Jorge Navarrete

Jorge Navarrete

Abogado y columnista. Marido de una y padre de cuatro. Fanático de la U, adicto al grunge, la piscola y al Marlboro corriente. Mis bienes materiales más preciados son una moto, la citroneta, dos skates y un artilugio para volar. Como buen Libra, equilibrado por fuera y desequilibrado por dentro.

Desigualdad, su naturaleza y la izquierda

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Sostengo que la principal desigualdad no es económica y social, sino que ésta es sólo un síntoma, fruto de la asimetría en la distribución del poder en general, y del poder político en particular. Nuestro principal problema, la madre de todas las batallas, se refiere a la desigualdad en la influencia, visibilidad y capacidad para participar en las decisiones. Dicho de otro modo, la democracia está incumpliendo su más básica promesa: a saber, que las necesidades de los ciudadanos pesen de manera similar en la deliberación de nuestros asuntos colectivos.

Tres probables razones

Este deterioro de la democracia, que ha dado lugar a dictaduras y populismos de diversa orientación ideológica, tiene varias explicaciones, donde me interesa para efectos de esta provocación, destacar sólo tres: la excesiva influencia del dinero en el espacio público, la pérdida de relevancia de las elecciones, y la precariedad de nuestras instituciones frente a las presiones particular o los intereses de nicho.

Sobre el poder económico, ya el año 1980, Michael Walzer alertaba sobre el peligro de que los criterios de distribución de una esfera en particular, fueran utilizados de manera preponderante para distribuir los bienes en otros ámbitos de nuestra convivencia colectiva. El obsceno protagonismo del dinero en la política, tanto en la cantidad como en las formas –me refiero a la opacidad y la ausencia de límites- ha desvirtuado el principio básico de representación política, licuando los interés de la mayoría y poniendo especial atención a los privilegios de una minoría.

Lo anterior, profundizado por unas reglas del juego que tienen a perpetuar el poder de una cierta elite, ha contribuido a una cada vez mayor desconfianza hacia la institucionalidad política y sus reales posibilidades de transformar la vida de personan y comunidades, convirtiendo a los proceso eleccionarios en ritos tan predecibles como irrelevantes. Más allá de los esfuerzos locales que hicimos para tener un sistema electoral más representativo, pareciera que el principal escollo de los políticos, no son las elecciones populares sino ganarse la respectiva nominación, sea mediante primarias u otro procedimiento. Si sumamos a eso la tragedia de haber transitado hacia un modelo de sufragio voluntario, se terminó por sobre exagerar el rol de los sectores más militantes y ideologizados, oscureciendo la importancia de esa mayoría de ciudadanos menos o nada comprometidos con las estructuras políticas. Y todo lo anterior

Y quizás producto de estos dos antecedentes, y en tercer lugar, se consolida la tendencia de que el interés de pocas personas pero intensamente perseguido, será siempre más influyente y efectivo que el bienestar general, por definición más débil y difuso. Esta cada vez más creciente particularización de la política, o privatización del espacio público, no sólo ha redundado en su irrelevancia y marginalidad -incapaz de contener, ordenar y procesar estas otras fuerzas- sino que ha acrecentado la brecha con los ciudadanos y el compromiso de éstos con su democracia.

Nuestro principal problema

Puesto de esta forma, la más dura desigualdad no es la de ingreso o patrimonio, siendo ésta, insisto, sólo la consecuencia de un fenómeno más complejo y que se refiere a la desigualdad en el acceso a redes, relaciones, tanto de visibilidad como de influencia.

Vuelvo a Michael Walzer cuando decía que el principal problema de la sociedad moderna no es el monopolio sino el predominio. No es tan significativo que en el ejercicio de la competencia, ciertos ciudadanos sean definitivamente exitosos en un aspecto de la vida, incluso en desmedro de los demás. Lo complejo y difícil de aceptar es que, en nada más parecido a una alquimia social, por el hecho de ser exitoso en determinada esfera, eso necesariamente signifique que sean los mismos quienes siempre triunfan en las demás.

No hay peor rabia y resentimiento que aquel que deriva de la convicción de que –pase lo que pase, o hagan lo que hagan- siempre ganarán y perderán los mismos. El conocido slogan de una tarjeta de crédito –“hay cosas que el dinero no puede comprar”- se ha transformado en una quimera en muchos de nuestros países. La generación de riqueza es un problema cuando ésta, además, compra salud, educación, prestigio, honor, dignidad, reconocimiento social, incluso amor en muchos casos.

