Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

Deshonestidad

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Permítanme ciertas disquisiciones personales antes de iniciar esta columna.

Para alguien que goza de neurosis varias -que van desde la detestable manía del vendedor, claramente no es de él, sino mía- de no poder recibir un vuelto con monedas y billetes envueltos en la respectiva boleta, o bien, de lavarme las manos veinte veces al día, la que logra ponerme de peor humor, sin duda, es cuando tienes enfrente a un contradictor que pretende imponer con estridencia su argumento, pero aún más, cuando lo hace con deshonestidad intelectual escondiendo sus verdaderos propósitos, algo que en el último tiempo suele sucederme.

No se trata de pensar distinto. Disfruto como el que más, una discusión o conversación con alguien que piensa diferente, que tiene otros puntos de vista, formas de aproximarse a la realidad, y que por ello, es capaz de convencerme con la impecabilidad de un buen argumento, con una reflexión inteligente.

Con los años he descubierto, por cierto, con el tiempo que todo lo puede, que el aplacamiento de pasiones insensatas, me han dado el derecho a reconocerme equivocado, y a gozar del derecho humano de cambiar de opinión, a observar que la verdad del otro, puede a ratos convencerme, darme una mirada distinta.

El escepticismo crítico es sin duda mi manera de mirar la vida.

Pero volvamos a lo que me enerva en una discusión y especialmente en la discusión pública.

Para alguien que fue educado en la racionalidad cartesiana francesa –una virtud, a ratos una tortura-, la primera educación que recibí, es que discutir, ejercicio que como deformación incluso profesional me fascina, requiere de un ejercicio de honestidad intelectual profunda para que la conversación pueda ser transparente y servir al propósito de llegar a puertos de encuentro.

Seamos claros en definirlo. Para contradecir, para exponer tu argumento, debes ser capaz de equilibrar el hecho de no tener toda la razón, por cierto de dudar, pero sobre todo tu argumento debe gozar de honestidad, no puede esconder lo que realmente piensas pero no dices, que es distinto de la verdad creó, firmemente, nadie tiene.

La pureza de un argumento se sostiene sobre argumentar no torciendo, acomodando o peor aun mintiendo para tratar por cualquier medio de ganar el punto.

Se trata en un juego de esgrima que permite jugar limpio, de mirar al otro de frente y no aprovechar la mentira o la tergiversación como elemento argumentativo subjetivo. 

Como el lector supondrá, en tiempos de post verdad o de mentiras (digámoslo), mi humor nunca es el mejor, y por cierto, llega a molestarme hasta concretar la molestia más definitiva y corroer mis entrañas.

En tiempos difíciles como éstos, el debate que da cierta izquierda estridente que acusa “amarillismo” de quienes creemos en el diálogo honesto (pero sobre todo en el diálogo a secas) y una derecha, que acusa a los de su mismo sector, que creen en lo mismo como, traidores, logra aumentar mis pulsaciones y arrebatos de mal humor.

Son grupos pequeños pero ruidosos, que esgrimen sus ideas sobre la base de epítetos y tienen por ello (por la espectacularidad de la brutalidad) más espacio para exponer falacias en la cultura del espectáculo. Pero como lo he dicho antes, en este mismo espacio, prefiero quedarme con el sentido común de la mayoría de los chilenos, esos que creen en el argumento racional, que ejercen sus derechos con responsabilidad y se alejan de los extremos que justifican la violencia en cualquiera de sus formas.

Lo dije en su momento a partir de “La Izquierda de la Estridencia” una columna que escribí aquí en Entrepiso, antes del 18-O. Hoy me enerva la lenidad intelectual y su estridencia en cierta izquierda – lo que después de lo vivido ha sido más evidente que nunca- pero me molesta, igualmente, el argumento que por éstos días ha esgrimido cierta derecha, como un juego perverso, en torno al debate constitucional, asilándose, precisamente en la deshonestidad como elemento central para imponer ideas con las que tendremos que enfrentarnos (lamentablemente para mi mal humor) en los próximos meses y que comienzan a calar en las miradas de algunos.

