Alejandra Jorquera

Alejandra Jorquera

Muy malcriada y muy fóbica. Sobrina no reconocida de Radomiro

Cuidate

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Cuando vivíamos en dictadura, muchos de nosotros nos despedíamos diciéndonos “cuídate”, y en esa recomendación cabía un mundo entero que no  era necesario explicitar porque sabíamos lo que cargaba: cuídate de la muerte. Y no, no era broma de sobreactuados ni plegaria beata con repartición de bendiciones al aire: era miedo, porque cual más cual menos, habíamos aprendido que el miedo se había transformado en una manera de vivir.

Han pasado muchos años de esos días, tantos, que el cuídate se convirtió en una muletilla más de las que usamos a diario, un sinónimo vacío del que te vaya bien, aunque nos importe poco cómo le vaya al interlocutor que tenemos al frente.

Hasta que llegó el 18 de octubre y las palabras, acostumbradas al desorden cómodo de quienes nos hemos sentido a nuestras anchas durante décadas, se convirtieron en gusanos que comenzaron a invadirnos de los pies a la boca del estómago, ahí donde la angustia se hace la dormida mientras se  cuela en la oscuridad de los insomnes que ahora somos, y volvieron a  ser los sinónimos que creíamos desterrados y no nos ha quedado otro remedio que darles el lugar que algún día tuvieron.

De esta forma, muchos nos hemos sorprendido escuchando nuestra propia voz repitiendo:

Cuídate del fuego porque no es fuego limpio; no es hoguera curadora que se lleva lo malo y trae lo bueno, es perdigón que roba ojos.

Cuídate de la noche porque  aunque los fantasmas no existen, a ratos se ponen bototos y cascos  y sobrevuelan nuestras pesadillas desde un helicóptero que nada se parece a un matapiojos inocente.

Cuídate de las trampas de este miedo que volvió en tono de bando y que nos hace bajar la guardia cuando creemos que se ha ido, y no, solo se ha recogido como lo hace el mar antes de arrasar con todo.

Cuídate de creer que eres inmune porque estos no son días de salvoconductos y mañana en la batalla nadie se acordará de ti.

Cuídate de las certezas  que no transitaron por el callejón incómodo de las dudas previas, y que se redactaron en un computador con el tiempo en contra.

Cuídate de los armisticios de última hora que no enarbolaron  antes una bandera blanca de rendición, sino que están midiendo al enemigo para ver cómo se salvan del naufragio.

Desconfía de la paz que pretende sacar de la jugada a la pasión, así como de aquellos que aseguran tener la llave maestra que abre todas las puertas que se oxidaron esperando que alguien las abriera.

Desconfía de ti si no tienes rabia y pena y estás creyendo que el buenismo mesiánico te llevará al paraíso que no existe.

Desconfía de mí que solo escribo esto para mandar un rato de paseo mis propios demonios que andan sueltos sin que los pueda aquietar. Se sublevaron y están haciendo su propia revolución sin invitarme. Ya llegarán cansados y hambrientos, probablemente derrotados.

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