Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

“Caras Nuevas”

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En el tráfago diario de actividades por zoom, no he dejado desde fines del año pasado de incluir una o dos actividades a la semana para grupos de personas que quieren conocer los detalles de la Constitución, sus vericuetos histórico-políticos, sus consideraciones institucionales, y por cierto el proceso constituyente. Debo decir que ha sido una experiencia muy gratificante e interesante, que he tratado de cumplir, más con un afán de escuchar que de cualquier otra cosa, y que como abogado considero un mínimo aporte con el que uno puede contribuir a un debate con el que muchos soñábamos hace años.

De estas conversaciones con diferentes y muy diversos grupos, que van desde estudiantes universitarios y técnicos, sindicatos, asociaciones de funcionarios, juntas de vecinos y otros grupos organizados y no, hay un término que se repite en la conversación que me ha llamado la atención, y que en la medida que el proceso constituyente se acerca se ha repetido. 

Por una parte, aparece la duda e inquietud por la necesidad que el proceso no sea cooptado “por los mismos de siempre” y “que existan caras nuevas”. Esta última expresión, apareció en la política con mayor fuerza desde la reforma al sistema binominal en mayo de 2015 e incluso antes desde las protestas de 2011, dando paso a un sistema multipartidista con una mayor representatividad de los diversos sectores políticos de la sociedad en el Congreso.

Lo curioso de la expresión es que es contradictoria. “Las caras nuevas” se contraponen “a los mismos de siempre”. Se entiende, por ende –y así lo he recogido e interpretado de las múltiples conversaciones- que existe un profundo desprecio y desconfianza por la llamada “clase política” (ninguna sorpresa a estas alturas, solo una constatación obvia) lo que se evidenciaría en la necesidad de renovar, tanto el Congreso, como generar, por cierto, una Convención Constituyente con personas ajenas a la actividad o alejada de los partidos políticos. 

Algo hay también en la expresión –en algunos- es un tema generacional, jóvenes serían “caras nuevas” versus viejos, antiguos modelos de ejecución de una política que los interlocutores definen como “cocina”, olvidando que ella se refiere también a una actividad propia e ineludible de la política como lo es, la capacidad de diálogos y acuerdos.

Volviendo a las “caras nuevas” llama la atención la expresión, explicada anteriormente, toda vez que si se observa la legislatura actual de la Cámara de Diputados, esta es, en los números, la con más parlamentarios electos por primera vez, desde el retorno de la democracia, sin considerar por cierto –evidentemente- la elección de 1989 y la instalación del Congreso en marzo de 1990.

En efecto, en marzo de 2018, el 60% de los diputados, no fue incumbente en la legislatura anterior (2014-2018), esto es, fueron electos para su primer período. Se trataba por ende, de lo que las personas llamarían eminentemente “caras nuevas”, lo que se vio además potenciado por el fin del sistema binominal, pero también, por la elección del electorado de personas que no fuesen parte del gastado sistema político chileno, donde muchos actores que pululaban en el Congreso, ya eran personajes políticos con anterioridad a 1973.

Respecto de las “caras nuevas” conviene anotar también que la edad promedio de la Cámara de Diputados ha disminuido ostensiblemente desde 2002 a la fecha. Si a principios del siglo XXI la Cámara de Diputados tenía una edad promedio de 65 años, esta ha disminuido paulatinamente hasta una media de 45 años de edad. Esto es, hay más jóvenes entre los diputados en ejercicio, y para ello baste solo observar el día a día.

Pese a lo anterior y tener un 60% de diputados “caras nuevas”, a casi tres años de su elección, no puede sostenerse que dicha característica haya mejorado la percepción de la actividad política, ni menos aún, haya cambiado la percepción de nuestro Congreso. Incluso, a ratos da la sensación –esto es solo percepción y no dato duro- que las caras del Congreso son más nuevas, pero menos preparadas y este se ha tornado más ingobernable que antes. Ello puede atender al multipartidismo que genera el sistema proporcional y representativo, que hace más inestable las alianzas políticas, pero también se observan casos sintomáticos del cultivo de la ignorancia y la falta de rigor mayores a legislaturas anteriores (todo tiempo pasado fue mejor, solo constatación no datos duros, es probable que la memoria para la tontera sea de corto alcance).

Aunque la literatura anota que un sistema multipartidista, generado por alianzas en sistemas representativos tiende a una mayor inestabilidad del sistema político, ello no ha sido asimilado por el ejercicio de la política chilena, ni menos por la institucionalidad. En efecto, gran parte de la crisis de confianza, y de ineficacia de la estructura constitucional dice relación con la incapacidad de un Ejecutivo de equilibrar esta inestabilidad y administrarla, con mayor cantidad de actores en juego. Ahí, un desafío más para el cambio político del debate constitucional que se avecina.

