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Artículo de El País: “Las mujeres somos mucho más interesantes ahora. Con la libertad llega el criterio”

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Por Anatxu Zabalbeascoa // Contenido publicado en El País

Marta Pessarrodona (Terrassa, 78 años), la más destacada poeta catalana de hoy, tenía que haber sido farmacéutica, pero cayó enferma. Tras un mes leyendo tuvo que repetir reválida para estudiar Letras. Hoy vive en Sant Cugat del Vallès, cerca de Barcelona, en una casa destartalada con un mueble bar —heredado de sus padres— en el porche y un reloj que no marca las horas, pero sí los cuartos. Entre fotos en blanco y negro, un piano y juguetes de su perra Queta —en honor a su abuela Enriqueta—, tiene la biblioteca más importante de España sobre el grupo de Bloomsbury (más de 500 volúmenes sobre Virginia Woolf) y múltiples retratos de mujeres y perros. Uno se lo hizo Leopoldo Pomés a una perra anterior, Mont, que le regaló su amiga la escritora Esther Tusquets. Hospitalaria y generosa, cuando termina la sesión de fotos, cerca de las tres de la tarde, se pone a cocinar un risotto de boletus —según receta de Il Giardinetto— que termina en 16 minutos.

¿No está agotada? “Los que hemos hecho deporte toda la vida no nos agotamos”. Ella jugó a baloncesto —“entonces era alta”—, a tenis y a golf. Aprendió en un green público, cuando trabajaba de lectora de español en la Universidad de Nottingham (Reino Unido). “Cuando empecé a jugar a tenis me decían que era pijo. ¿Por qué? Si hay pistas públicas no hay elitismo en los deportes”.

¿Por qué le han interesado tanto las mujeres?

Debí nacer feminista. En la universidad me encontré con tres tipos: las monjas —en Letras había muchas—, las que habíamos leído El segundo sexo, de Simone de Beauvoir, y las que no. De Beauvoir fue alguien capaz de cambiar de idea. Escribió que cuando llegara el socialismo el problema de la mujer se acabaría, pero tras visitar Rusia reconoció que se había equivocado. Con todo, molestó. En 1949, la guerra estaba muy cercana y nadie esperaba un libro sobre mujeres. Empezaron a insultarla. Yo le escribí una carta de apoyo y para mi sorpresa contestó.

Era una niña cuando se publicó…

Lo leí con 13 años. La francofilia me venía de una excelente profesora que tuve en el instituto Joan Maragall de Barcelona. Quiso que tuviera una pen pal y estuve años escribiendo a una niña de Toulouse. Ahora los niños a los 15 años han dado la vuelta al mundo, pero fui la única de mi curso que viajó a Francia.

Su interés por las mujeres ¿buscaba hacer justicia o averiguar cómo quería ser?

Todo. Creo que el siglo de las mujeres fue el XX. El XXI es el de la relectura. Una amiga íntima dice que yo a los 14 años decía que ni me casaría ni tendría hijos. Pero creo que si alguien me hubiera dicho: “Ay, nos amamos tanto, ¿por qué no tenemos un hijo?”, lo hubiera tenido.

Usted también lo podría haber dicho.

Ya. Pero el compañero más importante de mi vida, que fue Gabriel, siempre me decía: “Si te hubiera conocido con hijos, estupendo. Pero míos, no”.

Gabriel Ferrater era presidente de un jurado que no premió un poemario de Pessarrodona que a él le gustó. Vio frescura en sus versos y quiso conocerla. Tenía 45 años, 19 más que ella. “Me ofreció prologar el libro, pero enseguida nos enrollamos y pensé que era inapropiado. Esther Tusquets me aconsejó: ‘No seas tonta. Los hombres vienen y van, pero los prólogos quedan”.

¿Qué vio en Ferrater?

“Debí nacer feminista. En la universidad me encontré con tres tipos: las monjas, las que habíamos leído El segundo sexo y las que no”

Hombre, era muy guapo. Me fascinó y al mismo tiempo me dio miedo. Yo quería salvarlo.

Lo dice en un poema: salvarlo de sí mismo.

Sobre todo del alcoholismo. Las únicas veces que le dije basta fue por ese tema. Nunca he bebido menos que los cuatro años que pasé con él. En casa no tenía nada.

