo la democracia participativa.

Construir y mantener instituciones sólidas que aseguren la protección de los derechos fundamentales, la separación de funciones, la probidad y la transparencia, el buen gobierno y el desarrollo sustentable son desafíos mayores. Quienes creemos en las instituciones más que en los caudillismos, los arrebatos o las pasiones espontáneas podemos ver en la opción “Apruebo” + Convención Constituyente” un camino para profundizar y fortalecer la democracia y las instituciones que nos permitan avanzar en justicia, reconocimiento y protección social para todas y todos.

Hay un solo requisito básico para que este proceso funcione y mejore la calidad de nuestra vida política: renunciar a los maximalismos. Entender que la democracia supone hacer duelos, pérdidas. Que no se puede todo. Que hay que negociar y llegar a acuerdos. Que hay que tener flexibilidad. Si ante cada cosa que no nos parezca amenazamos con una funa o amenazamos con que no habrá más inversión, el proceso constituyente corre peligro. Y también la dignidad de la vida de todos quienes vivimos en Chile.

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