Milena Vodanovic

Milena Vodanovic

Periodista y magíster en gestión de negocios. Hace décadas trabajó en las revistas Apsi y Solidaridad y luego en Revista Paula, medio que dirigió entre 2007 y 2015. Actualmente ejerce como profesora universitaria en la UDP y la UAH; es miembro del directorio del medio de comunicación multiplataforma Pauta y consejera de Comunidad Mujer. En los últimos años ha iniciado un nuevo camino de exploración en la creatividad. Publicó el Libro La Vida a mano (Editorial Hueders, 2016), con dibujos, bordados y estampados de su autoría, y pasa muchas horas en su taller de ceramista, construyendo piezas utilitarias y escultóricas.

Autoayuda en cuarentena

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Es poco lo que se puede aportar al debate en estos tiempos de pandemia si uno no es un infectólogo, un epidemiólogo o un pensador de rápidas conclusiones como aquellos que escribieron sus análisis apresurados en esa revista virtual, Sopa de Wuhan, que anda circulando por la red. Aunque la iniciativa, pese a la inevitable imposibilidad de juicio sobre quién tiene la mirada más certera -estamos todavía en la juguera- al menos permite abrir la cabeza a las reflexiones de gente que piensa en serio, como Paul B. Preciado, Slajov Zizek, Giorgio Agamben, Judith Butler o Byung-Chul Han.

Pero siento que sin haber salido ni remotamente del “hoy”, circulan demasiadas las especulaciones sobre lo que pasará “mañana”: el capitalismo de fortalecerá; el capitalismo de debilitará; la tierra se limpiará; la tierra volverá a contaminarse rápidamente; la gente será más solidaria; la gente será más egoísta; repartiremos mejor la torta; los ricos serán cada vez más ricos y los pobres pagarán los costos; perderemos las libertades individuales pues la tecnología será usada para nuestro control; se fortalecerá el escrutinio social debido fortalecimiento en redes sociales durante el encierro; recrudecerá el autoritarismo; comenzará el cambio revolucionario, etc., etc.

Son innumerables también las teorías conspirativas sobre “porqué” estamos como estamos. Tantísimas y tan débiles argumentativamente, que tanto la cantidad como el hecho de que sus retóricas pobres las hagan incompatibles unas con las otras, revocan rápidamente la tentación de comprarse alguna: una cepa que se escapó de un laboratorio Chino para destruir a occidente; un misil bacteriológico contra los chinos que tuvo efecto boomerang; un complot destinado a terminar con los viejos, porque están costando muy caro; un llamado de los guías espirituales para que enmendemos el camino; un ajuste ecológico de la madre tierra que llora, y suma y sigue.

Lo único cierto es que el virus está, que es global, que no se conoce para él todavía ni cura ni vacuna y que los gobiernos de las ideologías más disímiles han actuado frente a él más o menos igual, descontando el delirio incomprensible de Amlo y los chascarros iniciales de algunos conspicuos como Trump, Bolsonaro o el pobre Boris Johnson.

El hecho es que estamos todos, de chincol a jote, encerrados en las casa o semi-encerrados, con las vidas congeladas. Para algunos esto es muy dramático, se juega en ello la subsistencia. Para otros, meramente existencial.

Hemos visto que los parámetros son muy diversos. Algunos consideran que sus privilegios son un estándar y que si tienen helicóptero por qué no usarlo para pasar un rato agradable tomándose el whisky en Zapallar en vez de en Vitacura. No soportan el jardín de Santiago, necesitan desesperadamente ver el mar.  Otros creen que carretear es un derecho inalienable y hacen caso omiso del toque de queda. Y, por cierto, no faltan lo pasados de rosca que aprovechan de meter a la fuerza su agenda personal, como en la famosa historia del niño que debe hacer una presentación acerca de los elefantes, sobre los que no ha estudiado, y parte diciendo que éstos son muy grandes y las hormigas muy chiquitas, para acabar explayándose sobre estas últimas. Es el único modo en que logro explicarme la propuesta de ley seca de Ximena Ossandón.

Yo, al menos, he estado en ley mojada en mi cuarentena de Providencia, sin helicóptero pero sin hambre. No echo exageradamente de menos el mar ni la montaña y soy una afortunada que cuento con lo necesario para subsistir, con un espacio cómodo y varios intereses a los que echar mano. Soy de los que está, básicamente y por ahora, en un periplo existencial. Y nada más. Obligada a estar conmigo. Sin tregua ni escapatoria.

No me fue fácil al comienzo -la ansiedad de esta realidad rara- pero poco a poco “me ido hallando”, como dicen en el campo, y voy descubriendo cosas. A riesgo de un revolcón por el género tan injustamente maltratado de la auto ayuda -no será la primera vez que me equilibre en esa cornisa- las enumero.

