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Artículo The New York Times: ¿Quién era Mercedes Barcha, la musa de Gabriel García Márquez?

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Por Penelope Green // Contenido publicado en The New York Times

Mercedes Barcha, la viuda, musa y guardiana del ganador del Premio Nobel, Gabriel García Márquez, quien tuvo una participación fundamental en la publicación de su innovadora novela Cien años de soledad, murió el 15 de agosto en su casa de Ciudad de México. Tenía 87 años.

Su muerte fue confirmada por su hijo Rodrigo García, quien señaló que durante muchos años había padecido problemas respiratorios.

Mercedes y Gabo, como se le conocía a la pareja, vivían en Ciudad de México cuando García Márquez comenzó a trabajar en Cien años de soledad, el relato hipnótico que salta de una época a otra acerca del pueblo mítico de Macondo, inspirado en la región de Colombia donde ambos se habían criado.

Durante más de una década, García Márquez se ganó la vida como periodista —como persona de izquierda apasionada, pasó un año en la oficina de Prensa Latina, la agencia de prensa cubana, en Nueva York— mientras escribía cuentos y novelas cortas. Durante dieciocho meses, se había confinado en la oficina que tenía en su casa mientras Barcha mantenía a raya al casero y al resto del mundo. Cuando salió a fines de 1966, relató después, Barcha le preguntó: “¿En verdad ya la terminaste? Debemos 12.000 dólares”.

Luego empeñó su secadora de cabello y la licuadora para poder pagar el envío del manuscrito a su editor en Argentina. El libro —una génesis sudamericana— como muchos lo llamarían, o “un intrincado frangollo de verdades y espejismos”, como escribió García Márquez, en el cual levitaban los sacerdotes y llovían flores del cielo, vendería cerca de 50 millones de ejemplares.

Cien años de soledad y muchas de las demás novelas y colecciones de García Márquez publicadas en las décadas siguientes se enmarcarían entre los excepcionales trabajos literarios que alcanzaron el éxito tanto a nivel popular como de la crítica.

En todos sus libros se arremolinaban su temática y sus personajes: una violencia política brutal, pasiones románticas y de otro tipo, fantasmas, secretos familiares, aventureros locos e idealistas y, siempre, las mujeres prácticas pero místicas que los hacían poner los pies en la tierra: personificaciones de mujeres que de una u otra manera estaban inspiradas en Barcha, una belleza delicada que lo cautivó cuando eran niños.

Hacia el final de Cien años de soledad, cuando la historia de Macondo comienza a desentrañarse, García Márquez escribió: “La anciana que le abrió la puerta con una lámpara en la mano se compadeció de su desvarío, e insistió que no, que allí no había habido nunca una botica, ni había conocido jamás una mujer de cuello esbelto y ojos adormecidos que se llamara Mercedes”.

“Mercedes impregna todos mis libros”, dijo una vez. “Hay rastros de ella en todas partes”.

“La llamaba la encargada del departamento de crisis”, dijo su hijo Rodrigo García, “a veces sin que él supiera siquiera cuál era la crisis”.

Mercedes Barcha Pardo nació el 6 de noviembre de 1932 en Magangué, Colombia. Su padre, Demetrio Barcha, era farmacéutico; su madre, Rachel Pardo, era ama de casa. Mercedes, la mayor de siete hijos, creció en Sucre y luego en Barranquilla, en la costa caribeña de Colombia, a donde se mudó su familia para escapar de la violencia política que convulsionaba esa región a mediados del siglo pasado.

Una vez que regresó a casa durante unas vacaciones de la escuela de monjas, se reencontró con García Márquez, quien escribía para un periódico local. Cuenta la historia que este le había propuesto matrimonio en el momento en que la vio de regreso en Sucre, cuando ella tenía nueve años y él catorce. Desde el principio, le pareció bella y enigmática, con “un talento de ilusionista para escabullirse de preguntas”, como escribió en sus memorias de 2003, Vivir para contarla.

Cuando García Márquez fue enviado a Europa como corresponsal extranjero, le escribía a Barcha con regularidad. Luego de que cerraron su periódico, se quedó sin dinero en París, viviendo en una habitación de hotel y trabajando en un manuscrito. Entre sus pocas pertenencias había una fotografía de Barcha en la pared y una máquina de escribir Olivetti roja.

Al regresar a Sudamérica en 1957, le pagó a Barcha 500 pesos (el equivalente a aproximadamente 130 dólares, o cerca de 1200 de ahora) para que le devolviera sus cartas —ella no se desprendería de ellas sin una recompensa— y las destruyó de inmediato. “Le faltaban años para ser famoso”, señaló Rodrigo García, “pero siempre tuvo mucho cuidado de que su vida fuera privada. No quería dejar rastros documentales”.

