Miguel Yaksic

Miguel Yaksic

Licenciado en filosofía y teología y máster en ética social. Desde diversas veredas ha estado vinculado a lo político y la ética pública. Ha trabajado en la formación de trabajadores, en la promoción de los derechos humanos de las personas migrantes y refugiadas, en el desarrollo de competencias interculturales, en consultoría y docencia universitaria. Actualmente trabaja en el Consejo para la Transparencia y es profesor adjunto de la Escuela de Gobierno UC.

¿Chile país gremialista?

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Tuve la suerte infinita de hacer un paseo a un volcán en la provincia de Palena, en el extremo sur de la región de Los Lagos. Nos tocó una ventana de cuatro días de sol esplendoroso. Cuando estaba en la cumbre, se veía desde el volcán Osorno por el norte hasta el Melimoyu por el sur, y desde la isla de Chiloé por el oeste hasta las pampas argentinas por el este. La cumbre y sus vistas eran de una belleza sobrecogedora. Allí y después de muchas horas de caminata me puse a pensar que no habría estado nunca ahí si no fuera por la participación de muchísimas personas anónimas que lo hicieron posible. 

Para llegar necesitamos de equipos que alguien diseñó y construyó: carpas, cuerdas, crampones, piolets, arneses, mosquetones y un largo etcétera. Necesitamos de personas que abrieran el sendero de aproximación de doce kilómetros en medio de un bosque virgen muy tupido. Necesitamos de un avión y de un auto que nos acercara. Necesitamos de comida envasada. Me puse a pensar en cuántas personas habían tenido que aportar con algo para que nosotros pudiéramos estar ahí. Cuánto trabajo, técnica, esfuerzo, inteligencia. Dimos gracias porque estábamos dentro de un parque nacional magníficamente conservado, que fue un regalo de un matrimonio millonario y visionario. 

No bastó mi puro esfuerzo para llegar a la cumbre. Fue necesaria una red colectiva, pero anónima, de colaboradores que hicieron que esta, como tantas otras cosas fuesen posibles. El mérito no era tanto mío como de todas esas personas que estaban detrás de un paseo de esta naturaleza. 

He pensado mucho en esto el último tiempo. Como olvidamos que la vida y nuestros logros son posibles gracias a la comunidad. Gracias a lo que recibimos de otros. Que olvidamos que un acto básico y tan humano como la comunicación y el lenguaje son cosas que se aprenden y se realizan con otros, a través de otros, siempre en forma colectiva. 

En un cierto modo, nos hemos convertido en una sociedad excesivamente liberal. Liberal no en el sentido de que el Estado debe permanecer neutral ante las preferencias sustantivas de los individuos de modo que puedan florecer todas las formas de vida buena mientras no afecten la libertad de terceros. Esa es la cara definitivamente deseable del liberalismo. De la cual comulgo y la que defenderé cada vez que pueda. No en ese sentido, sino en el sentido de una perspectiva más libertaria. Liberal en el sentido atomista, para usar una expresión de Charles Taylor. Liberal en el sentido meritocrático, donde cada persona cree que sus logros son fruto de su solo esfuerzo. Donde cada individuo cree que lo que tiene se lo merece, se lo ha ganado.  

Veo con preocupación este atomismo de dos maneras. 

La primera, en la idea del mérito. Idea que sostiene que si a alguien le va bien en la vida es porque es fruto de sus esfuerzos personales. Porque se lo merece. Y si a alguien le va mal en la vida es porque fue flojo. No se esforzó lo suficiente. Le faltó empeño. La idea del mérito está fundada sobre otra idea: que cada individuo es arquitecto de sí mismo; que cada uno construye su propio futuro. Pero olvida que, para bien y para mal, lo que somos es el resultado de un largo entramado de personas, relaciones y circunstancias.  

La idea atomista del mérito me recuerda las quejas de las personas que pagan un alto impuesto a la renta porque piensan que dan mucho y reciben poco a cambio. No es raro encontrarse con que muchas de las personas más aventajadas han construido una narrativa personal, un relato acerca de su historia, que tiene en su corazón la idea del esfuerzo personal. Que nadie ha hecho nada por ellos. Que todo lo lograron solitos. Que lo que tienen ha sido fruto de su trabajo.  Han dejado de ver que hay calles, avenidas, parques, semáforos, policías, aduana, puentes, tribunales de justicia, una Contraloría General de la República, un municipio, las personas que retiran su basura y que limpian las calles por las que transita, escuelas y universidades públicas, parques, diseño de políticas como la transformación de la matriz energética y tantas y tantas personas e instituciones que han hecho posible que esas personas se desarrollen y ganen un sueldo que les haga pagar un 40% de impuesto a la renta. Olvidan, al decir de Rawls –un liberal igualitarista- que la vida es una lotería. Y que nacemos en el océano de las desventajas (o las ventajas) naturales y sociales inmerecidas. 

La segunda, en que nos estamos convirtiendo en una sociedad gremialista. No tanto por los grupos de derecha asociados para defender sus intereses –que es algo que ya conocemos–, sino por grupos más cercanos a las izquierdas. Los grupos y personas que habitan la era de las identidades. El de pertenencia a grupos identitarios cada vez más específicos que tienen como horizonte la diferenciación respecto del resto de la sociedad. Y que, finalmente, se convierten también en grupos de interés. Frecuentemente altamente moralizados y moralizantes, casi como nuevas religiones. Grupos sectarios, maniqueos.  

Una sociedad que cree que su éxito depende de los logros individuales de las personas y que cree que se puede renunciar a ciertos mínimos colectivos en virtud de un conjunto de grupos identitarios que defienden sus intereses cada vez más diferenciados la tiene difícil de cara al proceso constituyente. Que es justamente todo lo contrario. Una conversación colectiva acerca de las bases políticas de la vida en común, de los principios que nos orientan y de las instituciones que nos gobiernan. 

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