Alejandra Jorquera

Alejandra Jorquera

Muy malcriada y muy fóbica. Sobrina no reconocida de Radomiro

Día de Muert(e)o

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En estos días, los mexicanos pasean a la muerte por las calles envueltas en papeles de colores,  hacen altares  en cada esquina y cada casa, rodean las fotos de sus difuntos con velas, mole, pan, tequila, pulque o mezcal. El país que tiene una de las tasas de criminalidad más alta del continente, celebra la muerte como quien sopla un océano de serpentinas que se extiende por ese territorio con forma de un escorpión.

La celebración de los mexicanos se parece mucho a un carnaval que, como toda fiesta, en algún momento aspira a darle una vuelta a las reglas del juego. En este caso, una voltereta que deposita en los muertos la esperanza de tiempos nuevos. Santos, parientes, figuras icónicas veneradas por el milagro concedido y otras tantas fruto del sincretismo católico pagano, valen, y a  cada uno se les agradece por un año más de vida pero también por el año que ya pasó. El que, mal o bien, cumplió su cometido gastándose como se gasta lo que se vivió hasta que no pudo seguir viviendo. Es el festejo en  que todo  muta por un rato, pero que al final retoma su camino  de siempre.

En Chile no tenemos colores para la muerte ni la festinamos con el jolgorio que la hace más amiga que enemiga. Lo más cercano al coqueteo con ella es nuestra adaptación criolla de Halloween, donde más que calaveras y huesos, vemos infantes disfrazados de Spiderman y mini princesas  vestidas de merengue que piden tímidamente dulces  mientras recorren las calles de sus barrios.

Así ha sido hasta antes de hoy, hasta  ayer y antes de ayer. Hasta antes del 25 de octubre, el día en que dos millones de chilenos y chilenas se tomaron las principales avenidas del país para darle la despedida a una muerte que se ha negado a sucumbir, a una muerte que desafiando la naturaleza democrática que dice que todos nos vamos a morir algún día,  se ha desplegado agónica a través del abuso, la injusticia y una inequidad insolente como cachetada que se repite todos los días y varias veces al día. Esa muerte que hemos alimentado con  sondas y oxígeno prolongándole la vida como al pariente que, aunque sabemos desahuciado en una cama, nadie se anima a desconectar.

Sin embargo, todo indica que si esta vez no nos hacemos trampa disfrazándonos de familia perfecta que se sienta a la mesa sin dirigirse la palabra los domingos, ha llegado la hora de desconectar al muerto que nos hemos negado a dejar partir y que nos está matando. Las luces se encendieron, y en lugar de  figuras colorinches marcharon y marchan  pancartas que, entre muchas frases, dicen “Cuando se lee poco se dispara mucho”, “No es guerra, es dignidad”, “No estamos en guerra, estamos unidos”, “Por ti y por todos mis compatriotas” o “Piñera, no te voy a invitar a mi cumpleaños”. Esas han sido nuestras calacas, las catrinas chilensis que han cantado noche  a noche El derecho a vivir en paz y El baile de los que sobran. Y ya no queremos que sobre nadie.

El timbre sonó y es hora de entender por quién y para quién están doblando las campanas y rugiendo las alertas.

En el fondo, y en palabras del historiador norteamericano Hyden White,  llegó el tiempo de pensar cómo construimos este nuevo capítulo de nuestra historia como un discurso ético, como una forma de narración que de verdad nos permita vivir mejor, pero no a los que siempre hemos vivido mejor. Y para ello, pienso desde mi pedestre condición de ciudadana, se van a requerir muchas manos, millones, que en conjunto escriban la pancarta definitiva, la que no se ha escrito aún, la que demanda nuevo comienzo. La nueva carta de navegación.

Que la algazara siga arrolladora. Que no nos pase como dice la canción, que después de la fiesta “con la resaca a cuestas, vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas” (gracias siempre, Serrat). Eso sería imperdonable para quienes, desde el privilegio, llevamos muchos años perdonándonos.

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