Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

Del ridículo del K-Pop a la violencia como justificación

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La semana pasada parece que lo adelanté. La derecha comenzó con un canto labrado. Mi columna, en Entrepiso se titulaba “Deshonestidad”.

Tímidamente, primero en redes sociales, luego en cierta derecha extrema comenzó a labrarse un rumor que fue creciendo, acompañado de una anomía campante por parte del Gobierno por no ser capaz de dar orden y seguridad.

Primero, la estrategia inservible de “copamiento” policial que tras dos viernes seguidos dejó un joven herido en sus ojos y otro muerto. Más tarde un tercer viernes donde personas se manifestaban pacíficamente en la Plaza, mientras a dos cuadras se quemaba la Basílica de San Borja, entregada a Carabineros y que a esa hora estaba custodiada por los mismos.

Después vino la incapacidad –increíble por la falta absoluta de previsión en algo que venía sonando hace más de un mes- del Gobierno de asegurar el orden público en la rendición de la Prueba de Selección Universitaria (PSU).

Como en una cadena sucesiva de hechos, la derecha se fue polarizando con un tímido rumor que denunciábamos la semana pasada, que dio paso a una estrategia de fuerza, justificada en la violencia para evitar cualquier cambio o reforma.

La derecha, con la sagacidad que la caracteriza, encontró por fin el tono en el piano –que hace rato buscaba- para poder oponerse a todo, y las razones se las dieron un par de vociferantes, que a éstas alturas ya se convencieron en el paroxismo de la violencia que luchan contra los peores años de la dictadura de Pinochet, viendo en sueños a Piñera como la reencarnación del dictador.

“No están las condiciones para un proceso constituyente con estos niveles de violencia” comienza a repetir como un mantra la derecha.

Lo que en principio parecía una deshonestidad propia de sectores más afiebrados del oficialismo, se convierte en una táctica absolutamente clara por dar paso a mover piezas en un tablero, al que poco a poco, el oficialismo ha dado cada vez más fuerza y voz, y al que el Gobierno –consciente, estoy cierto- ha contribuido en la anomia que lo demuestra incapaz de cumplir con sus obligaciones mínimas para el cargo de un Presidente de la República: Conservar el orden público y hacerlo sin violar los derechos humanos al mismo tiempo.

Es evidente que al fracasar la risible estrategia de la “intervención extranjera” que quedó al desnudo con el ridículo más evidente, ante un informe de Big Data, que dejó al Gobierno ante una vergüenza internacional, digna del más ridículo de los ridículos, y ante la administración de una crisis que sepultó bajo normas de inteligencia que le permitieron esconder el garrafal error de la Secom de atribuir al K-Pop y otra fuerzas lo sucedido en Chile, el Gobierno y la derecha ensayarán este nuevo relato para impedir avanzar con lo que la ciudadanía viene demandando.

Nos encontramos, entonces, en un momento dramático. Como nunca cierta derecha está disponible, perdida en la entrega completa de lo que realmente creen: Constitución de 1980 y modelo ultra neoliberal impuesto por la dictadura de por medio, a ensayar un nuevo guion, el de la violencia como un espacio que impide o no da garantías al proceso constituyente. Una manera de dar por terminada la discusión por secretaria y evitar perderlo todo; lo que creen, en lo que se sostienen y por último a su propio electorado reducido por la incompetencia del Gobierno y la incapacidad por defender las banderas en las que siempre han creído.

Impedir el avance histórico de una Constitución nacida en democracia y en la deliberación, evitar toda modificación mayor, que no haga más que maquillar lo que queda, encontró en  la violencia de grupúsculos exacerbados, el caldo necesario en la derecha para evitar ser derrotados por goleada.

Recuerden, si la violencia, continua (aunque esta sea de origen diverso según sospechan muchos, no por nada el 50% en una encuesta señalaba creer en la presencia de Carabineros encubiertos para generar más violencia o auspiciarla) el Gobierno y la derecha se ceñirán al libreto ya diseñado de la “falta de garantías” para el proceso constituyente, buscará calmar con algunas reformas menores el descontento, que por cierto no se apagará, pero la derecha confía en ello, no por nada controlan el capital, las posibilidades del escenario para generar empleo y los medios de comunicación.

Alea Jacta est, la suerte en este caso “estará echada” y esa es la apuesta.

No es casualidad que en el momento que escribo esta columna, La Segunda titula impúdicamente “Crece el No en la derecha” mientras esta mañana 8 de 9 senadores de RN, liderados por Allamand se pronunciaban a favor del rechazo a la Nueva Constitución. La reflexión de la UDI (que se convertirá en unas horas en rechazo) y la sibilina manera de plantear una antesala al rechazo por Felipe Kast y Evopoli, se suman al frontal José Antonio Kast que ya lideraba la intención de rechazar la Constitución. El senador Chahuan lo resume con una oración notable: “Yo apruebo el rechazo a una Nueva Constitución, es un no “propositivo” hoy no es un buen momento para un proceso constituyente”.

