Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

Camaleón

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“Todo cambia nada es” nos recuerda Heráclito. Churchill agregó: “Quién no es capaz de cambiar de opinión no es capaz de nada”.

La pregunta que surge: ¿Es lo mismo cambiar legítimamente de opinión, que acomodar las intenciones y declaraciones, para conseguir lo que se desea?

En la pregunta, se encuentra la diferencia entre el cambio que hace el escéptico y la diferencia con el oportunista, aquél que en su quehacer se disfraza con ropajes ajenos y opiniones convenientes para conseguir lo que desea.

Eurípides señaló sobre lo mismo: “El oportunista que no sirve de nada siempre hechiza a la chusma”. Aquí radica el principal hecho de desprestigio de la política y quizás el motivo de la ya larga y rocambolesca carrera política de Joaquín Lavín en el medio nacional. La acomodaticia sensación del cambio de opiniones sin coherencia, apoyado más bien en el interés, más que por una legítima intención de evolucionar, derecho humano por excelencia.

Si hay un político en Chile que ha hecho de esto un arte –y con éxito y habilidad-, ese es Joaquín Lavín. Desde su irrupción presidencial en 1999, nos hemos acostumbrado al político “cosista” (los problemas reales de la gente llegó a ser su lema de “cambio”). Aquél que en plena campaña de presidencial hace 20 años –cuando algunos pocos insistíamos, ya por aquellos años, en la necesidad de un proceso para una Nueva Constitución- giraba la encuesta del momento para mostrar que las “necesidades de la gente” no eran la Constitución, sino la salud y la seguridad.

Defendía de esa forma, y con fuerza los enclaves autoritarios de la dictadura; senadores designados, imposibilidad del Presidente de la República de destituir a comandantes en jefe, Consejo de Seguridad con convocatoria contra la opinión del jefe del Estado y un largo etcétera.

Joaquín Lavín, el mismo que recorrió Chile vistiéndose de aymara, de mapuche, el mismo ex editor de Economía y Negocios de El Mercurio durante la dictadura que defendió los “excesos” (eufemismo que tiene la derecha para definir las violaciones a los derechos humanos), para decir más tarde que tendría un pariente detenido desaparecido.

Sí ese mismo, el que hizo llover, que trajo playas artificiales, pistas de patinaje e intentó construir una laguna en un gran negocio inmobiliario que fue rechazado por los vecinos en un plebiscito del cual pese a ser derrotado por paliza, salió con su habilidad de siempre, ganador.

Joaquín Lavín, el hombre que fuera de su reducto, después de ser “un gallo de pelea”, puso su cara beatifica de supernumerario del Opus Dei para defender al dictador preso en Londres, ocupó malas artes contra Ricardo Lagos –entrometiéndose en su vida familiar- en la campaña del SI, para luego arremeter contra él por ser divorciado, amén –como diría el mismo- de oponerse al divorcio, la filiación de los hijos y el aborto tres causales- .

Joaquín Lavín, el mismo que puesto en cargos de responsabilidad como ministro de Desarrollo Social y de Educación, tuvo un discretísimo paso sin dejar huella alguna, o el mismo que vendió los derechos de agua de la Municipalidad de Santiago, ese mismo que lejos de los millonarios presupuestos de Las Condes pareciera palidecer en su gestión de espectáculo.

Lavín el mismo que se declaró aliancista-bacheletista (como si ambas cosas pudiesen ser compatibles), ese mismo hoy, en su última aparición –de las muchas a la que los medios nos someten día tras día- se declara “socialdemócrata” y para rematar pretende ser la cara del “apruebo” en el proceso constituyente, señalando “muchos en Chile Vamos estamos por esa opción”.

Las mil y una caras de Joaquín Lavín. El hombre que mientras la oposición pelea sus miserias, sus mezquindades, sus cupos parlamentarios, la falta de liderazgos y de unidad pretende erigirse como el gran triunfador del apruebo en su última performance de oportunismo para convertirse en el nuevo Olof Pälme de cartón piedra de Chile.

¿Se puede ser socialdemócrata y haber apoyado la dictadura, sin haber pedido legítimamente perdón por lo que no fueron “excesos” sino violaciones graves a los derechos humanos? ¿Se puede ser socialdemócrata y ser neoliberal al mismo tiempo? ¿Se puede ser UDI y socialdemócrata y aliancista y bacheletista a la vez?

La respuesta es simple. Claramente no se puede.