En 1972 se suicidó sin dejar una nota y surgió la leyenda de que había anunciado que antes de los 50 años dejaría de vivir porque odiaba “oler a viejo”.

Eso lo decía Jaime Salinas. La única vez que me habló de suicidio fue cuando le pregunté por su padre. “Era un simple, se suicidó”, dijo. He llegado a la conclusión de que el suicidio es una enfermedad.

Pero implica una decisión.

Hay quien lleva esa decisión en el ADN. Hume discutía con los católicos: “Si Dios lo ve todo pero una roca te cae encima y te mata sin que él ponga la mano para detenerla, ¿por qué no te puedes tirar tú la roca?”.

Tardó 25 años en hablar de Ferrater.

Nunca quise vivir a su sombra. Ni cuando estábamos juntos. Tenía claro que él era alguien y yo no. Quería mi individualidad.

¿Por qué ha pasado a la historia de la literatura como un suicidio anunciado?

Por lo que dicen otros. Él tenía la manía de estar frenándome.

¿Dejó una despedida?

No.

Se dijo que tenía cirrosis.

No he conseguido la autopsia. Se han apropiado del mito. Siempre digo que su último día debió tener 72 horas porque todo el mundo lo vio, le habló, bebió con él… ¡Él no tenía teléfono!

¿No vivían juntos?

Sí y no: cada uno tenía su piso. Durmió conmigo y se fue a dar clase. En su casa se tomó las pastillas. Escogió muy bien el día. Era el 27 de abril, la Virgen de Montserrat, el santo de mi madre. Sabía que iría a verla. Muchos dicen haberse despedido y comido con él. Mienten. En sus memorias Carlos Barral dijo que fue al entierro. No estaba. Tuve problemas con su hermano [el también poeta Joan Ferraté], que decidió que yo molestaba. Esther Tusquets lo definió bien: “Tiene una neurosis superior a su inteligencia”.

En cambio a su suegra le dedicó un gran poema: “Me apreciasteis porque lo quería / yo os quería por quererlo”.

Es mi mejor poema. Bella dama coneguda, un título muy carneriano. El amor multiplica, quieres a quien te quiere.

¿Fue machista la generación de los cincuenta?

Bueno…, mis amigas íntimas de esa época eran chicos. Los encontraba más interesantes. Las mujeres somos mucho más interesantes ahora. Con la libertad llega el criterio.

¿Qué ayudó a construir el mito de Ferrater?

Creo que su poesía. En nueve años hizo tres libros. Los poetas actuales llegan a los 30 y han publicado 15. Con un solo poema se puede llegar. El Invictus de William Henley: “Ya no importa cuán estrecho haya sido el camino / ni cuántos castigos lleve mi espalda: / soy el amo de mi destino, / soy el capitán de mi alma”, se lo sabe toda Inglaterra. Pero la rentabilidad económica y no la cultura rige hoy la producción editorial.

Ha escrito que no la perdonaron.

La figura que gusta es la doliente: se muere tu amor y no tienes fuerza para vivir. Yo las saqué para irme a Londres. Me lo aconsejó Esther y es lo mejor que he hecho en la vida. Mis padres me apoyaron. En realidad, Gabriel me había empujado. A los 15 días de conocerlo me trajo El cuaderno dorado, de Doris Lessing. Le dije que no sabía suficiente inglés. Dijo que aprendería leyéndolo y… he terminado traduciendo a Lessing.

Como Ana María Moix o Montserrat Roig, Esther Tusquets fue una de sus grandes amigas.

Las echo mucho en falta. Cuando conocí a Esther en la universidad, nos invitó al teatro. Luego a su casa. Era rica y muy generosa. En su biblioteca estaban todos los libros que yo quería leer. En la chimenea había un cuadro de su madre con una cocker spaniel y una criada nos trajo un plum cake que había hecho la cocinera. Las amigas son muy importantes. Yo he podido ser débil sobre todo con mis amigas.

¿Ferrater fue su Pigmalión?

En absoluto. Es el hombre de mi vida que menos me ha perdonado la vida.

“Todavía no sabía que ya no sería feliz”. ¿Fue el amor de su vida?