En esa colusión de factores, donde irrumpen las dos peores caras del predominio del dinero –me refiero al clasismo y el arribismo-, se torna dramático el resultado de lo que Rawls alguna vez llamó la lotería de la vida, siendo la cuna ya no sólo un predictor del futuro de un hombre o una mujer, sino incluso el de sus hijos y también de los hijos de éstos.

La izquierda y la política

Consiente de que estoy haciendo una generalización, siempre injusta pero también metodológicamente útil, permítanme decir algo sobre la izquierda. La caída del muro, los socialismo reales y el triunfo empírico del capitalismo, produjo un quiebre, generando dos grandes corrientes.

La primera, una izquierda socialdemócrata, reformista y gradualista, que congregó a buena parte de nuestros intelectuales, técnicamente muy dotada, y que acometió un profundo proceso de renovación, a la que se le ha acusado –y con justicia muchas veces- de ceder en demasía al contexto cultural e ideológico dominante, licuando su identidad y, por tanto, su capacidad para representar, escenificar y dramatizar, los anhelos de aquellos más desprotegidos, generando una distancia que a ratos los hace irreconocibles o no muy diferentes a sus adversarios. La segunda, más presente hoy en América Latina y en una parte de nuestra oposición local, revolucionaria y mesiánica, más anclada en las viejas convicciones del pasado, menos sofisticada pero más efectiva; la que varias experiencias populistas mediante, ha logrado capitalizar mejor el hastío y rabia de los más pobres, aunque con resultados también nefastos, o al menos dudosos, en punto a las profundas transformaciones que originalmente declara.

Hago esta simplificación, porque me interesa destacar que tan importante como el objetivo, es la idoneidad y legitimidad del instrumento, como también de las formas y procedimientos. Requerimos afinar la puntería y volver a equilibrar la ecuación entre sentido y eficacia. Si hay algo que define a los progresistas, es que, a diferencia de la derecha, no creemos que las sociedades y los fenómenos que las integran, sean realidades naturales. Muy por el contrario, sostenemos que son construcciones colectivas, cuyo destino general y particular podemos alterar mediante el esfuerzo común, especialmente preocupados por las personas que viven una situación injusta.

Nuestra primera prioridad, entonces, es recuperar para el espacio público a la política, y la confianza de los ciudadanos en su virtud y posibilidades, enarbolando un lenguaje y estética de lo colectivo, que honre al principio más básico de la representación política.

Claves básicas

Confieso que no tengo la respuesta a la pregunta del cómo se hace. Más bien me asisten ciertas intuiciones básicas, algo así como claves o reglas del debate público, las que debemos observar con más cuidado y que resumo en cinco.

La primera clave es ideológica. La orden del día es redistribuir poder, no sólo económico y social, como ya hemos apuntado, sino preferentemente político y territorial. La segunda clave es táctica o procedimental. El método es el mensaje, es decir, la forma y manera en que presentamos nuestro discurso y acciones, dice mucho más de nuestra voluntad y convicción que los resultados mismos. Tercero, una clave sicológica. Lo más objetivo es lo subjetivo, y nuestros cuadros técnicos tendrán que mejor ponderar el valor de las emociones, los estados de ánimo y la capacidad para conectar con los sentimientos de los ciudadanos y nuestros electores. Cuarto, una consideración tecnológica, en la medida que vivimos una época de interacciones inmediatas, donde los ciudadanos ya no son sólo receptores de información sino que poseen los instrumentos para emitir sus propios juicios, verdades y rabias. Por último, una clave lógica, pues es una locura pensar, parafraseando a Einstein, que podremos obtener resultados distintos si seguimos haciendo más o menos lo mismo.

En definitiva, cualquier decisión que adoptemos exige la incorporación y participación de aquellos que queremos representar, pues la más dura exclusión es aquella que no trata políticamente como iguales a todos los miembros de una comunidad. Sólo de esa forma, no por ellos sino con ellos, podremos crear una auténtica cultura política, donde no confundamos visión con voluntarismo, de la misma forma que tampoco popularidad con populismo.

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