Radomiro

Radomiro

Como nunca antes

Share on whatsapp
WhatsApp
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

En su último libro “Crisis: Como reaccionan los países en momentos decisivos”, Jared Diamond, el historiador, biólogo y geógrafo de UCLA, ganador del Premio Putlizer en 1998, sostiene el ejemplo de países que han sabido sobreponerse a momentos complejos y volver a levantarse después de la adversidad. Uno de sus ejemplos es el Chile post Pinochet. Recientemente, en una entrevista en un diario español, y luego del 18 de octubre se ha referido al caso chileno: “Solemos tener la expectativa un poco ingenua de que resuelves un problema y vas a ser feliz para siempre, pero la vida nos enseña que eso no es cierto. Ocurre en los individuos y en las naciones. Chile solucionó bien los problemas políticos derivados del golpe de Estado de 1973, pero las desigualdades no han desaparecido.”

El mundo observa con curiosidad lo que ocurre en Chile. De un país, donde parecía que el orden, la estabilidad económica y la tranquilidad pública eran la norma, algo sucedió para comenzar de a poco a desequilibrar el Chile en que muchos crecimos o nos formamos. Y es que bajo el sustrato de una nación, al igual que en el caso de los individuos, subyacen fuerzas ocultas, pulsiones del subconsciente o conflictos que no hemos sido capaces de resolver o procesar oportunamente, no sin dolor. Desde las revueltas pingüinas en 2006 hasta el 18 de octubre de 2019, los malestares se fueron expresando con fuerza y sin pausa.

El Chile que hemos observado en estos últimos meses dice mucho de aquello. Nos asaltan miles de explicaciones para tratar de comprender aquello que transcurre a nuestro alrededor. Mirado desde lejos, Chile explotó: se hicieron insostenibles sus desigualdades y el descrédito de sus instituciones, que parecían sólidamente afianzadas, pero comenzaron a mostrar grietas donde se colaba la corrupción, el nepotismo y el amiguismo, que impedían el mérito y la igualdad ante la ley y el trato que un país debe asegurar a sus ciudadanos. En plena pandemia, y después del estallido social que llevó al país a un momento de inestabilidad política inédita desde 1990, la presión de los chilenos por cambios de fondo se hizo urgente e ineludible. 

Así fue que llegamos a la noche del miércoles pasado, que no se olvidará fácilmente. Como en una obra por entregas, en este capítulo la Cámara de Diputados apuntó por primera vez contra de uno de los elementos centrales del modelo neoliberal impuesto en los ochenta por la dictadura y que se ha conservado los últimos cuarenta años: un modelo de capitalización individual para la jubilación administrada por fondos de pensiones privados. Un sistema que dejó al Estado en un segundo plano en cuanto seguridad social, alejando la posibilidad de un verdadero Estado de Bienestar como el logrado por naciones que salieron de la pobreza y vencieron la trampa del ingreso medio.

No fue solo la pandemia el detonante de la desesperación para que el Congreso apuntara sus dardos ahí, sino el malestar permanente de amplios sectores que con mucho esfuerzo personal y de sus familias, superaron el nivel educativo de sus padres, accedieron al mercado, se incorporaron a febles capas medias, teniendo el consumo como la medida del éxito, sin lograr nunca dejar atrás el miedo a que todo se desmoronara al enfrentar la jubilación, la enfermedad, la cesantía o el sobreendeudamiento. 

Cuando la pandemia detuvo la economía, los ecos de la desigualdad que venían resonando fuerte en nuestros oídos, explotaron y se convirtieron en un sentir que ya no escuchó explicaciones racionales o técnicas frente a la desesperación de la pobreza y el hambre. 

Como si todo lo anterior no fuese un momento único, de complejidad total, el Gobierno liderado por Sebastián Piñera ha continuado sin descanso exacerbando la molestia ciudadana. Las graves violaciones a los derechos humanos en los meses posteriores al 18-O, el exitismo con que se enfrentó la pandemia, y la lentitud de las políticas de apoyo a las familias han socavado aún más las confianzas ciudadanas y exacerbado la rabia.  

