Pablo Gutierrez

Pablo Gutierrez

Abogado con estudios en Derecho Constitucional y Derecho Regulatorio Ambiental, con una vasta experiencia nacional e internacional en reformas institucionales y cambios regulatorios en diversos sectores del Estado.

El 6 de octubre

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Hace pocos días que conmemoramos, con una transversalidad inimaginable hace unos años, la gesta del plebiscito del 5 de octubre de 1988. El largo proceso político y social que nos llevó a ese particular día, estaba marcado por la confrontación feroz y la violencia política, que tenía como objetivo básico la desaparición de un parte de chilenos y chilenas. Esto mediante diversos mecanismos, desde la abierta persecución política, hasta la total prohibición de ciertas formas de pensamiento, que tenían como base ideológica, el desconocimiento de la subjetividad de quienes quedaban fuera del proceso de reconstrucción nacional. En realidad, esta breve reflexión sobre la dramática crisis política y social chilena, es una historia revisada y revisitada, sobre la cual debemos sólo dejar significada con el sello de la exclusión e intolerancia.

Sin intención de indagar en la sicología de quienes lideraron ese proceso, no cabe duda que el día siguiente, la alegría, el cansancio y la emoción, sólo coparon un breve instante de sus vidas, dado que, conocido el itinerario electoral, la tarea recién comenzaba. Para nadie resultaba un misterio que, haber enfrentado a una dictadura bajo la nomenclatura de una Oposición, no constituía garantía alguna de tener la capacidad de formar una propuesta de Gobierno y, mucho menos, de volver a convocar una mayoría nacional suficiente para lograr una victoria electoral.

Junto a lo anterior, la búsqueda de los mecanismos para mantener este conglomerado unido, en cuanto diseñar un conjunto de “reglas de convivencia”, constituía la condición basal para enfrentar el verdadero desafío: reconstruir la convivencia nacional. Porque había razones de justicia, para aquellos que clamaban la responsabilidad de quienes asolaron el país con las armas del terror, como también el justo temor que, por el hecho de haber respaldado la opción del anciano general, sería perseguidos o marginados del dialogo social. El dilema era sencillo y consistía nada más, ni menos, que romper la espiral de confrontación y exclusión que marcó al planeta, producto de la Guerra Fría, donde países pequeños como el nuestro, bailaban al ritmo de canciones extranjeras.

El reconocer en el otro al adversario, no al enemigo, construir el diálogo a partir de la diferencia, no la uniformidad impuesta, el construir una senda común, no rutas cerradas y excluyentes, constituían las piezas para encender de nuevo el motor de la historia en Chile. Sin duda, para quienes valoramos ampliamente el proceso transicional vivido en Chile, las lecciones que se nos legó, tienen plena vigencia, más aún, en un país donde crecen exponencialmente las señales de intolerancia política, social e incluso religiosa. Esto puede llevar a la reflexión que, una vez perdido el temor al retorno autoritario, podemos llevar la confrontación de ideas a los mas absurdos extremos, creyendo, de forma infantil, que finalmente pueda imponer mi postura por cansancio o algún golpe de suerte mediático.

El 6 de octubre, marcó el primer día de un proceso de reencuentro político y social de una tremenda envergadura. Los imperativos históricos de esa época están vigentes. No por desaparecer los riesgos del autoritarismo militar, significa que nuestro pequeño país es inmune a otros, tal vez menos brutales, pero no por ello menos dañinos. La falta de gobernabilidad, la parálisis de sus instituciones, la pérdida de legitimidad de cada estructura estatal, y la ceguera de una cantidad importante de quienes ostentan alguna forma de liderazgo, son sólo algunos de los síntomas del riesgo que estamos viviendo. Es momento que regresemos a ese 6 de octubre, volvamos a reflexionar como recuperar nuestra convivencia nacional, capacidad de diálogo y construcción colectiva, para hacernos cargo de los riesgos de un mundo con altos niveles de interconexión, que nos ofrece infinidad de oportunidad, pero también de amenazas, solo susceptibles de soslayarse con una ruta de desarrollo donde todos y todas sientan, de alguna forma, que colaboró en su construcción, haciéndola propia.

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