Pía Mundaca

Pía Mundaca

Llegué desde Antofagasta a vivir a Santiago hace 11 años. Estudié Ciencia Política en la Universidad Católica y a los 22 años fui Directora Social de TECHO - Chile. Luego, trabajé como Jefa de Política Migratoria en el Departamento de Extranjería y Migración. Hace pocos meses volví a Chile después de hacer un postgrado en Políticas Sociales en Londres.

Crisis en Chile: cómo salvar de la irrelevancia al estallido social

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Estos días hemos visto con sorpresa algo nuevo para los 30 años de democracia que tenemos en Chile desde el fin de la dictadura: un estallido social, inorgánico e inesperado, de larga gestación y de rápida expresión. No fue necesario que alguien o algo tuviera que explicarnos las causas de esta verdadera revolución ciudadana: bajo la consigna #ChileDespertó, aparecieron las demandas históricas que distintos movimientos sociales han intentado encauzar. 

En resumen, la gente está marchando porque siente y empatiza con aquellos que son víctimas de un “chancho mal pelado” que ya tuvo suficiente sin ser enfrentado.

Algo similar ocurrió en Paris, en mayo de 1968, cuando una serie de protestas provocó elecciones adelantadas y una agenda de reformas políticas y sociales, pero que no fueron canalizadas a través de las instituciones. Más cerca en el tiempo, el movimiento “Indignados” que nació en España el 2011 y que demandaba mayores espacios democráticos, además de los partidos políticos tradicionales, terminó sin una incidencia clara en el devenir de los españoles. 

Ambos movimientos nos muestran una responsabilidad importante para quienes hemos participado de estas manifestaciones ciudadanas: canalizar de alguna forma institucional las legítimas demandas que han surgido. No hacerlo puede significar que las transformaciones necesarias no se hagan y que este estallido termine desapareciendo por desgaste y sumido en la irrelevancia. 

Para que el chancho deje de estar mal pelado en Chile, debemos evitar que se acumulen 30 años de silencio y rabia de los ciudadanos. 

Ya no basta con votar. 

Nuestra democracia nos entrega un espacio para manifestar nuestro parecer a través del voto cada cuatro años. Ahora necesitamos que lo haga entre los cuatro años de cada gobierno, estableciendo mecanismos claros de participación directa. 

Y para lograr ello, necesitamos la generosidad de este estallido social y de nuestro sistema político: del primero, necesitamos que establezca o canalice alguna forma de organización que permita detectar el diagnóstico ciudadano y las propuestas de posibles salidas para ello. Se han generado encuentros territoriales auto convocados, que pueden ser un muy buen ejercicio si es que las conclusiones se traducen en un documento o respuestas concretas para la salida de la crisis, a través de las instituciones que la democracia representativa tiene.

De nuestro sistema político, incluido aquellos que participan de él ejerciendo cargos administrativos y de representación, requerimos voluntad para fortalecer con garras y dientes la participación ciudadana a través de consejos de la sociedad civil que participen de manera directa en el gobierno nacional, regional y municipal. Si bien en nuestro país existe una ley que regula este tipo de instancias (ley 20.500), es necesario que su funcionamiento sea tal que permita recibir las conclusiones de quienes se sientan llamados a participar en cabildos territoriales e instar al resto de la población a sumar su voz, reflexión y parecer a los cabildos en el contexto de la protesta. A su vez, la clase política – y especialmente el gobierno, que hasta ahora sólo ha hecho anuncios administrativos y no políticos – debe comprometerse a estudiar e incorporar estas conclusiones de alguna forma, robusteciendo la participación ciudadana y permitiendo que ésta pueda fiscalizar el trabajo y actuar de sus servidores públicos, quienes ostentan la representación para nada más que servir a la gente y sus necesidades. 

El desafío radica en lograr que nuestra democracia representativa conviva con espacios de participación real y deliberativa para la ciudadanía, acorde a las necesidades de representación del siglo XXI. No hay fórmulas perfectas ni mágicas, pero sí hay líneas que pueden construirse o robustecerse y esto es lo que he intentado hacer en esta columna. 

De esta forma, evitaremos que cada cierto tiempo tengamos descontentos y estallidos sociales capaces de hablar por 30 años de silencio, atropellos e injusticias.

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