Por último quisiera referirme a como lo que denomino “patrón cultural binominal” –más estable pero menos representativo- no ha podido ser entendido en la centroizquierda tradicional con clivaje en dicho patrón. 

En efecto, el éxito de la Concertación consistió en parte en esa estabilidad de alianza que unía al centro con la izquierda –dejando hasta bien avanzado el siglo XX -al partido comunista fuera de una ecuación- que servía, junto a pequeños partidos de izquierda en una colaboración de inclinación de balanza de segunda vuelta, pero no de ejercicio de gobierno, sino hasta 2014. Es una constatación y por cierto no un juicio de valor, porque si de ello se trata, prefiero un sistema multipartidista que cultiva buena política de alianzas, que la repartición del poder binominal, en una lógica sin fin y un equilibrio precario, poco efectivo y en definitiva falso. Por lo pronto, el país no volvería atrás. 

En este orden de cosas, nuevos actores políticos en el multipartidismo que genera el sistema representativo, hacen pensar en la existencia de una tensión permanente por la unidad de la centroizquierda basada en el “patrón cultural binominal”, cuando el mismo ya no se encuentra vigente. Por ende, parecería razonable asumir, de una buena vez, que en Chile, hoy, existen dos izquierdas. 

Asumir este hecho clarifica los propósitos de unidad y de discrepancias, transparentar las alianzas electorales y políticas, y por cierto precisar y tener mecanismos para reconocer y administrar la discrepancia en un marco de respeto y colaboración abierta como en cualquier sistema multipartidista y con alianzas parlamentarias sin grandes mayorías. Lo anterior, para evitar un bloqueo constante y un “tironeo” inútil y estéril de responsabilidades y reproches mutuos.

Pero asumamos que en Chile tenemos dos izquierdas distintas y ello no tiene nada de anómalo.

Una –y sin hacer juicios de valor- compuesta por sectores socialcristianos, liberales (de distintas vertientes) y socialdemócratas o socialistas democráticos con capacidad demostrada de gestión y gobierno y con propuestas más o menos conocidas, de políticas públicas tecnocráticas, hoy resistidas con fuerza por la “otra izquierda” como parte de una suerte de “entreguismo” o “connivencia con el neoliberalismo”. Lo cierto, es que durante sus años en el Gobierno, la Concertación aquilató conocimiento del aparato público, gestión de políticas públicas más o menos exitosas y debatió permanentemente entre las dos almas que la habitaban en el clivaje del patrón binominal.

La otra una izquierda, de sectores ligados a un tendencia más proclive al caudillismo político que abjura del neoliberalismo, el multilateralismo y la lógica del mercado, dada a la consigna y la  supuesta (digo ello pues así se definen) representación de la “calle”, por antonomasia de la otra. Esta goza de nula o baja gestión ejecutiva en el cuerpo, cercana a una sección de la izquierda latinoamericana que ya había demostrado un quiebre entre quienes creían en la transformación bolivariana de Chávez, Evo, Néstor Kirchner o CFK y por otra, la que admiraba al Frente Amplio uruguayo de Vázquez y Pepe Mujica, los gobiernos de la Concertación y al PT o a la socialdemocracia brasileña.

Frente a un escenarios de dos izquierdas, diferentes lo que cabe, no es un ejercicio de unidad forzada, un “pegoteo” intentando equilibrar lo imposible tratando de equilibrar principios monolíticos, sino de colaboración para propósitos electorales comunes y el procesamiento de temas en los que estemos de acuerdo y aquellos que sean objeto de un debate y no de un conflicto permanente, como lo sería por ejemplo una lista única para la Convención Constituyente. 

Todo otro intento de unidad, es un diagnóstico errado de lo que no se tiene, y los malos diagnósticos se pagan en política. Cooperación electoral, mas no coincidencia de programas en su totalidad, búsqueda de puntos comunes de acuerdo para generar mayorías, diferencias en el desacuerdo, y por cierto, un trabajo de respeto mutuo donde los adjetivos calificativos sobran para dar paso a diálogos fecundos, maduros y de ejercicio de política. 

Estaremos de acuerdo en mayor carga tributaria para financiar más derechos sociales, podremos estarlo también en el rol para reforzar la educación pública, o bien en temas más espinudos como elementos mixtos de seguridad social y pensiones, nos abocaremos con matices hacia un Estado de Bienestar que a uno que no lo sea. No estaremos de acuerdo en temas como Venezuela, el multilateralismo o cualquier desvarío fuera de lógica en torno a los derechos de propiedad, libertad de expresión o el apoyo a regímenes que los promueven. No hay nada de malo en ello, y el uno y el otro si procesan correctamente las diferencias no harán responsable al del lado.

