Oscar Landerretche

Oscar Landerretche

Óscar Landerretche es profesor titular docente del Departamento de Economía de la Universidad de Chile. Tiene un doctorado en economía del Instituto de Tecnología de Massachusetts, MIT. Fue Presidente del directorio de Codelco (2014-2018), Director de la Escuela de Economía y Administración de la Universidad de Chile (2012-2014) y director fundador de la Maestría en Políticas Públicas de la Universidad de Chile (2004-2010).

Chile en su laberinto

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El país vive días en que predomina la táctica política, es momento de empezar a reestablecer la mirada estratégica.

Hay que entender el malestar social que se encuentra detrás de las manifestaciones ciudadanas de los últimos días, tienen que ver con un sistema económico que atrapa a los ciudadanos en un estado perpetuo de agobio, un sistema político disfuncional que no les responde, una distribución de la riqueza y el poder injusta, y una institucionalidad estatal capturada que tampoco reacciona, atrapada por la corruptela y la mediocridad.

El vandalismo que hemos visto es un fenómeno que solamente daña al movimiento social; le hacen perder legitimidad y validan a quienes prefieren responder con autoritarismo y represión en vez de diálogo y política. Esas expresiones de violencia generan desaliento, particularmente cuando se dirigen a la destrucción de empresas, colegios y universidades estatales; las pocas expresiones de lo público que nos van quedando. Ya cuando se vuelven una excusa para el saqueo y robo expresan el mismo tipo de comportamientos que la mayoría se moviliza para cambiar: el egoísmo. No queda sino condenar a quienes hacen eso, rechazarlos, aislarlos y excluirlos del proceso político y social que se busca construir.

Dicho eso, sería miope el no ser capaces de condenar duramente aquello y reconocer que, al mismo tiempo, hay una expresión popular mucho mayor, mucho más masiva, que es pacífica y ciudadana, democrática y legitima, y que merece ser escuchada, entendida y abordada.

Sin embargo, para resolver este problema, no será suficiente empatizar con ese sentimiento social. A los políticos de hoy, fácilmente seducidos por los códigos de la farándula los hemos convencido de que basta con “sentir” y “representar”. Los hemos premiado por ello sistemáticamente. Naturalmente, entonces, eso es lo que tienden a hacer ahora y en el altar de la empatía sacrifican ese otro rol crucial: “liderar”.  

Llegó el momento de cambios estructurales a nuestro modelo de desarrollo y nuestro contrato social.

Esto, en chileno, significa:

Primero, cambiar el tipo de empleos que generamos, la forma en que se remuneran y la oferta de derechos sociales que los complementa. O sea, cambiar el relacionamiento económico de los ciudadanos con las empresas y el Estado. Eso requiere, por ejemplo, discutir una reforma tributaria, previsional (pensiones) y sanitaria (salud pública) de mucho mayor calibre redistributivo a lo que se discute hoy, izquierda y derecha. Esto no se resuelve con un puntito más o menos de cotización ni con arreglos de alambrito al sistema tributario.

Segundo, cambiar la forma en que funciona el mercado laboral y como este logra resolver la mezcla entre productividad, salario y calidad de vida. Eso requiere algo mucho más profundo que una rebaja de 5 horas en la jornada laboral (aunque puede incluirla). Más bien requiere reformar profundamente el código del trabajo chileno que es, a la vez, rígido, antisindical y anti negociación y que (reformas más y menos) viene desde el plan laboral de la dictadura.

Tercero, cambiar la forma en que funciona nuestra democracia y las diferentes instituciones de la república que hoy muestran signos de disfuncionalidad, clientelismo sistemático, corrupción y captura. Esto implica un proceso constituyente para un cambio constitucional, claro, pero no solamente: además se necesita una profunda reforma del Estado en que los políticos renuncian a la práctica de usarlo como botín. No es fácil. No lo van a querer hacer. La ciudadanía los va a tener que obligar.

