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Artículo del The New York Time: Entre la pandemia y el presidente: el delicado equilibrio de la jefa de gobierno de Ciudad de México

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Por Natalie Kitroeff // Publicado en The New York Times

CIUDAD DE MÉXICO — Fue el retrato perfecto de la delicada relación entre el presidente mexicano y su protegida.

En medio del auge de la pandemia, el presidente Andrés Manuel López Obrador convocó a sus aliados para una fotografía. Sin mascarillas y ansiosos por complacerlo, todos se apretujaron junto a él, excepto por una persona: Claudia Sheinbaum, una de sus colaboradoras de mayor confianza.

Sheinbaum, jefa de gobierno de la Ciudad de México, estaba recelosa de acercarse demasiado. Así que ese día de abril se ubicó en un extremo. Fue literalmente la excepción, la única persona que mantuvo el distanciamiento social en la sala.

La distancia —física y política— que ponga entre ella y el hombre más poderoso de México definirá el legado de Sheinbaum, su futuro político y el destino de millones de personas que viven en la quinta ciudad más grande del mundo.

Desde el principio, López Obrador minimizó la pandemia y cuestionó de manera repetida los argumentos científicos sobre el uso de las mascarillas, además de hacer pocas pruebas. Buscando evadir los problemas económicos, apenas ha restringido los viajes. Durante su mandato, México se ha convertido en el cuarto país con el mayor número de muertes por coronavirus en todo el mundo.

Para Sheinbaum, una científica con un doctorado en ingeniería energética, mantenerse demasiado cerca del presidente implicaría ignorar las prácticas que sabe que beneficiarán a la salud pública. Si se aleja demasiado, corre el riesgo de perder el apoyo de un hombre que forja líderes políticos y que se dice la está considerando —a la primera mujer y la primera persona judía en ser elegida para gobernar a la capital de la nación— como la próxima candidata presidencial de su partido.

Hasta ahora, su estrategia ha sido seguir los preceptos de la ciencia, mientras se niega a criticar al presidente.

“Yo no voy a permitir que esto sea un conflicto político”, dijo Sheinbaum, de 58 años. Estaba sentada rígidamente en su escritorio, y su voz sonaba apagada por una mascarilla de tela. “Pero también creo que me corresponde una parte aquí en la ciudad y voy a cumplir con lo que yo creo”.

Mientras López Obrador todavía besaba a bebés en los mítines y comparaba el virus con la gripe, Sheinbaum estaba haciendo planes para una pandemia prolongada. Impulsó una agresiva campaña de pruebas y rastreo de contactos. También instaló quioscos donde se hacen pruebas de manera gratuita.

Exigió que todos en Ciudad de México se cubrieran la cara en el transporte público y usa mascarilla cada vez que se dirige a la prensa.

Sheinbaum discute en privado con Hugo López-Gatell, el funcionario de salud designado por el presidente para dirigir la respuesta del país al coronavirus. Pero su personal ha recibido instrucciones de enfatizar, en público, cuán alineados están los gobiernos de la ciudad y el federal y cuánto tienen en común.

“Esa es la manera en que hemos actuado siempre respetando, siempre informando”, dijo. “Tratándonos de coordinar en lo más posible”.

La jefa de gobierno envía su primer mensaje de texto del día poco después de las 05:00 a. m., a menudo suele estar dirigido a uno de los expertos de su equipo que mide el progreso de la contención del brote en la Ciudad de México, que es el peor a nivel nacional.

Todas las mañanas, pregunta cuántas personas acudieron a los hospitales el día anterior, cuántas se fueron a casa, cuántas fueron intubadas y cuántas murieron. Supervisa el rastreo de los vecindarios que organizan fiestas, cuántas personas usaban mascarillas en el metro y, si en realidad, la llevaban más bien como una bufanda para la barbilla.

El virus ha prosperado en la congestionada capital, hogar de nueve millones de personas, donde la mitad de los habitantes son pobres. Y aunque el número de víctimas ha sido espantoso (más de 11.000 han muerto), los analistas dicen que podría haber sido peor sin las estrategias de la jefa de gobierno.

Al principio, Sheinbaum creó una línea telefónica donde las personas podían reportar los síntomas del coronavirus y recibir un paquete gratuito de mascarillas, un termómetro, gel antibacterial y analgésicos.

Los médicos le dijeron que las máscaras N95 que el gobierno federal había importado de China eran demasiado estrechas para adaptarse a los rostros de los mexicanos, por lo que convirtió una fábrica local en una operación de fabricación de mascarillas.

Solo alrededor de 600 camas de unidades de cuidados intensivos estaban equipadas para tratar a pacientes con coronavirus en la ciudad, por lo que compró cientos de ventiladores de Estados Unidos, Alemania y China, lo que ayudó a incrementar el número de camas de las unidades de cuidados intensivos a más de 2000.

Para evaluar cómo están las cosas, Sheinbaum se centra en la cantidad de personas ingresadas en los hospitales y, por estos días, le gusta lo que ve. Cuando la capital reabrió gran parte de su economía el 1 de julio, seis de cada diez camas de hospital estaban ocupadas, en comparación con las cuatro de cada diez que se registran ahora.

“Lo que nos importa es que los hospitales no se saturen”, dice.

Según los epidemiólogos, el problema con su estrategia es que transmite una percepción baja de la prevalencia del virus entre los jóvenes, que tienen menos probabilidades de acudir al hospital. Cuando las personas enfermas llegan a las salas de emergencia, suele ser demasiado tarde para romper la cadena de transmisión.

