Miguel Yaksic

Miguel Yaksic

Licenciado en filosofía y teología y máster en ética social. Desde diversas veredas ha estado vinculado a lo político y la ética pública. Ha trabajado en la formación de trabajadores, en la promoción de los derechos humanos de las personas migrantes y refugiadas, en el desarrollo de competencias interculturales, en consultoría y docencia universitaria. Actualmente trabaja en el Consejo para la Transparencia y es profesor adjunto de la Escuela de Gobierno UC.

Compasión y Política

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Rousseau creía, a diferencia de muchos otros filósofos modernos –contractualistas o no– que los sentimientos morales se pueden cultivar a través de la educación. Es lo que propone en “Emilio, o de la Educación”. Allí entiende que buena parte de las injusticias sociales se deben a una educación moral perversa y, por eso, propone una educación que favorezca la justicia social basada en la compasión. Adam Smith en “La Teoría de los Sentimientos Morales” y John Stuart Mill en “La Utilidad de la Religión” también desarrollan la idea acerca de que la formación y educación en sentimientos morales puede provocar cambios sociales y culturales mayores en la dirección de la igualdad de la dignidad y la justicia social.  John Rawls, por su parte, también pensaba que las emociones son actitudes inteligentes que pueden ser condicionadas socialmente.

Es lo que defiende Martha Nussbaum cuando discurre sobre el lugar de las emociones en la vida política: “la estabilidad de la sociedad justa depende de la capacidad que tenga de inculcar las actitudes y los sentimientos correctos en las personas para que estas se muestren favorables a cambios de gran alcance en la distribución existente de bienes”. (Las Fronteras de la Justicia)

La psicología, a su turno, nos ha venido enseñado que muchas de nuestras emociones están socialmente condicionadas. Las aprendemos. Por eso nos molestan o nos dan asco ciertas cosas y nos agradan y enternecen otras. Comprendimos que la raza y el género son construcciones culturales. 

Una de las emociones más complejas y características de la condición humana es la compasión. Se trata ciertamente de algo que puede ser enseñado y aprendido. Y no solo de algo con lo que venimos o no equipados por default. Podemos ser educados en comprender los problemas y sufrimientos de otras personas, si somos capaces de descubrir y develar los sesgos en los que vivimos. 

La palabra compasión tiene su origen en el griego pathos. Que quiere decir “padecer”. La palabra griega compuesta era simpátheia, la suma de sim y pathos que traducido literalmente quiere decir sufrir con el otro o padecer juntos. Es una idea clave en el budismo y también en las religiones monoteístas. Central al cristianismo. Pasión es una palabra polisémica. Son los sufrimientos que padece Jesús en la cruz, pero también es expresión de un deseo muy vivo y poderoso por alguien o por algo. 

Es frecuentemente mal interpretada. Una mala comprensión de la compasión la entiende como “sentir lástima”, “tener pena” por otras personas que, frecuentemente, se encuentran en una situación desfavorecida respecto de la propia. Algunos piensan que sentir compasión es “mirar en menos”, desde una perspectiva asimétrica en una relación vertical de poder. Así, sentirían compasión los ricos respecto de los pobres, los sanos respecto de los enfermos y los afortunados respecto de los que sufren infortunios. 

Pero la compasión tiene también un origen cínico. Cínico en el sentido de la autoconciencia de la fragilidad de las propias fortalezas y las propias convicciones. La compasión tiene un punto de partida universal, algo que compartimos todos: la muerte, la limitación, la fragilidad, el miedo, la inseguridad, la pobreza y el dolor que todos los seres humanos, en dosis diversas y magnitudes diferentes, padecemos. 

A pesar de los enormes avances en reconocimiento y respeto de la diversidad, nuestra comunidad política se está volviendo progresivamente menos compasiva. Es común encontrarnos con que las intervenciones de otras personas que piensan distinto a uno son leídas bajo el principio de “la peor interpretación posible”. En eso, twitter campea. Pero también la actividad política profesional. De la cual los ciudadanos están cada vez más lejos, menos interesados, más agobiados, más cansados y se ven menos representados. 

Es evidente que la política es un juego de poder entre adversarios que exhiben convicciones diversas y ofrecen proyectos distintos. Pero construir sociedades capaces de administrar el hecho del pluralismo y capaces de avanzar en el reconocimiento de la dignidad inalienable de cada persona no implica la erosión permanente de las relaciones. Todo lo contrario. La prosperidad de nuestra vida política descansa también en la educación sentimental. En la formación de la compasión. En la capacidad de aprender a padecer juntos, unos con otros, los dolores que nos aquejan y las fragilidades que nos amenazan.  Si somos concientizados acerca del sufrimiento de otra persona del modo adecuado, acudimos en su ayuda. 

En cierto sentido, la calidad de nuestras relaciones sociales se está deteriorando. Se está dañando la capacidad de dialogar, de conversar, de entenderse, de hacer el ejercicio de comprender la trayectoria y la posición del otro como una legítima. Nos falta compasión. 

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