Hay una derecha que no es capaz de decir su verdad frente a lo que ocurre.

Ésta es simple: Defienden la Constitución y la obra de Pinochet, porque creen en ella, porque están convencidos que fue buena para Chile. Si argumentasen partiendo así, sin más, los respetaría e incluso estaría dispuesto a sentarme para convencerlos de porque creo que ello no fue así.

Por el contrario, han comenzado a levantar un argumento impúdico e inaceptable, que debemos combatir con la fuerza de la razón por su falsedad.

A juicio de éstos, el proceso constituyente sería resultado de una violencia tal, que se erige como una suerte de chantaje de “los violentos” que habría generado un temor reverencial en políticos pusilánimes que obedecen con miedo a los designios de la anarquía. En este último grupo cabe gente tan disímil como los firmantes del acuerdo, desde el Frente Amplio hasta RN y Mario Desbordes por nombrar el espectro.

En primer lugar el argumento es indecente, pues no reconoce las causas del malestar. La violencia es una suerte de enemigo poderoso que aparece y desaparece para generar algún tipo de desestabilización, sin más. No hay lectura, por ende, de la violencia como fenómeno sistémico, como un proceso de desembocadura de un alud que se precipita a una calle por arte de magia y no por las fuerzas que lo desatan. El Gobierno de Piñera persiste una y otra vez en el argumento para lograr simpatizar con el corro pequeño de seguidores estridentes que aún está disponible a dejarse convencer con éste tipo de argumentos.

La historia de Chile nos enseña, a fuerza de muertos y sangre, que intentar mover el cerco de las reformas por mayores libertades, siempre ha sido una lucha contra la deshonestidad intelectual de quienes no defienden un argumento, esto es , de quienes no defienden ideas articuladas con un fin, sino de aquellos que arrestan cualquier avance social con el solo propósito de detener su miedo atávico a perder lo que tienen o creen tener (y que por cierto jamás han perdido), privilegios, posición, o lo que es aún peor, ser iguales a otros ante la ley, esencia básica de la democracia moderna. 

Es simple como observar, cómo se comportó la llamada aristocracia chilena con la reformas liberales de O’Higgins, la visión de Portales frente a la Confederación Peruano-Boliviana (frente a las familias beatas y malas de la capital, los pipiolos son unos dignos caballeros decía el Ministro), con Montt por su origen, pero frente a su brillantez pesada en la solidez de sus argumentos y modo de vida.

Hurguemos en el trato a las reformas de Balmaceda, Alessandri (en su primer gobierno) y de Aguirre Cerda, la brutalidad de una “canalla dorada” que buscaba, como diría años más tarde el Presidente Allende conservar “sus granjerías y privilegios”.

Ahí están con sus más y menos las reformas impulsadas por los Presidentes de la Concertación, de la Presidenta Bachelet, vapuleada, pero a las cuales recurren rápidamente a echar manos en horas de desesperación, e incluso (con honestidad intelectual los menos) reconocen un tímido: “debimos haber escuchado más lo que dijo la Presidenta Bachelet” (Ministro Blumel).

Recordemos por un minuto cuanto intentaron detener el avance, por medio de la justificación y de la participación cómplice, de una dictadura que prolongó sus tentáculos hasta bien avanzada la democracia tutelada.

¿Alguien recuerda el voto –y los argumentos- contra la sodomía como delito, de la filiación como derecho, del divorcio y el aborto como conquistas de libertad personal? ¿O será que me estoy poniendo viejo y solo yo me acuerdo?

Derecha, Iglesia y elite en una traída -que pueden ser a ratos lo mismo- que impidió cualquier atisbo por un Chile moderno, con mayores libertades públicas, y que solo a ratos, (generalmente cuando no es gobernada por sus apellidos clásicos) está dispuesta a mover el muro infranqueable.

La misma, que cuando su tríada, se vino abajo en credibilidad y capacidad desembocó en un alud que recorrió con gritos y consignas el Chile de ésta hora.

Por eso molesta tanto el argumento de la violencia como elemento fundacional del proceso constituyente.