La urgencia de un pacto social que cohesione a los chilenos y chilenas es reconocido por todos los sectores, pero eso no ha sido suficiente para no alejar las estridencias de los provocadores reaccionarios e indolentes y los infantilismos de los que esgrimen ideas refundacionales que no pasan de la consigna.

Es un desafío para la centroizquierda asumir un papel más activo para encausar el debate en la senda de una nueva socialdemocracia, adecuada a la sociedad chilena de estos tiempos, tranformadora y realista. 

El profundo cuestionamiento de la sociedad chilena a sus instituciones tuvo la semana pasada una nueva y categórica demostración. Lo sucedido en la Cámara de Diputados jamás se hubiera producido si no existiera ese cuestionamiento y por cierto, si de una buena vez, en tiempos de absoluta excepcionalidad el Gobierno hubiese leído la urgencia que daba vueltas en la sociedad en tiempos de pandemia, dolor y muerte, si hubiesen sido capaces de leer el dolor que da vueltas ante tanta falsedad, ortodoxia arrogante y exitismos desde el 18-O en adelante. 

La construcción de un pacto social que supere esa fractura de la sociedad con sus instituciones exigirá de mucho diálogo y de la búsqueda de acuerdos entre amplios sectores. 

Se requerirá de un gran esfuerzo para encontrar esos entendimientos y la centroizquierda tiene un papel determinante en esa tarea, pero sería un profundo error pensar que su rol se limita a eso. Tanto o más importante que generar condiciones para el diálogo es lograr instalar sus propuestas en él, con convicción y osadía. Una socialdemocracia que se limita a poner la mesa para que se discutan las ideas de otros renuncia a su rol político y con ello aleja la posibilidad de una convergencia más amplia con otros sectores de la centroizquierda. De esa convicción y osadía dependerá también la capacidad de la centroizquierda de canalizar ese país más cercano a un modelo socialdemócrata y a repensar los modelos de desarrollo que se requieren para un Chile creativo y abierto a nuevos conocimientos y generaciones. Un Chile que apueste por la ciencia, la educación, las artes y las culturas, por su diversidad territorial y particularmente proteja a sus ciudadanos ante las contingencias más complejas de la vida.

Así como en 1990 era necesario recuperar la democracia e reinsertar a Chile en el concierto de naciones, hoy el desafío es contar con una nueva estrategia de desarrollo y un construir Estado Social de Derecho que deje atrás las precariedades actuales poniendo lo colectivo y la protección del individuo como valores de una sociedad que ha cambiado profundamente en cuarenta años. 

Una nueva socialdemocracia, o como queramos llamarla, que contribuya a dibujar ese camino y aspire a liderarlo, es una pieza fundamental para hacerlo posible. Ese es el desafío de esta hora. 

Foto: Del pintor chileno catalán, José Balmes. Título: Informe IV (2001).

Más del autor

La delgada línea verde: El caso de carabineros de Chile

Por lo mismo, la línea verde se ha ido adelgazando en un sector de la población que ha visto en el uso de la fuerza –además de desproporcionada- una herramienta selectiva, clasista y desigual, en fin, abusiva. Y ello se explica porque la policía sigue usando la fuerza y el abuso pensando en la sociedad estratificada.

Aislar la violencia, exigir respeto por el diálogo y los derechos humanos

Aprobar un nuevo proceso constituyente, es un acto de libertad para creer en el futuro, es muy probable que dicho proceso se inicie con la alegría de un nuevo momento que augura esperanza. Por lo mismo, es tiempo que junto con aprobar los ciudadanos, tomemos la responsabilidad de lo que viene en nuestras manos, y nos hagamos cargo participando de aislar la violencia, ser parte del diálogo fecundo y democrático que siempre ha caracterizado a Chile.

No se cayó, lo empujaron

El tiempo se ha terminado, y Carabineros requiere de una reforma profunda, de una modernización que no ha llegado, y por cierto, del fin de la autonomía presupuestaria y de acción que exhibe ante los Gobiernos desde el retorno a la democracia con total desparpajo y que en esta oportunidad debe llegar a su fin.

Más para leer

Quién sabe, hay que preguntarle a Radomiro

Suscríbete a nuestro Newsletter

¡Mantente al día con las novedades de Entrepiso y suscríbete para que la información llegue directamente a tu correo electrónico!