Cuarto, cambiar la forma en que crecemos, generamos negocios, inversiones, empresas y empleo. ¿Para qué? Para terminar con la percepción instalada de que nuestra aspiración de crecimiento es incompatible con nuestra aspiración democrática, ambiental y social; que la economía que queremos no es compatible con el país que queremos: más justo, igualitario y sustentable.  Para ello, tenemos que hacer políticas de desarrollo productivo (antes llamadas industriales) para establecer un rol estratégico del Estado que ofrece un camino a las empresas que quieren crecer, invertir y ganar plata, pero que están dispuestas a apostar a hacerlo ayudando a construir el país que queremos y no solamente la rentabilidad de sus dueños. Eso requiere pactos de desarrollo entre Estado, empresas, sindicatos y comunidades a los que no estamos acostumbrados en Chile y que generan enorme resistencia ideológica a la izquierda y a la derecha.

Cada una de estas cuatro cosas es tremendamente difícil. Pero eso no es nada.

La dificultad central reside en que estos cuatro cambios deben casi simultáneos y además  coherentes entre sí. Deben ser coherentes, además, con la realidad que vivimos (globalizada), claro, pero también con la economía que aspiramos ser (próspera, desarrollada, sustentable y científicamente avanzada) y con la sociedad que aspiramos ser (igualitaria, inclusiva, democrática, comunitaria, libre, feliz y sana). No es poca cosa y no estamos muy encaminados que digamos.

Lograr esa mezcla es un desafío político mayor. Requiere que seamos capaces de controlar las pasiones que nos generan los eventos recientes del conflicto social, calmarnos, pensar y levantar la cabeza para ofrecer una mirada estratégica para el desarrollo de Chile.

Levantar la mirada, para ver la salida de este laberinto…

…es lo que nos exige la historia.

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Post data perno para quienes quieren leer un poco más:

El gráfico de la ilustración de este artículo fue elaborado por un estudiante de una de mis secciones del curso de Economía Política de la Facultad de Economía y Negocios (FEN) de la Universidad de Chile llamado Javier Díaz Méndez cómo parte de una tarea opcional. Gracias Javier.

Muestra la evolución conjunta de dos variables: nivel de vida promedio (vía PIB per cápita) y desigualdad o distribución de ese nivel de vida (vía índice de Gini) para Chile, desde el gobierno de Ibáñez hasta MB2. Desafortunadamente no podemos incluir SP2 y llegar hasta el 2019 porque si bien tenemos el dato de crecimiento para el 2018, no están aún los datos de desigualdad para SP2. 

Para leer el gráfico hay que seguir la trayectoria de la línea en el tiempo, siguiendo la secuencia de gobiernos. La parte morada de la línea es Ibáñez, amarillo es Alessandri, azul oscuro es Frei Montalva, rojo es Allende, negro es Pinochet, celeste Aylwin, a Frei Ruiz-Tagle le ponemos el azul oscuro de su padre, rojo ocre es Lagos, le ponemos el rojo de Allende a los dos gobiernos de Bachelet y el amarillo de Alessandri vuelve con Piñera.

A medida que el Gini es más alto, la desigualdad es mayor. Hay muchas medidas de desigualdad que reflejan la infinidad de variantes posibles cuando uno quiere describir una distribución estadística en un solo número (o como dirían los matemáticos “un momento estadístico”). Por ejemplo, hoy se usa mucho el “Palma Ratio” desarrollado por el economista chileno Gabriel Palma de la Universidad de Cambridge que compara el ingreso del 10% más rico con el 40% más pobre. Existen otros: el índice de Thiel, el de Atkinson, el puntaje de Galt, etc. Usamos Gini porque es el más conocido y comparable.

Por cierto que a medida que el PIB per cápita es más alto, el nivel de vida promedio es mayor. Eso no significa que ello se refleje en calidad de vida o felicidad. Es más, entre los países ricos las dos cosas no se correlacionan demasiado. Entre los países en desarrollo, en cambio, sí importa el PIB per cápita como indicador de desarrollo humano y calidad de vida. Así que no es un indicador exhaustivo, claro, no mide todo, pero igual es un buen termómetro de bienestar económico promedio.