  1. No hay para qué correr. Con tele-trabajo, con calma, con tiempo, quizás no hoy en la mañana pero sí mañana en la tarde, las tareas se completan y los proyectos que no requieren salir al mundo exterior se ejecutan. No es necesario latigarse, obligarse ni menos pensar que hay que acometer y cumplir siete obligaciones diferentes el mismo día porque eso es irreal. Pero solíamos vivir con ese estándar imposible. Siempre irritados porque “no alcanzamos”, estando “al debe”. Hoy veo con claridad que no era uno la atrasada, sino las tareas las excesivas.
  2. Acometer los proyectos personales. Es es un antídoto contra la parálisis. El que sea: hacer el aseo profundo, escribir el texto, dictar la clase, estudiar, construir la maqueta, acabar el tejido, otorga una sensación de seguridad y de poder, muy útil ahora que controlamos poca cosa. Es decir, hay que trabajar. Sin prisa, pero sin flojera.
  3. La vieja máxima es cierta: mente sana in corpore sano. Si todo está ordenado, si me ducho y no deambulo todo el día en pijama, si hago ejercicio y como bien, si no dejo los platos acumulados ni permito que las hojas del otoño se apilen en la vereda, me siento mejor y puedo enfocarme más. Es respeto conmigo misma, con los que están encerrados junto a mí y con mis vecinos, porque la cuarentena no me exime de barrer la calle.
  4. Pensar lo bueno. Sé que mal de muchos es consuelo de tontos, pero repetirme lo afortunada que soy de estar cuarenteniada en un lugar relativamente amplio, de no ser asmática ni octogenaria, de no tener hambre o angustia por el trabajo que perderé o no tendré, me saca rápido de cualquier tentación depresiva. También es útil mirar las calles vacías no como un horror, sino como un acto de amor, según dice un wasap atribuido a Bill Gates que no sé si esfake o cierto, pero que me hizo sentido. Guardarse es proteger al otro. No estar ocupando un ventilador mecánico es el máximo gesto solidario. Hoy por ti, mañana por mí.
  5. Informarse por las vías correctas. No voy a abundar sobre el flagelo de las noticias falsas. Menos wasaps y videos de you tube, más BBC, The Guardian, El País, la Bío Bío, Pauta, El Mercurio o la Cooperativa. Aunque ninguna línea editorial me interprete del todo, al menos sé que alguien se está dando la lata de verificar, poner la firma y chequear los datos antes de escupirlos. La información de calidad da seguridad y calma.
  6. Ayudar en lo posible. ¿Un amigo vive de un trabajo que no puede realizar y quizás no tenga plata para comprar verduras? Pues cuando hago mi mercado, le llevo. ¿Otro necesita un apoyo económico? Si puedo, le presto, o lo hago a cambio de algún trueque futuro. Intento comprar en los pequeños locales (miren que los supermercados sólo crecen en ventas y son caldo de contagio); pido a domicilio en los locales que antes frecuentaba; le adelanto el pago a alguien en problemas a cambio de un trabajo que me hará después.
  7. Obedecer. Tengo dudas con un montón de medidas del gobierno pero ser díscola de conducta es ahora un despropósito. Toca agachar el moño. Confío en que no sea para siempre.
  8. Me observo. No hay momento más propicio para seguir la regla de oro de los trabajos de crecimiento personal y los retiros espirituales: “Observe sus emociones, sus reacciones, sus pensamientos. Solo observe, sin juicios, y no los modifique”. Qué más va a hacer uno. Yo miro todo el día cómo tránsito de la alegría a la angustia, como viejos rollos siguen tomándose el timón, yendo y viniendo, y así. Y se va asumiendo que no pasa nada. No es necesario ni hacerse cargo de esos sentimientos ni espantarlos. Simplemente están ahí.  Son parte de la melcocha que uno es y quizás ya era hora de conocerlos y mirarlos de frente. Ya habrá tiempo de ver qué hacemos con ellos.
  9. Intento se agradable y cortés. Nótese que escribo “intento” y no “ser” porque es bastante difícil mantener la paciencia y la calma si se está todo el día con los mismos seres humanos en un espacio reducido. Ser consciente de que el clima colectivo se nutre de los ímputs personales nunca está de más.
  10. Si me bajoneo, tomo el teléfono. No me enredo con los zooms, ni los skypes, ni los teams. No me parece indispensable. Soy de otra época. Si necesito una conversación larga y tranquilizadora, llamo a alguna amiga o amigo. La gracia, hoy, es que tienen tiempo y uno puede dar la lata sin culpa.

Por último, puede ser una buena idea disfrutar de la oportunidad de no estar obligados a tomar tantas decisiones. Vivimos en un sistema estresado y apremiado que nos impele a consumir, producir, definir, mostrar, entregar, dar, razonar, vernos bien, ser mejores, progresar…. Uff. Ahora se nos permite, incluso se nos pide, simplemente poner todo nuestro esfuerzo y la atención en permanecer. Sé que algunos lo pasan mal y necesitan más que nunca de creatividad y apoyo para subsistir o no sucumbir. Ellos requieren de atención y cuidado. Pero el resto, mejor no demos la nota y, en vez de quejarnos o pensar en “mañana”, tratemos de sacar de todo esto las lecciones que mejor nos vengan. Porque, ¿saben? Es lo que hay.

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