Sí. He tenido historias, pero no una relación parecida. Este verso viene de Borges. Como él, soy más lectora que escritora. Fui a Argentina en un viaje organizado por la Generalitat de Jordi Pujol. Ahora es el diablo, pero hacía cosas bien.

Un presunto ladrón más que un diablo, ¿no?

Supongo. Pero hablaba muchas lenguas cuando los primeros ministros del Reino de España no suelen hablar más que castellano.

Mercè Rodoreda escribió: “Somos pese a nuestras familias”. ¿Cómo era la suya?

“Me puedo enamorar igual de una mujer que de un hombre. Creo que sé mezclar a la gente y que la gente desea ver más allá”

Fui una niña rica de familia pobre. Lo que quería lo tenía. Las hijas de fabricantes de Terrassa se iban a Inglaterra de au pair. A mí me enviaron a estudiar. No me dejaron pisos, pero me dejaron vivir mi vida.

Cuando en 2019 le dieron el Premi d’Honor de les Lletres Catalanes dijo: “Todo se lo debo a mis padres”. ¿Cuándo se dio cuenta?

En el fondo siempre. Pero con los años he sabido verlo y agradecerlo. Me quisieron y me dejaron libre. No tuve necesidad de ser rebelde.

En sus cuentos y poemas relata una infancia de montar en las golondrinas del puerto y comer en el Set Portes calamares y un pijama. ¿Qué queda de esa Barcelona?

Cuatro viejos. Casi todas las comidas acababan con una bofetada de mi madre porque comía mal.

Su otra familia buscada ha sido la literatura.

La señora Dalloway se publicó antes en catalán, en 1930, que en castellano.

Eso no se lo podemos achacar a Franco.

No, claro. Cataluña tenía siempre una inquietud por la modernidad.

¿Ahora también?

En absoluto. Quiero la independencia de Cataluña para pasar a criticarla todo el día.

¿Se puede ser nacionalista e internacionalista a la vez?

Se es una cosa por la otra. Quiero reconocimiento. En los congresos siempre hacía una pregunta para dejar constancia de que Cataluña era un país sin color en el mapa. Si hubiera más respeto del Gobierno central, no sentiría esa necesidad. Los últimos que creyeron en el encaje de Cataluña con España fueron los que se exiliaron. Pero no hay manera ni la habrá mientras cuando expreses una discrepancia o un dolor la respuesta sea “a por ellos”. No es tanto cuestión de lengua y bandera como de incomprensión y falta de respeto.

¿Un referéndum hubiera solucionado el problema?

No lo hubiera agrandado. Dicen que el periódico es la oración de los laicos y yo estoy suscrita al Times, que es un diario conservador. El rapapolvo que le dieron al rey emérito está por ver en la prensa española.

¿Han hecho lo mismo con Pujol?

Deberían. No lo salvo. Yo soy monárquica inglesa.

También llevan una buena temporadita…

Sí, Andrés los trae de cabeza. Me encanta su liturgia.

En un país tan tradicional, los Woolf fueron tan modernos que con su editorial, Hogarth Press, inventaron el crowdfunding.

Sí. Y tiene tanto sentido que ahora está regresando.

Woolf se negó a publicar el Ulises, de Joyce. ¿Tenía razón?

No podían asumirlo económicamente. Hazte otra pregunta: ¿cuántas veces habló Joyce de Woolf? Ni una. Con todo, como editores abrieron muchas puertas.

No solo literarias. Mostraron el poliamor —entre Bertrand Russell y Ottoline Morrell o entre Virginia Woolf y Vita Sackville-West—.

Borges decía que Orlando es la carta de amor más larga de la historia de la literatura.

¿Ser moderno era ser más ético que moral?

Principia Ethica —de Georges E. Moore— era el libro de cabecera de todos. Se preguntaban qué era lo bueno, no perpetuaban lo que se suponía que es bueno. Probaban. La protagonista de Fin de viaje, la primera novela de Woolf, lo tiene en la mesilla de noche.

¿Cuesta más conquistar la libertad sexual o la mental?