“Durante las dos semanas que estuvieron infectadas antes de llegar al hospital, estuvieron expuestas a decenas o quizá a cientos de personas”, dijo Thomas Tsai, del Instituto de Salud Global de Harvard.

La alternativa son las pruebas masivas, que la ciudad no está haciendo, incluso después de invertir dinero en ese problema y triplicar las tasas de pruebas. Ahora, Ciudad de México realiza 40 pruebas por cada 100.000 habitantes, en comparación con la cifra de solo nueve por cada 100.000 habitantes en todo el país. Pero sigue siendo un número bajo en comparación con las 322 por cada 100.000 personas que se realizan en Nueva York, o la tasa de 130 que se registra en Los Ángeles.

La proporción de personas que dan positivo en la ciudad de México ha disminuido, pero se mantiene en alrededor del 30 por ciento, seis veces la tasa que la Organización Mundial de la Salud considera segura para reabrir la economía.

“Esto no es Estocolmo. Esto no es Singapur. Tenemos recursos limitados”, dijo José Merino, quien dirige la agencia que coordina el grupo de trabajo sobre el coronavirus en la capital. “Y no podemos evitar que la gente salga a la calle y trate de alimentar a sus familias”.

La ciudad tendría que gastar aproximadamente una décima parte de su presupuesto anual en pruebas si quisiera alcanzar los niveles de Nueva York. Y el gobierno federal no está ayudando mucho. López-Gatell ha dicho que cree que las pruebas masivas son una “pérdida de tiempo”, lo cual explica, en parte, por qué las tasas de pruebas nacionales de México se encuentran entre las más bajas.

López-Gatell ha sido criticado por prometer desde un inicio el final inminente de la pandemia y proyectar solo 6000 fallecimientos. Ahora hay más de 65.000.

Y, sin embargo, el presidente de México confía completamente en él. Sheinbaum acude a las reuniones con el mandatario para “presentarle los escenarios para la ciudad” y transmitirle su creencia en la efectividad de las mascarillas. “Y él me dijo, ‘siempre ponte de acuerdo con Hugo’”, explica la funcionaria.

La tarea no ha sido fácil.

La jefa de gobierno se sintió profundamente incómoda cuando, a mediados de marzo, se llevó a cabo un concierto en la capital porque López-Gatell lo permitió. Generalmente él se dirige a la prensa sin mascarillas y dijo que exigir el uso del cubrebocas podría “violar los derechos humanos”.

En julio, López-Gatell anunció en una conferencia de prensa que Sheinbaum le había dado un regalo: un paquete de mascarillas. Pero no usó ninguna.

La funcionaria dijo que había tenido “diferencias públicas y notorias” con López-Gatell, pero se niega a cuestionarlo.

“Yo no voy a entrar en contradicción con el gobierno de México”, afirma.

Hija de dos judíos de izquierda, Sheinbaum fue criada atea en un país católico que fue gobernado por el mismo partido durante siete décadas.

Conoció a López Obrador cuando él visitó su casa para reunirse con quien ahora es su exesposo, Carlos Imaz, un líder político de izquierda, y otros activistas. “Yo preparé el café y las galletas”, recuerda.

Con el tiempo, se convirtió en una de las principales investigadoras climáticas del país, y cuando López Obrador ganó la alcaldía de la Ciudad de México en el año 2000, la nombró su secretaria de medio ambiente.

En 2018, cuando López Obrador —en su tercer intento— fue elegido para el cargo más alto en la lista del partido que fundó, Sheinbaum se postuló con la coalición de él y resultó electa jefa de gobierno de la Ciudad de México.

“Hay una parte muy importante de cariño y admiración que aún es común con que te peleas, con quien te peleaste a lo largo de dos décadas, hombro a hombro, desde la oposición, desde no tener poder, desde no tener dinero, desde ser saboteado, desde ser perseguido”, dijo Ana Laura Magaloni, una profesora de Derecho que asesoró la campaña de Sheinbaum. “De repente este grupo llega al poder y esto es un poco también: ‘esa historia nos hace ser equipo’”.

Sentada en su oficina, frente a una foto de ella y del presidente, Sheinbaum se enrolló el cordón de un oxímetro en el dedo. Después de que un integrante de su equipo dio positivo por el virus, comenzó a medir sus niveles de oxígeno varias veces al día.

“La pandemia en el momento que haya vacunas se va acabar”, dijo. Y agregó: “Entonces si hay una diferencia particular del uso del cubrebocas o no, de si hacer más pruebas en determinado momento o no, eso es menor frente al fondo de la transformación de nuestro país”.

Varias personas dijeron que su relación con López Obrador era como de padre e hija. El presidente “la ama y la protege”, dijo Marta Lamas, una académica feminista que asesoró a la campaña de Sheinbaum. “Y ella es totalmente leal a él, y a su proyecto”.

Pero quienes han trabajado con López Obrador dicen que puede volverse desconfiado, incluso con sus aliados más cercanos.

“Una relación paternal es como, te voy a proteger, pase lo que pase, no es el caso de Andrés Manuel”, dijo Paola Ojeda, quien trabajó con López Obrador cuando era jefe de gobierno de la ciudad y en tres de sus campañas presidenciales.

Él no va a escoger a su sucesor hasta el último momento, asegura.

“Claudia se ha ganado, cada día, ese respeto y ese respaldo”, dice Ojeda. “Y ella sabe, como todos los que están cerca, que se puede perder en el momento en el que haga algo indebido”.

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