Los chilenos de 1999 somos distintos a los de 2020. Ya no es tan fácil dejarnos engañar con estas volteretas que venimos conociéndole a un personaje, que de simpático –casi rayano en lo simplón- tiene de mucho, pero de oportunista tiene de más, y del cual no puede desmerecerse, ni menos dejar a la libre con su habilidad de llegar –usando el símil futbolístico que aterroriza al rector dominical- al arco rival con un contragolpe que ya se quisiera el más hábil delantero.

¿Alguien cree sinceramente que Joaquín Lavín está convencido por el avance social, en la regulación del mercado por el Estado para emparejar realmente la cancha? ¿Alguien cree en su autodenominada conversión socialdemócrata implicará, de llegar al Gobierno, una conformación de gabinete y nombramientos que se alejen de la derecha dura y clásica? ¿Alguien cree a estas alturas que Joaquín Lavín el sempiterno candidato, el de risa fácil, dulzura casi naïf, es realmente quien dice ser y estará por los avances sociales que se requieren en el Chile de esta hora?

Por último ¿Sería legítimo que Joaquín Lavín en un arranque de profunda reflexión se haya convertido en socialdemócrata? Por cierto lo sería, pero para ello debería refrendar dicho cambio con actos que no hará, más que con palabras al viento y explicaciones llenas de carambolas retoricas.

Ser socialdemócrata, implicaría partir renunciando a su partido. La UDI, el mismo que plantea la deslegitimidad del proceso constituyente, luego de haber concurrido a éste. El partido que quiere borrar con el codo el proceso y entregar las facultades constituyentes al próximo Congreso, el mismo que pide una votación mínima de 10 millones de electores para que la Nueva Constitución sea legítima (lo que haría ilegítimos la elección de todos los presidentes desde el retorno a la democracia), todo ello, mientras duraba la discusión parlamentaria eran los mismos que se negaron a un plebiscito de entrada con voto obligatorio.

Ser socialdemócrata para algunos es una moda como antes lo fue llamarse liberal.

Las fuerzas progresistas en Chile, que aglutinan espacios que se mueven desde el liberalismo, al socialcristianismo, la socialdemocracia, el socialismo democrático, el liberal progresismo, están en las antípodas de lo que Lavín y su sector representan. Lo están y lo han estado los últimos cuarenta años.

Ser socialdemócrata es creer en un progreso sostenible, en cargas tributarias redistributivas, en la provisión de bienes como principios mínimos para una vida decente, es creer en la educación pública, salud pública y un piso mínimo de garantías de calidad para los ciudadanos en las diversas contingencias de la vida, no es creer en que el mercado todo lo puede y lo regula, es apostar contra el negacionismo del pasado, es no sentirse “orgulloso de la dictadura” como lo ha hecho la UDI –el partido de Lavín- sino pedir perdón, dejar de apoyar a los genocidas y someterlos a la cárcel y no a privilegios e indultos. Ser socialdemócrata no es honrarlos, porque con sus nombres en escuelas, calles o monumentos se lacera la memoria colectiva y el respeto a los derechos humanos.

Ser socialdemócrata es creer en una sociedad inclusiva, abierta, diversa, justa, donde el Estado tiene un rol ordenador para apoyar a los frágiles, para impedir los oligopolios, las concentraciones del mercado, para apoyar la libertad de culto.

Claramente Lavín, los suyos, los que gobernarían con él no representan ni de cerca estas ideas, no las han representado y se han opuesto y negado a cualquier avance en este sentido desde que están en política, el resto es ruido.

Por último un llamado a la oposición a despertar. Mientras Lavín se pasea campante y se plantea como rostro del apruebo para jugar con la mácula (como bien describía Daniel Matamala) de votar por el apruebo para dejar atrás su voto por el SI a Pinochet, las fuerzas opositoras siguen enfrascadas en la dispersión, en la miseria del cálculo pequeño, en la individualidad frente al desafío histórico que tenemos por delante, todo ello mientras, como decía la canción, el camaleón cambia de colores según la ocasión.

Es tiempo de despertar y empezar a fijar nuestras posiciones con unidad frente al plebiscito, es tiempo de practicar la unidad y dejar atrás la mezquindad, los caminos propios y sobre todo los purismos maximalismos y estridencias que tanto daño nos han hecho como sector y que quienes votamos al mismo esperamos sus líderes lean y comiencen a cambiar. De lo contrario observaremos una paradoja contrafactual; quien promulgue la Nueva Constitución será Joaquín Lavín Infante, como Presidente con una derecha más dura, recalcitrante y populista que la que nos gobierna hoy. Esa es su apuesta, aún estamos a tiempo de detenerla.

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