La mental. Durante el confinamiento he leído poco. El miedo paraliza. Este virus nos ha dejado sin posibilidad de actuación. Solo hay espacio en la mente. Por eso debemos expulsar el miedo de la cabeza y ser cabales, pero no miedosos. Tenemos que ser valientes donde se puede, y ahora se puede en el pensamiento.

Usted está incluida en antologías de cuentos lésbicos. ¿Es bisexual?

Me interesan las personas y me puedo enamorar igual de una mujer que de un hombre. Siempre he sido así. He conocido a mujeres fascinantes, pero cuando apareció un hombre interesante, me atrajo. Soy desprejuiciada. Tengo amigos de todo tipo. Creo que sé mezclar a la gente y que la gente está deseando mezclarse y ver más allá. Soy una solitaria sociable. Me pasé años celebrando mi santo con 34 personas. Pero me encanta la sensación de después de la fiesta: ver ceniceros llenos, copas tiradas… y quedarme sola con mi perrita.

Ha sido poeta, narradora, ensayista, traductora, editora… ¿No temía abarcar mucho y cundir poco?

Si una cosa te gusta, hazla. Hay que entusiasmarse. Una cosa me lleva a otra. Gabriel hablaba de dejar las cosas para no amanerarse. También decía que no escribía novela porque tendría que hacer que los personajes bebieran muchos whiskys… Nunca he querido ser una escritora total. Hay ensayistas y poetas notables que no han resistido la tentación y han escrito una novela mala. He sido una chica para todo porque he sentido entusiasmo. He dedicado mi vida a investigar sobre tres escritoras — Virginia Woolf, Mercè Rodoreda y Doris Lessing— que no pasaron ni por la segunda enseñanza. No lo digo para que la gente abandone los estudios, sino para reivindicar la lectura: las tres eran grandes lectoras.

Conoció a Lessing y a Rodoreda, pero al resto las llama por su nombre de pila, como si las hubiera tratado. ¿Ha sido muy mitómana?

Muchísimo. Gabriel, nada. Tiró una carta de Jean-Paul Sartre del año 1940. Yo sería incapaz.

¿Rodoreda tiene el reconocimiento que merece?

Mucho. Los narradores y narradoras de Cataluña han tenido mala suerte porque existió ella, una fuera de serie.

¿Por qué no traduce sus propios libros al castellano?

Traducir es leer en profundidad. Los traductores tienen aciertos que los autores no consiguen. Me aburre traducirme a mí misma. Pero he tenido la suerte de traducir a escritoras que me gustan mucho.

Ha escrito poemas sobre ciudades como Berlín, Londres, Barcelona o Buenos Aires. ¿Qué le ha interesado de ellas?

Trato de hablar de ciudades reales: de las víctimas del Holocausto y de las víctimas de las inmobiliarias. También de los testigos de la vida. Al restaurante La Puñalada fui con mis padres, luego con Gabriel, luego con Rodoreda, y ya no existe. Esto no se lo perdono a Barcelona. En Londres o en Viena no han desaparecido lugares en los que he estado con gente que ya no está. Ir es recuperar algo. Es importante no ser tan inmediatista y tener el valor de tener en cuenta los sentimientos.

¿Qué es una cultura valiente?

Una regidora dijo que iría en contra de la cultura elitista. Debería haber añadido “y a favor de la alta cultura”. Debe existir la cultura popular, pero también la ambición. Lo que me admira del pasado catalán es que Carles Riba tradujo la Odisea y cuando regresó del exilio en situación muy precaria dijo: “Ahora sé mucho más, la voy a volver a traducir”. Yo quiero defender eso. Me gustan los países que defienden lo suyo que vale, no los chovinistas que creen que lo suyo es lo mejor.

¿De qué ha vivido?

De cuando trabajé en editoriales y de la traducción. A ver, estoy de alquiler. No he querido atarme a nada. Tener cosas complica mucho la vida. Prefiero las complicaciones de no tenerlas.

¿Qué cambiaría de su vida?

Poco. Todo fútil: haber visitado más a mi tía. Poner el nombre del hermano de mi padre en su esquela. No lo hice porque le había hecho una putada, pero en el fondo mi padre lo quería. Rodoreda decía que las cosas importantes son las que no lo parecen y… Morirme me molesta por lo que no habré leído.

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