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Byung-Chul Han, en La Tercera: las lecciones que entrega Oriente contra el coronavirus

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Por Guido Macari // Contenido publicado en La Tercera

Para el filósofo, la conciencia colectiva propia de Oriente —indiferente al totalitarismo chino— es la mejor respuesta contra la pandemia, a falta de una vacuna. Países como Japón aplican medidas sanitarias —sin multar a los infractores— que la población integra en su rutina, a diferencia de lo que ocurre en regímenes liberales de Occidente, donde —ejemplifica— los adolescentes celebran fiestas ilegales. “Liberalismo y civismo no tienen por qué excluirse”, asegura.

Diez meses atrás (28 de enero), Japón registró su primer caso de covid-19. De ahí en adelante, el país asiático apenas ha superado los 1.700 fallecidos, y el índice de mortalidad por cada 100 mil habitantes ronda el 1% (en Estados Unidos alcanza el 59%). Aunque los nipones no han sido el país de Asia con las cifras menos negativas, sí ha sobrellevado la crisis sanitarias sin recurrir a medidas drásticas como confinamientos obligatorios.

En un artículo de El País, el filósofo surcoreano, Byung-Chul Han, rememora una respuesta que dio a la prensa el ministro de Economía japonés, Taro Aaso, cuando le preguntaron cuál era la medida exitosa de su país para enfrentar la pandemia; a diferencia de lo que ocurre en el mundo Occidental. Él respondió, escueta y chovinistamente, usando la palabra mindo.

Mindo se puede traducir de forma literal como “nivel de las personas”; aunque el término se puede entender de manera más como “nivel cultural” de la gente.

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Sus palabras generaron controversia incluso en Japón, porque promovían un nacionalismo en tiempos que es necesario aspirar a la solidaridad mundial. El ministro Aso se defendió diciendo que la población en su país acató obedientemente las medidas higiénicas del gobierno (sin siquiera establecer multas a los infractores), situación que en otros países suena irreal.

Según plantea Byung-Chul Han, en países asiáticos como China, Corea del Sur, Taiwán, Singapur o Hong Kong prácticamente no han existido “segundas olas” de contagio, contrario a lo que ocurre en lugares de Europa, Estados Unidos y América Latina.

Los asiáticos “demuestran que podemos hacer frente a la pandemia con éxito incluso aunque no dispongamos de una vacuna”, asegura el autor de La sociedad del cansancio, radicado en Berlín.

Ahí el académico se pregunta: ¿por qué esta diferencia? Al buscar las causas, Byung-Chul Han mencionó que en China la “vigilancia rigurosa” ha sido un factor clave, política que suena impracticable en regímenes no totalitarios. ¿Entonces qué hacen las democracias como Corea del Sur? Los surcoreanos, en cambio, utilizan técnicas de rastreo de contactos con métodos tecnológicos que se usan en la criminalística.

Factor X

“¿La exitosa contención de la pandemia en Asia se debe pues —como muchos en Occidente suponen— a un régimen de higiene que actúa rigurosamente y que recurre a la vigilancia digital?”, dice el surcoreano. Y su respuesta es no. Es difícil encontrar cuál es el elemento común que une a estos países asiáticos.

El premio Nobel de Medicina del 2012, el japonés Shinya Yamanaka, ha expuesto la idea de un “factor X” difícil de explicar.

Byung-Chul Han plantea lo que pareciera una disyuntiva: en Occidente no es posible aplicar medidas que ignoren las libertades individuales. “El virus no debe minar el liberalismo”, asegura; a pesar de que no tenemos problemas en que empresas como Google y Facebook tienen acceso casi total a nuestra esfera privada (esa es una concesión que para los gobiernos occidentales resulta inaplicable).

Aun así, el surcoreano insiste en que la solución está en otra parte. Retoma la expresión que usó el ministro japonés, Taro Aaso: mindo. Al quitarle el velo nacionalista a sus declaraciones, se deja entrever “la importancia del civismo, de la acción conjunta en una crisis pandémica”. Byung-Chul Han dice que “cuando las personas acatan voluntariamente las reglas higiénicas, no hacen falta controles ni medidas forzosas, que tan costosas son en términos de personal y de tiempo”.