Lo otro es que hay que tener un cierto cuidado con las comparaciones entre países porque los niveles de precios y tipos de cambio son diferentes, o sea, un dólar compra más o menos en diferentes lugares. Hay que hacer correcciones por esto si uno quiere comparar. Más abajo las hacemos “a precios chilenos”, que es al revés de como se suele hacer “a precios gringos”.

Chile tiene hoy un PIB per cápita de casi 16,000 y un Gini de 0,47.

Para que se haga una idea de que significan los números tenga presente que un país como Estados Unidos (rico pero desigual) tiene un PIB per cápita de casi 40,000 (a paridad de precios chilenos) y un Gini de 0,41, en un país como Holanda (algo menos rico pero más igualitario) son 32,000 y 0,27; en España 23,000 y 0,35; en Portugal son 18,000 y 0,33; Uruguay tiene 14,000 y 0,38.

El gráfico cuenta varias historias.

La más evidente es la que se relaciona con el momento político de Chile en la actualidad: Chile es un país estructuralmente desigual. El momento más igualitario de Chile, según esta medida, es a mediados de la Unidad Popular. Ese momento, como sabemos, fue efímero. Sin embargo, no fue demasiado igualitario tampoco. Incluso entonces, con todo el avance que (bien o mal) logró el gobierno de Allende en esa variable, Chile era un país tremendamente desigual.

Además sirve para contar la historia de la desigualdad de los últimos 50 años.

Primero: el modelo económico implantado a la fuerza por la dictadura disparó la desigualdad convirtiendo a Chile, en su momento, en el país más desigual del mundo. Su desempeño en crecimiento, la verdad, fue bien mediocre, como lo ha destacado el profesor Ricardo Ffrench-Davis en múltiples publicaciones. Claro, los partidarios de la dictadura argumentan que todo el crecimiento posterior de Chile (durante la Concertación) se debe a ellos y lo malo (lo que incluye, por si acaso, la crisis financiera más grande de la historia de Chile) es culpa del legado de la UP. O sea, lo que hicieron mal es culpa de otros y lo que otros hicieron bien es gracias a ellos. ¿Les suena conocido?

Segundo: el período de mayor avance en nivel de vida y equidad de la historia de Chile es, sin ninguna duda, los años de la Concertación. El problema, eso sí, es que todo el avance en equidad logró, esencialmente, deshacer el “shock” de desigualdad de la dictadura; devolviendo al país a los niveles de mediados de la época de Allende y Frei Montalva, que como dijimos no son tan igualitarios tampoco.

Tercero: la época de la Concertación se divide en dos períodos. Una primera mitad en que el avance en crecimiento es muy fuerte pero en equidad es lento y una segunda mitad en que el avance en igualdad es más fuerte.  No es de extrañar, entonces, que a mediados de los tiempos de esa coalición se comenzara a producir un quiebre interno (autoflagelantes vs autocomplacientes) que condujera a un cambio de prioridades desde crecimiento a equidad.

Cuarto: el último período, de alternancia entre Michelle Bachelet y Sebastián Piñera es difícil de atribuir políticamente, justamente porque la alternancia hace que políticas de un gobierno se reflejan en los indicadores del otro. Sin embargo, es evidente que hay un avance más lento en ambas variables: crecimiento y equidad.

El pacto social que Chile requiere necesita impulsar el avance en equidad en forma muy fuerte, mucho más fuerte que antes. Para llegar a parecernos a Holanda, por ejemplo, necesitamos el doble de avance en Gini que tuvo la Concertación.

Eso requiere de reformas tributarias, laborales y sociales de gran calibre como dijimos más arriba. Si estas se implementan sin una estrategia de desarrollo o en forma adversarial vamos a continuar atrapados en la dicotomía entre crecimiento y equidad que nos ofrece el sistema político de hoy, o peor, vamos a terminar abortando el avance en equidad cuando la gente crea que ello atenta contra sus oportunidades de progreso. Esta fue, recordemos, la estrategia política de la derecha chilena en la última elección presidencial.

Lo que nos muestra la historia es que eso no tiene por qué ser así.

Pero lograr restablecer los pactos sociales y pactos de desarrollo que permitan avanzar en ambas dimensiones requiere, por su dificultad, una mirada estratégica.

Perdonen lo majadero, pero así lo veo.

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