El estallido social que hemos vivido es el resumidero de causas de largo aliento, de rabias acumuladas que muchos venían denunciando hace demasiado. No reconocerlo por parte de éste sector no es solo deshonestidad intelectual, es lisa y llanamente, no querer observar sus errores garrafales desde las nimiedades en frases torpes, hasta los más profundos y brutales excesos cometidos y libertades cercenadas. 

Lo que hemos vivido desde el 18-O en adelante es el resumidero de lo que no quisieron ver ni enfrentar.

Un país donde nacer en un barrio determina tu destino, donde unos pocos a escasos kilómetros de distancia viven en un país con el per cápita de Suiza y otros en el Congo. Todo a kilómetros sin toparse, sin verse las caras, porque para eso, incluso hemos segregado nuestros barrios.

Sostener hoy, por tanto, que lo sucedido, en especial el cronograma pactado por las fuerzas políticas representantes de la ciudadanía -guste o no- para construir por primera vez una Constitución en democracia, es fruto de la violencia es una brutalidad del tamaño de un trasatlántico que intentan imponer en el debate para oponerse a un avance evidente.

Insisto, que digan que les gusta la Constitución del 80, porque aún creen que Pinochet impuso orden público y económico a punta de sangre y desapariciones (esto es poco presentable, pero aún lo dicen y edulcoran, pero fue para ellos el “costo” al fin).

Díganlo fuerte y claro, prefieren la Constitución del 80 porque prefieren un Estado que no pueda entrometerse en el único Dios en el que verdaderamente creen (el mercado) y puedan seguir disfrutando de la desregulación, del rol subsidiario, pues a ellos la presencia del Estado no les significa más que la molestia de pagar impuestos y molestar a sus negocios y creencias, ya que no creen en la salud pública, ni en la educación como creadores de ciudadanía. 

Argumentar desde la violencia no solo es falaz y a la vez violento (permítaseme la redundancia), es no reconocer que la Constitución que defienden es quizás el resultado de las más atroces brutalidades que nuestro país vivió entre el exilio, las desapariciones, los torturados y sus muertos, y es también, no reconocer cómo a partir de una dictadura que sostuvieron en sus atrocidades un modelo donde el mercado entrega a los hijos de esta tierra a la miserable existencia de tener que rascarse con sus propias uñas.

Lo más insólito es que hoy argumentan (desde la impudicia) sobre la base de sostener que la Concertación, esa misma a la que vapulearon y no le permitieron más avances, amparados en sus quórums y sistemas electorales lo hizo bien. Que Chile avanzó más que nunca.

Cualquiera que haya apoyado y trabajado en los gobiernos de la Concertación o la Nueva Mayoría, sabe de lo complejo que fue avanzar con cierta derecha única, retrógrada y defensora de sus valores, más que desde los argumentos, desde sus sentidos de clase y privilegios, más que desde el diálogo racional desde sus defensas de lo indefendible en una democracia que se precie de tal.

Sin reduccionismos Piñeristas, aquí lo que se plantea no es la Venezuela de Maduro -argumento de por sí enervante- lo que aquí se pide es un país más humano, más vivible, con mayores libertades y donde enfermarse, la muerte de un pariente, no se transformen en una pesadilla de marginación y pobreza, de una miseria de la que se salió para volver a ella.

La mayoría queremos un país donde seamos ciudadanos y no consumidores, donde nacer o crecer en un lugar no determine tus derechos, tus formas de vivir y tus posibilidades. Un país sin paternalismos, un país donde podamos discutir con el de al lado sin caer en la miserable mala costumbre de la falacia, un país donde algunos no defienden lo que tienen a costa del sufrimiento del otro. Un país donde la violencia se condene de donde venga, pero que no sea para conservar lo nacido de ella, un país, donde se entienda que el respeto de los derechos humanos no observa distinciones ni contextos, un país mejor para nuestros hijos y nietos, en definitiva un país donde seamos más felices.

¿Es mucho pedir honestidad en los argumentos?

Lamentablemente, al parecer, a ratos si lo es, será nuestra responsabilidad desde la moderación de la mayoría demostrar una vez esta contradicción brutal y falaz que pretende imponerse en esta hora.

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