Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

Chile, el mito discreto

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Por estos días de celebraciones, uno a veces se pregunta qué es lo que realmente festejamos en esta entelequia territorial llamada Chile, de su invento republicano y de su marcha como Nación, aquí algunas ideas de lo que hemos sido y que puede ayudarnos a entender no solo que recordamos sino quienes somos, pero quienes pretendemos ser.

Desde temprano, el territorio llamado Chile, fue un lugar confinado por su inexpugnable geografía. Sin caer en determinismos geográficos, es imposible no hacer mención a esa condición de aislamiento que confinó a este territorio y al menos entregó una identidad primaria a un lugar lejano y aislado.

Fernand Braudel, el historiador francés no aceptaría un análisis de un territorio donde el paisaje, sus condiciones naturales y desastrosas suelen ser tan particulares para que estas no fijen ciertas condiciones de análisis.

Braudel diría que es imposible “desespaciar” a Chile de su territorio, y que en parte éste ayuda a su definición y construcción como Nación.

Para el mundo conquistador español, Chile fue incluso una palabra de desolación, soledad, confinamiento.

Diego de Almagro y sus hombres cuando se lanzan a la conquista de Chile, como resultado de la expansión del Virreinato del Perú, atraviesan un desierto y un regreso por la costa que dejaría secuelas llevaderas de miseria, dolor y terrible aventura de conquista. Durante años, después de volver al Perú, Almagro debió aceptar su derrota con los hermanos Pizarro, y que sus hombres fuesen llamados sarcásticamente “los de Chile” para referirse a la condición de pobreza, miseria y marginación en que volvieron a la capital virreinal.

Por eso en 1540, cuando el Capitán Pedro de Valdivia tiene la ocurrencia de moverse hacia el sur y expandir la conquista española decía lo siguiente; “No había hombre que quisiese venir a esta tierra, y los que más huían de ella eran los que trajo el adelantado don Diego de Almagro, que como la desamparó, quedó tan mal infamada, que como de la pestilencia huían de ella”. Y por cierto, a Valdivia le fue mejor, logró llegar a un Valle Central y fundar una pequeña ciudad Santiago del Nuevo Extremo y al lugar llamó Nueva Extremadura porque le trajo recuerdos de su propia tierra.

De ahí en más, Chile fue una idea sobre la cual la mala fama del aislamiento, ferocidad y resistencia de sus pueblos indígenas fue un estigma difícil de cambiar y que debió, para movilizar recursos y personas, ser transformado por una campaña que describía al lugar como aislado, pero no menos como, lo que más tarde el ideario republicano llamaría “la copia feliz del edén”, esto es un “finis terrae”, pero verde, con clima delicioso, con poco invierno y mucho verde.

En una promoción que se quisiera cualquier agencia de imagen Chile, los cronistas y conquistadores españoles siempre mantuvieron esta idea de un país lejano, pero bello como pocos, verde, rico y próspero. Incluso la mitología creó la “ciudad de los césares” y la persecución del oro, que se suponía incluso mayor al encontrado en Cuzco a la llegada de los españoles.

En definitiva “había que inflar un poco las condiciones del producto” para la industria de la conquista. Don Pedro decía en sus cartas a Lima “parece que la crío Dios adrede para tener todo a mano”, lo mismo hacia Alonso Ovalle o Alonso de Ercilla, quienes en sus descripciones de la “Histórica Relación del Reino de Chile” y “La Araucana”, las primeras crónicas y poemas que narraban la Nación, como “Chile fértil provincia señalada” o bien, “la abundancia y fertilidad”, entre una Cordillera helada, una costa dura y fría, un desierto inclemente y por el sur la selva con un pueblo Mapuche dispuesto a resistir como lo hizo durante siglos a cualquier conquista.

En 1788, el abate Molina incluso iba más lejos: “Chile es el jardín de la América Meridional, en donde brilla con la misma perfección y abundancia que en la Europa, todo cuanto se puede apetecer de la vida cómoda”.

Este concepto de belleza fue una constante durante gran parte del siglo XVIII e inicios del XIX. Sin bien el lugar era bello, sin duda se ahorraron apelativos para el hambre de sus sequías, la bravura de sus pueblos (con excepción de Ercilla y Zuñiga), de sus desastres naturales, pero había que movilizar personas y recursos para la conquista.

Esta idea de “abundancia”, “felicidad” y “belleza”, como decíamos se mantuvo, y pese a que administrativamente no éramos más que una pequeña provincia o Capitanía General confinada al aislamiento, el mestizaje de castellanos y andaluces primero y más tarde de vascos, gallegos y extremeños, con el pueblo mapuche, atacameño y diaguita dio paso a una Nación que exhibió pese a sus descripciones originales, una pobreza digna.

Éramos una pequeña Nación, al final del mundo, aislada, pero no “dejada de la mano de Dios” habría dicho alguien. Éramos en definitiva, pobres, pero dignos.

