Lucía Dammert

Lucía Dammert

Socióloga y Doctora en Ciencia Política. Profesor Titular de la Universidad De Santiago de Chile. Dedicada a temas de Seguridad Pública, Violencia y Crimen Organizado. Miembro del directorio de Espacio Público, Fundación Junto al Barrio y Democracia Abierta de Barcelona. Miembro del Consejo Asesor del Secretario General de Naciones Unidas en temas de Desarme. Columnista de diversos medios de comunicación de América Latina.

Cerrar los ojos para ver

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Hace casi 15 años leí “Ensayo sobre la Ceguera” de José Saramago y quedé impactada por su compleja visión de la esperanza en el mundo que habitamos. En un contexto donde todos quedan ciegos, la voz principal dice «Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, Ciegos que ven, Ciegos que, viendo, no ven». Hoy, enfrentados a la presencia de una pandemia mundial que genera una multiplicidad de información (verdadera y falsa) y con un correlato muy real de angustia y ansiedad, parece que estamos ciegos.

Necesitamos entonces, como bien plantea Saramago, recuperar la lucidez y rescatar el afecto, dos elementos que nos hacen humanos, que nos distancian de otros seres que habitan nuestro maltratado y semi destruido planeta. Vivimos días cargados de millones de emociones por segundo que ponen en duda muchas de nuestras certezas, que desafían nuestras planificaciones, que alteran los caminos diseñados y que impactan sobre la forma como desarrollamos nuestros afectos más cercanos.  

Pero tal vez “necesitamos cerrar los ojos para ver” como dice la novela. Ver que nos hemos convertido en sociedades ególatras, narcisas, individualistas donde la comunidad se desdibuja y nuestros pensamientos nos llevan rápidamente a pensar como “se salva el más fuerte”.  Frente a los pedidos por medidas serias de distanciamiento social, algunos han buscado no perder sus privilegios de trabajo doméstico, segunda residencia e incluso fiestas y reuniones destinadas a pasar el mal momento. El acaparamiento inicial de supermercados no sólo mostraba la irracionalidad sino también el completo desprecio por lo que le pasa al “otro”.  Salvarse solo no es posible pero nos ha tomado muchas semanas reconocerlo.

Necesitamos ver también que la mano invisible del mercado no trae justicia sino desigualdad y  que necesitamos fortalecer, agrandar y mejorar las capacidades estatales. Por décadas compramos alegremente la idea de un Estado mínimo, sin grasa, que pudiera generar sinergias con el mundo privado para asegurar eficiencia y efectividad. Lo sabíamos con el estallido del 18 de Octubre, pero COVID-19 nos escupe en la cara los serios limitantes del Estado en temas de salud pública. No hay camas, ni ventiladores, ni atención para los miles que lo requerirían. También hay miles de médicos y enfermeras mal protegidos y en riesgo. El Estado no ha invertido en ciencia y tecnología que permita la rápida elaboración de test o vacunas, mucho menos de mascarillas, guantes o alcohol gel. Parece que nos enamoramos de Apps y no necesariamente potenciamos innovación en otras áreas. Post pandemia nuestro tristemente celebre sistema de pensiones mostrará que las crisis del mercado tienen impactos en la vida de aquellos que se tienen que jubilar los próximos años.

Cerrar los ojos parece ser clave además para escuchar los discursos populistas y peligrosos que han utilizado los Presidentes de Brasil, México y Estados Unidos. Nunca ha sido más evidente la importancia de tener un mundo político serio, basado en información sólida que tome decisiones en colaboración con los especialistas y no tenga la calculadora del dinero sino la de las vidas salvadas en la mano. El gobierno de Piñera, a pesar de las criticas a su Ministro de Salud, tiene una oportunidad clara para mostrar que está mirando la desigualdad y las vulnerabilidades que esta pandemia van a profundizar. Tiene la oportunidad, además, de generar medidas consoliden la salud pública, abrir oportunidades para los sectores más golpeados por la crisis económica que viene e incluir los cambios constitucionales necesarios para tener un Estado solidario. 

Este escenario gris, nos permite resignificar la ética de la solidaridad y la construcción de ciudadanía cuidando de los ancianos, protegiendo a los enfermos, obstando por el otro más que por el beneficio individual. Más allá del temor aparecen múltiples ejemplos de solidaridad, de aquello que nos hace humanos, que a veces no sabemos descrifrar pero que estoy segura nos permitirá eventualmente salir de la ceguera autoimpuesta y empezar a ver, reconocer, finalmente vivir.

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