Juan Enrique Pi

Juan Enrique Pi

Abogado, 35 años, sudaca militante y entusiasta de la historia. Los fundamentalistas le dirán que soy un funcionario de la dictadura gay, pero solo quiero un país justo, donde podamos ser libres y vivir en paz.

Construir mayorías

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Entre los años 2004 y 2016 fui militante de la Democracia Cristiana. Mi primer acercamiento al partido fue en mi familia materna, donde mis tíos, mi abuela y mi madre eran militantes. Luego, al entrar a la Facultad de Derecho de la Chile ingresé a la Democracia Cristiana Universitaria, desde donde ocupé distintos cargos de representación estudiantil. Y fue en mis últimos años de estudio, mientras era consejero de la FECh, que además salí del clóset. Recuerdo mis años de universidad, de dirigencia y de atreverme a vivir la vida sin apariencias como una de las épocas más lindas que me han tocado. Al poco tiempo terminé la universidad, y con el egreso también vino el término de la política universitaria.  Para quienes han sido dirigentes estudiantiles sabrán lo difícil que es cerrar esa etapa, y como uno se siente un poco huérfano de la participación política.

Justo cuando terminaba mi proceso de titulación (que en los abogados suele ser largo) apareció la Fundación Iguales, a la que me integré el segundo año como voluntario; y al mismo tiempo, comencé a hacer vida partidaria en mi comunal de la DC y también a nivel nacional. Fue en esos años que, junto a un grupo de camaradas, formamos la Comisión Político Técnica de la Diversidad Sexual de la Democracia Cristiana, la primera en su tipo dentro de un partido chileno. Cuando llevamos adelante esta iniciativa –que partió con una carta firmada por más de doscientos militantes, tanto de base como exautoridades de gobierno y parlamentarios- muchas personas nos preguntaron para qué hacíamos eso si la Democracia Cristiana era un partido conservador que nunca apoyaría las demandas de la comunidad LGBTI. Sin embargo, los que estábamos ahí teníamos una convicción clara: para la aprobación de las leyes que reconocían nuestros derechos teníamos que construir mayorías, y no tendríamos nunca esa mayoría en el Congreso sin nuestro partido apoyando. Fue así que lanzamos la comisión en 2014, y pronto comenzamos a reunirnos con diputados y senadores para asesorarlos en la tramitación de los proyectos de ley de unión civil, de identidad de género y de matrimonio igualitario; para que supieran que había una comisión dentro de la orgánica que estaba disponible para solucionar las dudas que tuvieran y apoyarlos en la labor legislativa. Esta iniciativa comenzó a replicarse luego en otros partidos, desde el Frente Amplio hasta Renovación Nacional, y al cabo de unos meses estábamos teniendo reuniones entre las distintas comisiones y frentes de diversidad sexual de casi una decena de partidos, sumando voluntades y votos del hemiciclo.

De eso ya han pasado casi seis años, y hace unas semanas se votó la idea de legislar el matrimonio igualitario en el Senado. Toda la bancada de senadores de la DC votó a favor del proyecto. Algo similar ocurrió con la ley de identidad de género en 2018, la que fue aprobada con los votos a favor de diez de trece diputados presentes en la sala. Contra los prejuicios de tantos, la DC aportó un número importante de votos para la aprobación de leyes que reconocen los derechos de la diversidad sexual y de género, y así se avanzó a un país más justo y digno.

Me acordé de esta historia porque la última encuesta CEP mostró hace un par de semanas que el apoyo a la democracia había subido 12 puntos como la mejor forma de gobierno, y que el porcentaje de la ciudadanía que esperaba que los líderes políticos privilegien los acuerdos había subido 20 puntos, mientras bajaba 11 la priorización de sus propias convicciones. La ciudadanía nos apunta la forma de gobierno que quiere, y además, la forma en que le gustaría que sus representantes la ejercieran. ¿Por qué nos cuesta tanto entonces ponernos de acuerdo? ¿Por qué estamos siempre dramatizando al extremo algo que es completamente natural y lógico? Es evidente: no todos pensamos de la misma forma en todos los aspectos de la vida, pero ponernos de acuerdo en mínimos es un ejercicio que el país está requiriendo de la política. Para esto, el diálogo y dejar de mirarnos con desconfianza antes de escucharnos son prioridades principales; porque otra evidencia irrefutable que tenemos al frente es que la única forma de consolidar derechos en democracia es construir mayorías.

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