Estas ideas se traspasaron por el siguiente siglo. Bastó la modernización borbónica y la concentración del poder para que esos “criollos” sintieran el derecho de cobrar sus sacrificios frente al aislamiento. Junto con el ideario liberal que habían aprendido de Europa y Estados Unidos, Carrera y O´Higgins comprendieron temprano aquello, y decidieron llevar las cosas un paso más adelante.

La idea llamada Chile, tomaba forma de Nación-República. Desde allí todo es curiosidad. Cuando el 18 de septiembre nos sentamos a celebrar, solo recordamos un cabildo convocado por los más ilustres vecinos de Santiago que nada tenía en mente de un proceso de independencia, ni menos de República. El cabildo de esa hora solo hacia parte de recuperar el poder arrebatado por Napoleón a Fernando VII y juraba conservar el poder hasta su retorno. Por ende, salvo algunas mentes más afiebradas esa tarde de 18, al llamado de las campanas, continuamos jurando lealtad al Rey de España preso a esa hora.

No fue sino sólo hasta el levantamiento de los criollos que las cosas comenzaron a cambiar.

La ambición de Carrera y sus hermanos, levantó las primeras luces de lo que sería la conversión de la Nación en República. Poco demoraron en aparecer otros. O´Higgins y sus líderes del sur, De Las Heras, Manuel Rodríguez y tantos más que fueron sumándose a la causa.

Las rencillas y envidias también no tardaron en aparecer. Carrera con sentido de predestinación creyó ver en la República el camino, siempre y cuando la gobernase el mismo. En el camino menosprecio a O´Higgins, “el huacho Riquelme” quien guardó silencio y esperó su momento, que se dio en Rancagua. Nunca ambos se perdonaron que O´Higgins asumiera el combate esa tarde de octubre de 1813 y Carrera huyera del lugar.

De ahí la historia es conocida, el odio de los “Padres de la Patria” pasó a ser un fantasma que se extendería más allá de las balas cobradas a la familia Carrera por O´Higgins al fusilar a los hermanos en Mendoza y asumir el mando luego de Chacabuco y Maipú. En esa rencilla nacería el odio la desconfianza de una Nación fracturada no solo por su geografía, sino por sus prejuicios y maledicencias que se arrastraron y acrecentaron por largo tiempo (¿O se siguen arrastrando?).

Chile configuró una oligarquía o elite que con maestría Portales en 1831 –un raja diablos sin pelos en la lengua- describiría como tantos lo hicieron después: “Las familias de rango de la capital, todas jodidas, beatas y malas, obran con un peso enorme para la buena marcha de la administración. Dígales que si en mala hora se me antoja volver al Gobierno, colgaré de un coco a los huevones y a las putas les sacaré la chucha. ¡Hasta cuándo… estos mierdas!” Esas mismas familias de rango (como descripción del verdadero poder en Chile) son las que había enfrentado O´Higgins antes, y tantos más lo harían en el futuro.

La historia es larga, pero lo que queda claro es que sigue llena de misterios y momentos fantásticos.

Por eso cuando nos sentamos a pensar en Chile por estos días, es bueno, entre el sopor alcohólico y los gritos de las cuecas, pensar en ese país que es fuente inagotable de mitos y bellezas que tan bien describen desde Alonso de Ercilla a Claudio Gay, de Ovalle a Domeyko, que bien prefiguró Bello y entendieron o iluminaron tantos después.

Finalmente nuestras taras, traumas, exageraciones del pasado, nos llevaron a la curiosidad de tener dos padres de la Patria peleados a muerte (que fungen juntos a la eternidad sobre sus caballos en las plazas), dos declaraciones de independencia que aún se pelean Concepción y Talca en 1818, a que esta se declarase por primera vez el 1 de enero de 1818, y luego el 12 de febrero del mismo año, recordando la Fundación de Santiago, la victoria de Chacabuco, todas épocas a las que a poco andar era difícil poder celebrar.

Celebramos por decreto un 18 de septiembre algo distinto a lo que creemos que es.

En 1832, el ministro Portales se dio cuenta de dos cosas: Era difícil celebrar un 12 de febrero. La aristocracia chilena y el trabajador del campo estaban en plenas faenas de cosecha y la fecha recordaba demasiado el pasado O´Higginista (estaba asociada a Chacabuco, O´Higgins y a las rencillas que se buscaban superar), por ende, era mejor volver al 18 de septiembre y por decreto entender que esa era nuestro punto de partida, nuestro inicio para recordar.

Con todo, exagerar un poco la cuota, maquillar o cambiar los hechos a través de documentos oficiales estaba en la esencia de nuestra concepción de Nación desde temprano, y lo seguiría estando, en el único país donde la ley y los decretos se venden en las veredas.

¡Viva Chile!

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