Se casaron en 1958. El día de la boda, Barcha esperó hasta que él llegó para ponerse el vestido de novia. “No es que dudara de él”, comentó García, “sino que tenía las supersticiones y el pragmatismo de las personas de un determinado mundo que decían: ‘Existe una probabilidad en un millón de que el novio no se presente a la boda’. Así que lo hizo solo por si acaso”.

Gabriel García Márquez ganó el Premio Nobel de Literatura en 1982, y a medida que aumentó su fama, con las consiguientes exigencias de tiempo, también lo hizo el papel de su esposa como gestora de crisis y jefa de personal.

Su amigo Jorge Eduardo Ritter, quien había sido embajador de Panamá en Colombia, describió a Barcha como parecida a una asesora presidencial. “Ella le hacía saber lo que él necesitaba saber”, dijo. “Ella estaba más informada que él, habiendo leído todos los periódicos mientras él trabajaba cada mañana”.

Si ella no le hubiera dado dinero para el almuerzo, continuó Ritter, “él diría: ‘Mercedes no me dio dinero, así que te toca pagar’”.

Cuando su novela El amor en los tiempos del cólera fue publicada en inglés en 1988, García Márquez le dijo a Pete Hamill, quien escribió sobre él para Vanity Fair: “Escribes mejor con todos tus problemas resueltos. Escribes mejor con buena salud. Escribes mejor sin preocupaciones. Escribes mejor cuando tienes amor en tu vida. Hay una idea romántica de que el sufrimiento y la adversidad son muy buenos, muy útiles para el escritor. No estoy de acuerdo en absoluto”.

La pareja tenía casa en Ciudad de México y Cuernavaca, México; en Barcelona, España; en París; en Cartagena y Barranquilla, Colombia; y, con bastantes problemas, en La Habana, una casa de protocolo que les prestaba Fidel Castro, de quien García Márquez seguía siendo un amigo fiel, lo que desconcertaba a casi todos. Por esta amistad, el gobierno de Estados Unidos le negó la visa a García Márquez hasta que el presidente Bill Clinton, su admirador, lo invitó a Martha’s Vineyard en 1995.

Incluso en esa amistad, Barcha tenía las de ganar. Como le dijo García Márquez a Jon Lee Anderson de The New Yorker, quien escribió un perfil suyo en 1999, “Fidel confía en Mercedes más de lo que confía en mí”.

“Fue uno de esos matrimonios épicos”, señaló Anderson en una entrevista telefónica. “Mercedes se hacía cargo de los aspectos prácticos. Ella lo relevaba de las exigencias de la vida cotidiana”. Cada una de sus casas, recordó, estaba decorada de forma idéntica, con muebles y alfombras blancas, arte moderno, la misma ropa en el armario y la misma computadora Apple.

“Hay una frase en español: ‘polo a tierra’”, dijo Anderson. “Ella era su polo a tierra”.

“Ella también tenía una insaciable curiosidad por el mundo y sus acontecimientos; ambos eran así”, añadió, “y eran sabios de una manera muy intrínseca. Venían de una parte similar de Colombia, de estos pequeños pueblos ribereños donde la violencia era un hecho de la vida cotidiana”.

García dijo que sus padres “tenían esta idea de matrimonio que también era una especie de complicidad. No era solo el amor, sino de las cosas que tenían solo entre los dos”.

“La gente dice que era la guardiana de la puerta”, continuó. “Creo que eso es un poco fácil. Hay un guardián cuando hay una puerta que cuidar. Ella se sentía cómoda haciendo de mala persona, pero si mi padre no contestaba el teléfono, no era porque ella lo mantuviera alejado de él. Era porque no iba a coger tu llamada hoy”.

Además de Rodrigo García, escritor y director de cine y televisión, a Barcha le sobrevive otro hijo, Gonzalo García Barcha, artista y diseñador gráfico; y un hermano, Eduardo Barcha.

Gabriel García Márquez, quien murió en 2014, a menudo decía: “Si Mercedes muere primero, me voy a mudar a un hotel”.

La pareja conocida como Mercedes y Gabo, dijo su hijo Rodrigo, “eran una divertida combinación de lo privado y lo gregario”, con amigos de todas las generaciones y estratos sociales, y a lo largo de las décadas permanecieron socialmente infatigables. Para sus 80 años, Barcha se regaló un par de zapatos de gamuza azul y bailó toda la noche.

“Me fui de la fiesta a las dos de la mañana”, recuerda García, “y ella seguía”.

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