Miguel Yaksic

Miguel Yaksic

Licenciado en filosofía y teología y máster en ética social. Desde diversas veredas ha estado vinculado a lo político y la ética pública. Ha trabajado en la formación de trabajadores, en la promoción de los derechos humanos de las personas migrantes y refugiadas, en el desarrollo de competencias interculturales, en consultoría y docencia universitaria. Actualmente trabaja en el Consejo para la Transparencia y es profesor adjunto de la Escuela de Gobierno UC.

Conflicto estatal-forestal-mapuche y Nueva Constitución

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Este gobierno no tiene nada que hacer ni decir respecto del conflicto estatal-forestal- mapuche. Está agotado y no cuenta con las herramientas culturales, sociológicas, antropológicas y filosóficas para abordar este problema. Tampoco tiene el conocimiento de los territorios, las comunidades y las relaciones mapuche. 

El gobierno –y la derecha en general– cree majaderamente, una y otra vez, que se trata de un problema que se resuelve por dos vías: la del desarrollo y la policial militarizada. O sea, que es un problema de pobreza material y de violencia. Plata y represión.  

La huelga de hambre lleva ya 95 días. Celestino Córdova la vive hospitalizado en Nueva Imperial. El resto está en la cárcel de Angol. Córdova no es un preso político. Está preso en virtud de una sentencia judicial por su participación en el asesinato del matrimonio Luchsinger Mackay. Pero la operación Huracán nos ha evidenciado que la desconfianza en la justicia tiene asidero. Cómo volverán a confiar en la justicia si ya se sabe que muchas pruebas han sido inventadas. 

La salida es casi imposible. El petitorio de los huelguistas es amplio, desde la recuperación de las tierras ancestrales hasta la liberación de mapuches privados de libertad. Cosas que el gobierno no está en condiciones de ofrecer. Mientras tanto, recrudece la violencia, se toman los municipios y los Carabineros actúan usando la fuerza de manera desproporcionada. Fue lo que ocurrió en Tirúa esta semana. Funcionarios de la municipalidad y otras personas –unas treinta en total– se habían tomado la Municipalidad. Adolfo Millabur, el alcalde, no quería el desalojo. Sin preguntarle, la autoridad regional dispuso el desalojo policial. Temprano en la mañana del jueves Carabineros ingresó y violentamente terminó la huelga, haciendo un uso desproporcional de la fuerza. 

Evidentemente, perspectivas como la del ministro Pérez no van a ayudar en nada. La idea de una autoridad perdida que hay que restaurar con fuerza representa fervientemente a las personas más conservadoras, pero da cuenta de una distancia enorme con las causas del conflicto. Las cosas se pueden enredar más todavía si el Ministro del Interior y el Ministro de Justicia –que está intentando llevar el diálogo con los huelguistas– no se ponen de acuerdo. 

Estos acontecimientos de las últimas semanas nos recuerdan la magnitud, la profundidad y la enorme complejidad del conflicto. 

Es probable que parte de la salida del conflicto esté en la nueva Constitución. Es imperativo buscar mecanismos para que existan escaños reservados para representantes de los pueblos originarios (o primeras naciones, como bellamente se les llama por ejemplo en Nueva Zelanda). 

Pero no solo se trata de escaños reservados, sino de una conversación, de un parlamento, –por primera vez en la historia de Chile– que aborde con verdad quiénes somos: un territorio formado por pueblos diversos, por naciones diferentes y por culturas que se complementan. No sé todavía si lo mejor es el reconocimiento multicultural o plurinacional. Habrá que discutirlo. Pero sí estoy convencido de que las demandas por justicia no son solo por justicia redistributiva (o sea, no es solo un problema de desarrollo económico), sino sobre todo demandas por justicia como reconocimiento. Reconocimiento que tiene que incorporar la idea de un territorio con ciertos grados de autonomía. De una vez por todas, esa conversación debe dejar de ser paternalista. Debe ser entre iguales. Tiene que ser intercultural. Lo que supone hacernos conscientes de los sesgos, de las formas discriminatorias –conscientes e inconscientes- que tenemos de relacionarnos a partir de nuestros lugares de poder para comenzar una conversación nueva, simétrica, horizontal. Capaz de deconstruir las formas poscoloniales en las que nos desenvolvemos. 

Ir al fondo del problema requiere echar mano a la educación intercultural, ese proyecto pedagógico-político orientado a la refundación de la sociedad. Seguiremos chocando contra un muro mientras insistamos en la gestión de la diversidad, o sea advertir la diferencia cultural solo para incluirla en la estructura social ya establecida. Un proceso de educación intercultural en serio emerge desde las bases, no es una pura imposición desde arriba. Requiere de la transformación de estructuras e instituciones sociales, políticas y culturales para reconstruir las bases sociales desde una perspectiva simétrica. Se trata de condiciones de ser, de estar, de relacionarse que son radicalmente distintas. Es un proyecto epistémico, pues implica saberes y conocimientos, orientado a desmontar y transformar las relaciones que racializan, excluyen, categorizan, inferiorizan y deshumanizan. 

Es probable que la falta de conciencia de las relaciones poscoloniales y patriarcales en las que habitamos sean la causa de fondo del estallido del 18-O. Y que la desigualdad sea solo el fenómeno, lo que aparece, lo que se muestra. Una consecuencia más. 

Son las ideas de Katherine Walsh, quien insiste en entender la interculturalidad crítica como una herramienta pedagógica que cuestione la racialización, subalternización e inferiorización de las relaciones, las estructuras y las instituciones. 

Cómo ponemos en valor formas diversas de ser, de vivir y de saber en un marco de legitimidad, dignidad, igualdad y respeto es la pregunta fundamental que tiene que hacerse el proceso constituyente a la hora de pensar el reconocimiento constitucional de las primeras naciones. Es la oportunidad para deconstruir y construir una nueva ética. Creo que no hay otro camino que este. Es de largo plazo, pero es el único. 

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