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Artículo de Cuaderno Whr: Planeta Zambra

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Por Magalí Sequera // Contnido publicado en Cuaderno Whr

En tiempos de pandemia, entrevistar a alguien supone (casi) ineluctablemente una pantalla de por medio, y más cuando ésta transcurre entre Ciudad de México y París. Sin embargo, a pesar de este marco, la entrevista fluye con mucha calidez y mucho humor, un poco como si se diera cara a cara compartiendo un café. De ese modo, el escritor chileno radicado en México habla de Poeta chileno, su última novela publicada por Anagrama, pero también reflexiona acerca del reciente plebiscito en Chile, la poesía y la traducción.

— En Poeta chileno, vuelves de forma más contundente a bosquejar deambulaciones por Santiago, como en algunos cuentos anteriores. ¿Cuál es tu relación con el espacio urbano? ¿Tiene que ver solo con la nostalgia o también ves Ciudad de México como posible tema literario tuyo?
— Vivo acá hace casi cuatro años, seguro que escribiré sobre esta ciudad, en realidad ya escribí un poquito en Tema libre. Pero claro, Ciudad de México no figura en esta novela, se expresa como una ausencia, tuve que hacerla invisible para que apareciera Santiago. La extranjería siempre remite a lo propio y esta novela surge de la nostalgia por mi país. O quizás sería mejor decir que decidí enfrentar esa nostalgia inevitable escribiendo esta novela. No me radiqué en México con algún plan profesional, simplemente me enamoré de una mexicana y cuando decidimos estar juntos convinimos que yo era más “portátil” que ella. Supongo que mi relación con la ciudad seguirá cambiando, por ahora está marcada por los paseos con mi hijo por el Bosque de Chapultepec.

— Justamente, ¿cómo vives el momento del plebiscito desde México?
— Acumulaba ansiedad y ahora siento alivio y fervor y una esperanza menos vaga, más definida que antes, y de nuevo ansiedad… Fue un triunfo tan categórico, con una participación altísima, por momentos la emoción colectiva era tan intensa que llegaba a creer que estaba en Chile. Y votaron muchos jóvenes, eso me encanta y me importa, porque esta es sobre todo una historia de hombres y mujeres muy jóvenes desafiando los límites de lo posible y peleando por sus padres y por sus abuelos. La trama chilena venía siendo tan cruel, por supuesto el Covid es horrible para todos, pero su aterrizaje en Chile fue especialmente doloroso, al menos así lo siento yo. La catarsis del estallido, el luto instantáneo por las víctimas de los crímenes de Estado, la policía descontrolada cometiendo los mayores atropellos a los derechos humanos desde la dictadura, y luego la obligación colectiva del encierro y la misión imposible de confiar en autoridades en las que ya nadie confía. En fin, ha sido un año intenso y feroz.

— Volviendo a tu última novela, el título es Poeta chileno, sin artículo. No es el, no es un. La novela es un homenaje con tono tierno y socarrón a la vez de la poesía en Chile. ¿Fue una idea consciente?
— Claro, hay dos protagonistas, ambos podrían ser el poeta chileno del título, o ninguno. El título surgió más o menos en la mitad del proceso, que al parecer es lo habitual, aunque de mis dos primeras novelas lo primero que supe fue que se llamarían Bonsái La vida privada de los árboles. En realidad Poeta chileno me parecía en un comienzo un título medio idiota, era más bien una broma que sin embargo me fue abriendo espacios en el interior de la novela. Me pareció gracioso que el título coqueteara paródicamente con la idea de marca o de sello de garantía o de hashtag. Por lo demás, yo sí creo que la poesía es lo mejor de mi país. 

— En un texto de Tema libre, comentas los intercambios que tuviste con Megan McDowell, tu traductora al inglés. ¿Qué relación tienes con los traductores de tu obra y la traducción?
— Megan es una compañera de ruta, llevamos más de diez años trabajando juntos y a estas alturas pienso que en realidad escribimos juntos. Acaba de mandarme las últimas páginas de su traducción de Poeta chileno y siempre me impresiona su compromiso con cada frase, su extraordinario sentido del ritmo, su entrega minuciosa y generosa a un texto ajeno. Sobre mi propia experiencia, la verdad es que he traducido muy poco, apenas dos libros y siempre con Jazmina, mi esposa, primero La balada de Rocky Rontal, unas crónicas excelentes de Daniel Alarcón, y luego un hermoso libro de ensayos de Rivka Galchen sobre la maternidad que se llama Pequeñas labores. Me gustaría traducir más, pero es un trabajo absorbente, por ahora prefiero aprovechar de terminar otros libros que tengo pensados o medio escritos hace tiempo.

— Vienes de la poesía, por decirlo de alguna manera. O sea, empezaste a escribir con poesía y fuiste desaforado lector de poesía. Tu última publicación de poemas es de 2003 y tu último libro publicado es una novela de 400 páginas. ¿Por qué tanto tiempo sin publicar poesía? ¿Cuál es tu relación con la brevedad y la extensión de los textos?
— Mi relación con la poesía se volvió más privada, porque no he dejado de escribirla pero me cuesta un mundo tomar la decisión de publicarla. A veces también me pasa que “traduzco”, por así decirlo, los poemas al lenguaje secundario de la prosa, y me gusta más la traducción que el original. En general, cuando publico algo es porque siento que ya no me pertenece tanto, por eso no publico mis poemas, los siento demasiado personales. Pero tal vez publique algunos pronto. En cuanto a la extensión de Poeta chileno, la verdad es que no tengo mucho que decir. Mi sensación inicial era más “novelesca” que otras veces, pero no pensé que sería una novela larga. Era mucho más elegante publicar libros cortos.

 Es interesante haber publicado una novela tan extensa, cuyo protagonista y título se refieren al género literario más breve (la poesía). ¿Fue un proyecto de escritura consciente?
— Este libro sobre poetas que no leen novelas se fue haciendo tan novelesco que me temo que ninguno de mis personajes aceptaría leerlo… Y está bien, porque yo fui, como ellos, un poeta que consideraba las novelas por definición verbosas y aburridas. De narrativa leía puros clásicos mientras que la poesía me interesaba entera, desde la antigüedad hasta el poema que acababa de escribir mi compañero de banco. Creo que siempre fui mejor contando historias que escribiendo versos, pero yo aspiraba a la poesía, si luego escribí novelas fue porque los poemas no me resultaban. No me gusta cuando se dice de algún escritor que “dio el salto” de la poesía a la novela. Puede que sea un salto, pero hacia atrás.

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