Sergio Espejo

Sergio Espejo

Abogado Universidad de Chile y Master en Políticas Públicas de la Universidad de Harvard. Ha sido Diputado, Ministro de Transportes y Telecomunicaciones y Superintendente de Electricidad y Combustibles. Enseña políticas públicas en la U. de Chile, integra el consejo académico asesor del programa de medio ambiente de la facultad de Derecho UC y es decano de Ciencias Jurídicas y Sociales de USEK. Abogado socio de Aylwin y Compañía y consultor internacional.

¡Ciudadanos!

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Nuestra democracia fue recuperada de manos de la dictadura, en 1990, tras años de lento y dificultoso esfuerzo de reconstrucción del tejido social y ciudadano.  En las organizaciones de derechos humanos, primero, en los sindicatos y los partidos políticos después, un puñado de chilenas y chilenos defendieron su derecho a vivir y comportarse como ciudadanos. Es decir, defendieron su derecho a demandar su lugar en la conducción de los asuntos públicos, su espacio en la proporción de derechos y responsabilidades que corresponde a cada una y cada uno en la república.

Su legado fue el renacimiento de la vocación de diálogo, el respeto a las diferencias, la valoración del acuerdo en lo fundamental. Gracias a ellos aprendimos a organizarnos para vencer el miedo y para ayudar a otros a vencerlo también.

De los muchos momentos que imprimieron en mí la sensación de compartir con mis compatriotas el común derecho a gobernar nuestro destino, el amanecer del 5 de octubre de 1988 permanece como el más inolvidable. El silencio, cómplice y tenso a la vez, de cientos que caminábamos a ocupar nuestras posiciones en los locales de votación se transformó para mi esa mañana en la absoluta convicción de que ya habíamos derrotado a la dictadura.

Pero fue también ese momento, probablemente, aquel a partir del cual comenzamos a extraviar nuestra ruta.

Iniciamos nuestro camino desafiados por la tarea de ganar la elección presidencial y construir un gobierno entre quienes se habían opuesto con ferocidad entre sí. Amenazados por el poder que mantuvo Pinochet durante los años noventa. Contenidos por su constitución y los enclaves autoritarios que entregaron poder desmedido a la derecha. Obsesionados por la tarea de dar estabilidad a la economía y hacer retroceder la pobreza.

Nuestra década de oro, la de nuestros mayores logros, fue además la etapa en la cual nuestra frágil ciudadanía se desdibujó hasta desaparecer.

Con notables excepciones, los chilenos entregamos íntegramente la tarea de gobernar a nuestras autoridades. La educación y los hábitos cívicos comenzaron a volverse cosas del pasado. El ciudadano fue sustituido por el consumidor. El voto se transformó en voluntario.

Nadie tiene la experiencia del futuro, escuché alguna vez, pero conocemos bien la fuerza que nos condujo a nuestros mejores momentos. No habrá república ni democracia sin ciudadanos. No existirá futuro próspero sin los titulares naturales del bienestar compartido, los ciudadanos.

¡Cada uno a ocupar su lugar!

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