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Artículo de La Vanguardia: Pinochet, el terror sin fronteras

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Por Mario Amorós // Contenido publicado en La Vanguardia

“El viejo no se nos quiso morir…”. Madrid, domingo 23 de noviembre de 1975. Aquella noche, el dictador Augusto Pinochet (presente en España para asistir al funeral de Franco) y una reducida comitiva han regresado del palacio de La Zarzuela, donde, durante treinta minutos, el rey Juan Carlos I y doña Sofía les han recibido en audiencia. En el hotel Ritz, tras una rueda de prensa en la que destiló su odio visceral hacia el comunismo, Pinochet abrazó a Stefano Delle Chiaie, líder del grupo fascista italiano Avanguardia Nazionale, a quien musitó aquellas palabras en alusión a Bernardo Leighton, dirigente histórico de la Democracia Cristiana chilena y exvicepresidente de la República.

El 6 de octubre, sicarios vinculados a Avanguardia Nazionale habían ametrallado en Roma a Leighton y su esposa, Ana Fresno, cuando se disponían a entrar en su casa minutos después de las ocho de la tarde. Ambos sobrevivieron, aunque con graves secuelas físicas. En el exilio, el “hermano Bernardo” (como afectuosamente le llamaban sus correligionarios) trabajaba por la unidad entre la izquierda y su partido para lograr la recuperación de la democracia. Ya el 13 de septiembre de 1973, en un gesto que quedó grabado en la historia, había encabezado la declaración de trece militantes democratacristianos que se opusieron al derrocamiento de Salvador Allende, un golpe de Estado fomentado y apoyado públicamente por la dirección de la Democracia Cristiana, presidida por Patricio Aylwin.

En junio de 1995, cinco meses después del fallecimiento de Bernardo Leighton, la justicia italiana condenó en ausencia, como autores intelectuales de aquel atentado, al jefe de la Dirección Nacional de Inteligencia chilena (DINA), el general retirado Manuel Contreras, y al encargado de su Departamento Exterior, el mayor general Raúl Eduardo Iturriaga Neumann. Lo había hecho ya en 1993 con el ciudadano estadounidense Michael Townley, un agente civil de la DINA, el organismo impulsado por Pinochet a fines de 1973 para reprimir a la izquierda.

Townley fue el ejecutor del primer crimen ordenado por Pinochet fuera del país. La madrugada del 30 de septiembre de 1974, en el barrio bonaerense de Palermo, acabó con las vidas de Carlos Pratsantecesor del dictador en la jefatura del Ejército, y de su esposa, Sofía Cuthbert, al hacer explotar una bomba que había colocado debajo de su automóvil. Prats, un oficial de impecable trayectoria democrática y exministro del Interior y Defensa con Allende, era el principal testigo del comportamiento de Pinochet, su subordinado, entre 1971 y 1973. Un mes antes de su asesinato, en una carta dirigida a Victoria Morales, viuda de José Tohá (exministro socialista ejecutado en marzo de aquel mismo año), describió en estos términos al tirano: “En su personalidad –como en el caso de un Duvalier– se conjugan admirablemente una gran pequeñez mental con una gran dosis de perversidad espiritual”.

El 20 de noviembre de 2000, la jueza argentina María Servini (la misma que desde 2010 instruye la querella por los crímenes del franquismo) condenó a Enrique Arancibia Clavel a cadena perpetua por su participación en este doble crimen y por el delito de asociación ilícita, al haber integrado la DINA. El 27 de junio de 2001, Servini dictó el procesamiento con prisión preventiva de cinco exmiembros de la DINA (los oficiales de Ejército Manuel Contreras, Pedro Espinoza, Raúl Iturriaga y José Zara y el civil Jorge Iturriaga Neumann), decretó el embargo de sus bienes y solicitó su extradición, así como las de Pinochet, como responsable máximo de la DINA, y Mariana Callejas (esposa de Townley).

El 8 de julio de 2010, casi cuatro años después del fallecimiento del dictador, la Corte Suprema de Chile ratificó las condenas de veinte años y un día de prisión por homicidio calificado y asociación ilícita al general Manuel Contreras y al brigadier Pedro Espinoza y de quince años de prisión y un día al general Raúl Eduardo Iturriaga Neumann, al brigadier José Zara y a los coroneles Cristoph Willeke y Juan Morales Salgado. Las hijas de Carlos Prats y Sofía Cuthbert, Sofía, Angélica y Cecilia, no albergan dudas sobre quién fue el máximo responsable de su muerte: Augusto Pinochet, “el símbolo de la traición”, señaló Angélica en el periódico The Clinic en julio de 2010. “Porque no solo mandó a matar, sino que después fue capaz de encubrir el crimen”.

En septiembre de 1974, gracias a las gestiones del gobernador de Caracas, Diego de Arria, Orlando Letelier pudo salir del campo de concentración de Ritoque y partir al exilio. En Venezuela retomó el contacto con la dirección exterior del Partido Socialista, en el que militaba desde 1962, y recibió una propuesta de trabajo del Instituto de Estudios Políticos de Washington. Después de una década como profesional en el Banco Interamericano de Desarrollo y sus dos años como embajador de Allende en Estados Unidos, era sin duda la personalidad de la izquierda chilena que conocía mejor la política estadounidense. 