En efecto, apretados en sus luchas intestinas, presionados por su electorado y por la nula convicción del Presidente y su gobierno por el proceso constituyente, el ministro Ward un recalcitrante exponente del sector carga desde la Secretaría General de la Presidencia desplantando con la frase del bronce del día: “Creo que estos temas van marcando precedentes en relación a los ejercicios democráticos que el día de mañana tenemos que enfrentar”.

La mesa está servida, si esto continua la derecha ya tiene su guion listo.

Negar el avance, culpar a toda la izquierda de la violencia y señalar que las condiciones no están. El guion está listo, mientras la izquierda democrática mira desperdigada, incauta e inerme con una inocencia indolente como se mueven las fichas a su alrededor. Incluso el senador Kast, Felipe, se da el lujo de decir “la derecha democrática debe condenar la violencia”, como si está y sus líderes ya no lo hubiesen hecho. Pero el repite, repite que algo queda está empezando a resultar y ya lo olieron.

¿Está el Presidente listo para terminar de “saltarse la letra de la Constitución”?,

Probablemente no, pero no por no tener convicción de hacerlo, sino por su propia debilidad, pero el llamado a rechazar la posibilidad de una Nueva Constitución se diluirá entre llamados a reformar la actual, evitar el costo de dos años de inestabilidad, la campaña del terror nuevamente. Sólo un ejemplo, mientras escribo estas líneas la misma derecha que propone “reformar” la Constitución del 80 en un “no propositivo”, la misma derecha que desde el subterráneo de la historia representada en el senador Allamand (que se ha opuesto a todo desde el divorcio al aborto tres causales), esa misma ayer votaba en contra de la posibilidad de constitucionalizar la posibilidad que el texto de la Carta Fundamental lleve explícita la declaración que el agua sea un bien de uso público, algo que se encuentra consagrado a nivel legal. ¿Si se oponen a ello, ustedes creen que reformarán una Constitución después de 30 años de negativas? Mi impresión casi cierta a estas alturas es que no.

Alguien me dice, “la gente ya no se traga eso”, en mi pesimismo de siempre le respondo: Son los mismos que hace dos años se tragaron “Chilezuela”, la Venezuela de nuestra tierra y hasta aquí el único toque de queda y filas en una farmacia para comprar remedios que me he hecho en mi vida ha sido en el gobierno de Piñera y no en otro.

Por último dos palabras para intentar contrarrestar un guion bastante más sofisticado que el del ataque alienígena o extranjero.

En primer lugar, la oposición democrática debe alzar la voz con unidad. No son tiempos para cálculos, nos jugamos ni más ni menos el tipo de país que queremos construir en los próximos 40 o 50 años. Es “el” momento, probablemente no haya otro. Las coyunturas históricas se producen una sola vez, no dos.

Por lo mismo, es imperioso, afrontar el momento y condenar –como ya se ha hecho- la violencia en todas su formas, con fuerza, aislar a los violentos de siempre, condenarlos sin ambages, salir a pelear contra la insensatez del libreto de la derecha para bloquear la nueva Constitución, las violaciones a los derechos humanos, exigir el control del orden público con profesionalismo y obligar al Gobierno de hacer su trabajo.

¿Alguien me va a decir que nadie en el Gobierno pudo anticipar lo que ocurriría con la PSU, como dice el dicho popular, “o son” o “se hacen”? Creo más en la segunda opción.

Asimismo, tenemos que salir a entusiasmar, no hay elección ganada en éstas condiciones hasta que se cuente el último voto.

Asimismo, debemos destacar en esto y cruzar puentes hacia sectores que están por el diálogo y se están jugando mucho en esto. Con generosidad hay que conformar espacios de encuentro con roles como los de Manuel José Ossandón, diputados como Marcela Sabat o Ximena Ossandón y Mario Desbordes, además de sectores de RN que no están en este guión mezquino porque conocen y saben de la necesidad de cambios desde cerca.

Aprobar la Constitución será complejo, pero lo más difícil será llamar a muchos a votar, para que sea inapelable la legitimidad del nuevo texto o arrastraremos el sino trágico de nuestra historia constitucional.

Por último una palabra al Presidente de la República. El Presidente, debe comprender que su Gobierno se acabó, que su presidencia terminó, y probablemente sea juzgado como el peor Presidente de la historia reciente de Chile.

Si quiere recuperar algo, llegar al final de su mandato –algo que en parte, a estas alturas, le debe a la izquierda democrática- el único camino que le queda es alejarse de su sector, ser un reformista convencido y jugarse como el Presidente que creyó en cambios reales, particularmente en materia constitucional. Piñera tiene la oportunidad histórica de dirimir el gran conflicto para saltar a un Chile diferente.

Lamentablemente, muchos creemos que no estará a la altura, que sacará la calculadora y preferirá congraciarse con un sector que ya lo rechazó y no cree en él, pero del que nunca ha podido despegarse en su historia política y personal.

La inmoralidad de esta hora es que la mayoría de los chilenos moderados, con sentido común y sensibilidad de lo que ocurre alrededor se encuentran rehenes de la exacerbación de la violencia por ambos extremos, con diversas agendas, pero que finalmente confluyen en una sola: Impedir todo avance. Ojalá me equivoque.

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