El problema occidental es que “el liberalismo parece incluso propiciar la decadencia del civismo”, dice el surcoreano. Para él, que existan grupos de adolescentes celebrando fiestas ilegales en pandemia es un síntoma del resquebrajamiento del mindo en este lado del globo. Lo que deriva en un paradoja: los asiáticos, quienes acatan las medidas sanitarias con obediencia, terminan teniendo más libertades que la población de Occidente.

A pesar de que los asiáticos han logrado controlar la pandemia por el momento, Byung-Chul Han critica los modelos de sociedad poco tolerantes con las problemáticas individuales. “Prefiero seguir viviendo en el foco de infección que es Berlín antes que en Seúl, por muy limpio de virus que esté”, declara. Considera totalmente factible que el civismo conviva con los principios democráticos y liberales.

El filósofo surcoreano usa el ejemplo de Nueva Zelanda, país liberal que ha registrado solo dos mil contagios —y cerca de treinta muertos—. Para él, parte del éxito en la estrategia del país oceánico radica en su apelación al civismo, en que la primera ministra neozelandesa, Jacinda Ardern, se refiere a la población como un “equipo de cinco millones” de personas.

“Liberalismo y civismo no tienen por qué excluirse”, asegura Byung-Chul Han. “Civismo y responsabilidad son más bien un prerrequisito esencial para el buen logro de una sociedad liberal”. Expone que la pandemia ha dejado en evidencia la importancia de la solidaridad en una sociedad, “de lo contrario se desintegra en una colección de egoístas”. Para el surcoreano, ese factor “factor X” del que habla el Nobel de Medicina japonés, “no sería otra cosa que el civismo, la acción conjunta y la responsabilidad con el prójimo”.

Vivir con la muerte

El filósofo alemán, Theodor Adorno, cuando era niño, vio pasar una vez un camión de transporte cargado con cadáveres de perros. Al verlo se preguntó: “¿Qué es eso?”.

Según Byung-Chul Han, en esa experiencia de infancia, el académico teutón vivió un acercamiento inicial a la primera pregunta de la filosofía: qué es la muerte. “No es una pregunta movida por el deseo de saber”, asegura. “Más bien representa la fragilidad del saber”. La entiende como una interrogante que apunta hacia los “agujeros” del entendimiento, dimensiones del pensamientos en las cuáles no es posible acceder a respuestas: “¿Qué es en realidad el saber? ¿Se puede asumir la muerte en el saber? ¿Acaso la muerte no hace visibles aquellas heridas que el saber mantiene tapadas?”.

Es ese uno de los cuestionamientos de Caras de la muerte: Investigaciones filosóficas sobre la muerte (Herder, 2020), libro ensayístico que acaba de publicar Byung-Chul Han. No es una sorpresa el hecho de que la vida humana es finita. Sin embargo, la conciencia de esta condición siempre es contingente, especialmente en tiempos de una pandemia que ha causado cientos de miles de fallecimientos alrededor del mundo.

El surcoreano se acerca y explora en torno al fenómeno de la muerte desde distintas lecturas de autores como los europeos Martin Heidegger, Franza Kafka y Peter Handke.

Byung-Chul Han piensa que hacerse conciente de la muerte es mucho más que solo asignarle un espacio mental, indiferente y estoico ante su cualidad ineludible. “Más bien sucede que la muerte hace que se tambalee la imagen que la conciencia tiene de sí misma”. La conciencia se pone en contacto con su contrario: con el final de la vida, también termina la conciencia. Es un encuentro que el surcoreano califica como “horroroso”.

“La muerte no es el asunto de un yo solitario”, dice el surcoreano, pero aun así “se muere en soledad”. Junto a la muerte, menciona la soledad como una característica inherente a cada persona. Byung-Chul Han cita el libro El tiempo y el Otro, del filósofo lituano Emmanuel Levinas: “Por ello, la muerte no confirma mi soledad sino que, al contrario, la rompe”. Al fallecer, deja de existir el individuo con la capacidad de sentirse solitario.

La persona busca ayuda, cobijo en el otro, pero su soledad es inevitable y, al mismo tiempo, terminará junto al fin de su existencia terrenal.

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