A mediados de 1976, Manuel Contreras empezó a recibir informes de la embajada chilena en Washington y de la misión ante Naciones Unidas que detallaban cómo Letelier había promovido la reciente condena a la dictadura en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU o que aseguraban que promovía la formación de un gobierno en el exterior. En el mes de julio la DINA empezó a preparar el atentado y su posterior encubrimiento.

Townley colocó una bomba debajo del asiento del conductor del automóvil de Letelier

Al mediodía del 9 de septiembre, Michael Townley llegó al aeropuerto John Fitzgerald Kennedy de Nueva York. Allí, Armando Fernández Larios, también agente de la DINA, le entregó la información que había logrado recopilar, como la dirección de su casa y de su oficina y los datos de su automóvil. En los días siguientes, Townley se reunió con los terroristas anticastristas Virgilio Paz, Guillermo Novo y Dionisio Suárez y les pidió ayuda para asesinar al último ministro de Defensa de Salvador Allende. La noche del 18 de septiembre, mientras Orlando Letelier celebraba con familiares y amigos el aniversario de la independencia patria en su hogar, Townley colocó una bomba debajo del asiento del conductor de su automóvil, aparcado fuera del garaje.

El martes 21, la ciudadana estadounidense Ronni Moffitt, asistente de Letelier, y su esposo, Michael, llegaron a las nueve de la mañana a la casa de Orlando Letelier. Pocos minutos antes de las nueve y media, este conducía su vehículo y le acompañaban ella en el asiento delantero y él detrás. A las 9.38 llegaron por la avenida Massachusetts a la rotonda de Sheridan Circle, en el corazón del barrio diplomático de Washington, y fue en ese instante cuando los terroristas anticastristas hicieron explotar la bomba por control remoto. El automóvil de Letelier cayó sobre otro vehículo aparcado y rodó hasta detenerse, abrasado, ante la embajada de Rumanía. Solo Michael Moffitt sobrevivió. Orlando Letelier tenía 44 años y cuatro hijos; Ronni Moffitt, 25 y estaba embarazada.

El Departamento de Justicia de Estados Unidos destinó a la investigación más de cien agentes, y en marzo de 1978 el fiscal Eugene Propper llegó a Chile. El 8 de abril de aquel año, después de una fuerte presión diplomática, Pinochet entregó a Michael Townley, quien el 11 de mayo de 1979 fue condenado por el juez Barrington Parker a la pena de diez años de prisión por conspiración en el asesinato de un ciudadano extranjero. Se beneficiaba de un acuerdo de reducción de condena a cambio de su confesión, que firmó con el gobierno de su país. En mayo de 1995, la Corte Suprema de Chile confirmó las condenas, a siete y seis años de prisión, de Manuel Contreras y Pedro Espinoza, que cumplieron en la cárcel especial de Punta Peuco.

La CIA vio evidencias de que Pinochet ordenó personalmente llevar a cabo el asesinato

En octubre de 2015, el secretario de Estado, John Kerry, cedió a la presidenta Michelle Bachelet cerca de doscientos cincuenta documentos sobre la dictadura de Pinochet hasta entonces clasificados, relativos principalmente a aquel crimen. Entre estos destaca un memorándum secreto del 10 de junio de 1987 en el que el secretario de Estado, George Schultz, escribió en relación con el magnicidio: “La CIA concluyó que tenemos evidencia convincente de que el presidente Pinochet ordenó personalmente a su jefe de inteligencia llevar a cabo el asesinato”. En septiembre de 2016, con motivo del cuadragésimo aniversario del primer atentado terrorista internacional cometido en suelo estadounidense, el gobierno norteamericano entregó a Bachelet, presente en el homenaje a Orlando Letelier y Ronni Moffitt en Washington, los últimos escritos que confirman que la orden partió de la cúspide del régimen.

Las garras del cóndor

El asesinato de Orlando Letelier y Ronni Moffit fue el crimen más osado de la denominada Operación Cóndor, el plan secreto para coordinar la represión contra las fuerzas de izquierda en Sudamérica, inspirado en la anticomunista Doctrina de Seguridad Nacional y promovido por Augusto Pinochet y Manuel Contreras. Causó al menos 377 víctimas entre 1974 y 1981; entre ellas, 177 ciudadanos uruguayos, 72 argentinos y 64 chilenos, como Edgardo Enríquez, Jorge Fuentes Alarcón o Cristina Carreño. 

La reunión fundacional de la Operación Cóndor empezó en Santiago de Chile el 26 de noviembre de 1975…, horas después del retorno de Pinochet de España. Conocemos su existencia gracias al descubrimiento casual de los “Archivos del Terror” en Asunción por el abogado paraguayo Martín Almada en diciembre de 1992. En mayo de 2004, la Corte de Apelaciones de Santiago de Chile desaforó a Pinochet en la causa judicial por la Operación Cóndor que instruía el magistrado Juan Guzmán Tapia, quien ya le procesó en enero de 2001 por el caso “Caravana de la muerte”. El dictador, que asentó su régimen sobre el terrorismo de Estado –dentro y fuera de las fronteras de Chile–, murió procesado el 10 de diciembre de 2006.

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