Esa otra izquierda –más radical en cuanto a cambios y profundidad de los mismos- por una parte debe tener por desafío construir un programa de coincidencias, con el respeto para el diálogo, pero necesita ante todo, entender que la política es un ejercicio de realidad y no un intento de voluntarismo permanente, donde cualquier transacción posible lleva al entreguismo, y por tanto más vale morir de pie, que vivir de rodillas. La política no es eso (eso es la revolución, no la burguesa política democrática puesta en un lenguaje ad hoc), y si no, pregúntenle a Pablo Iglesias y PODEMOS en España como pasó de lo primero a hoy situarse junto a su coalición –de tanto abusar de dicho discurso aplastado por la derrota- a ser parte del Gobierno en unión con el PSOE. Madurez y no voluntarismo de poder. Eso es entender que ejercer el poder requiere de un permanente ejercicio por mover las murallas de lo posible y no de lo imposible. 

Para quienes pertenecemos a la otra izquierda, a la del centro, moderada o más conservadora (si se quiere), nos cabe hacer una autocrítica propia y no propiciada por otros de nuestro pasado. La autocrítica requiere de equilibrio, nada es tan malo y tampoco fuimos los gestores de la virtud. 

Chile creció, se disminuyó la pobreza y la desigualdad como nunca, los números están ahí, pero también cometimos errores, dejamos de hacer, o hicimos lisa y llanamente lo incorrecto. Pero la obra permite también exhibir los avances democráticos, la inserción de Chile en el mundo, el cambio cultural para asumir temas tan complejos y espinudos en un momento histórico radicalmente distinto al de hoy (que se construye sobre ese ayer).  Para enfrentar temas como el divorcio, la filiación de los hijos, el aborto tres causales, el AUGE, avances en protección social, eliminar la discriminación de minorías, enclaves autoritarios, entre un largo etcétera.  Asumir, asimismo, que muchas veces sucumbimos ante el equilibrio –complejo sobre todo en los noventas- a la luz de los ojos de hoy, y que el juicio histórico siempre es duro con el pasado, sobre todo, cuando nos acostumbramos a creer a pie juntillas, cuando la técnica le ganó a la política con la frase del “eso no se puede”. Quizás el retiro del 10% fue una concreción de aquello y una enseñanza de esa otra izquierda. 

La obra de la Concertación y la Nueva Mayoría es sólida, pese a todo, dio estabilidad y gobernabilidad en tiempos complejos, y el más largo período de prosperidad y paz del que se tenga memoria en nuestra historia republicana. Esta izquierda, debe hacer una autocrítica necesaria, pero no puede arrastrarse lastimosamente avergonzada como si para sobrevivir tuviese que esconderse de un pecado original y asilarse en aquello que no cree. Eso es injusto y no mide realmente lo realizado. 

El éxito solo estará cuando demostremos haber asumido los errores, pero también las obras tangibles, reales que construyeron el Chile de hoy, más allá de las consignas de quienes no han gobernado y no conocen las complejidades de la realidad del poder y que deberán acostumbrarse a las mismas antes de desilusionar a muchos. Cuando asumamos aquello, y nos hagamos cargo de lo bueno y lo malo, de la sólida obra, podremos mirar con orgullo el futuro y dejaremos de impostar lo que no somos. 

Si no somos capaces de convivir en esa diversidad continuaremos observando espectáculos patéticos donde unos en un voluntarismo aprovechado lanzan acusaciones constitucionales sin tener los votos, para endosarlos en aquellos que legítimamente tienen derecho a dudar o se ven forzados. Las pulsiones de redes sociales no son la forma de hacer política y se han acostumbrado a ella. La acusación constitucional y otros mecanismos se han constituido en un elemento que más que buscar la responsabilidad del acusado pretende sacar al pizarrón a aquellos que no ven las cosas en blanco y negro, estando en su legítimo derecho de disentir sin ser tratados de traidores, ni linchados.

Procesar la diferencia y el conflicto es el desafío, saber que una alianza electoral o política no transfiere las creencias o principios del otro, sino equilibra mayorías para las grandes transformaciones como ocurre en cualquier país con un sistema multipartidista y con un Ejecutivo que se ha debilitado e inmovilizado producto de la crisis trasladando la política al Congreso, he ahí el llamado. 

Fácil contarlo, difícil hacerlo. 

Foto: “Mao” de Andy Warhol.

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