Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

El año del verano que nunca llegó

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Por estos días ha caído en mis manos una novela notable del escritor colombiano, William Ospina, titulada “El año del verano que nunca llegó”.

El libro narra los viajes de Lord Byron y Percival Shelley, los dos grandes poetas ingleses que confluyen junto a Mary Shelly y varios más en Ginebra a las orillas del Lago Lemán, en Villa Diodati, una casa mítica, en que Byron, su médico Polidori, los Shelly y Mary Wolfstonecraft, confluyen como unidos por el destino en el verano de 1816, momento en que un volcán en la Isla de Balí, arroja millones de metros cúbicos de material y atrasa un invierno que nunca llega. Lo anterior, produce tres noches seguidas y cambia el clima de un verano inexistente, en que los jóvenes rebeldes, expulsados de la Inglaterra por sus desmanes, escándalos y escarceos terminan creando en esas noches de historias de terror, dos personajes (que luego serán desarrollados por Mary Shelley y Polidori) que son parte del mito y la fábula, revisitadas mil veces: Frankenstein y el hombre Vampiro.

Como rayos de luz, se cruzan en Villa Diodati, anécdotas, historias y coincidencias que esbozan mágicamente la conjunción de los astros para que esa noche, en ese lugar nacieran dos criaturas mágicas, a la luz de la chimenea y la desfachatez y desparpajo de los poetas románticos ingleses que habían traspasado los límites de la mesura para lanzarse a una aventura que terminaría pronto con la muerte prematura de la mayoría de los asistentes esa noche.

Lo que queda de la novela de novela de Ospina –magistralmente narrada y entrelazada- como una obsesión a la que regresa una y otra vez, es que para que existiese romanticismo cuyo mejor exponente en la Inglaterra del siglo XIX fue sin duda Lord Byron, debió existir antes el racionalismo que llevó a la Revolución francesa primero y a la restauración napoleónica como contrapartida al desvarío racionalista y el jacobinismo posterior.

Mientras los Shelley, Byron y Polidori creaban sus monstruos a orillas del lago en Ginebra, las tropas de O´Higgins aguardaban el asalto a Chacabuco primero y a Maipú más tarde para la reconquista de Chile de manos del poder español. O´Higgins y San Martín, apostados en Mendoza urdían la República.

En el devenir de nuestra historia republicana, el liberalismo moderado para construir nuestras instituciones y el afianzamiento de un racionalismo equilibrado, fue fruto no ya de la Revolución Francesa, sino de las prevenciones que ésta impuso luego del desbande y desvarío de los Robespierre, y fue el producto, más bien, de la restauración napoleónica que de la fiebre de la guillotina. Nuestra creación institucional fue más un ejercicio del Código napoleónico que de la poesía de desenfrenada y locamente romántica de Lord Byron. No por nada, nuestro hombre en Londres, Andrés Bello, el venezolano universal escribía por esos años poesía en su pobreza londinense, para años después escribir la ley en Chile. De poeta a jurista, ambas caras de una moneda que don Andrés finalmente nunca abandonó.

Digámoslo de otra forma. Nuestras primeras instituciones republicanas y el afianzamiento de un liberalismo moderado, son el resultado no de la Revolución, sino de las prevenciones frente a sus excesos. En ello, Andrés Bello, los Egaña, en su medida Portales, más tarde Montt y otros construyeron la base de instituciones que llevaron al liberalismo en forma, al poder en la segunda mitad del siglo XIX y las reformas a la Constitución de 1833 a partir de 1870.

¿Por qué cito estas ideas?

En tiempos de difíciles, ese liberalismo mesurado se pone en riesgo por los vampiros (el aristócrata creado por Polidori) y varios Frankenstein que quieren imponer medias verdades como pedazos de un cuerpo desmembrado.

No sé por qué la imagen vino a mi cabeza volando a 10.000 pies de altura, pero alguna relación hay entre los personajes de terror frutos del romanticismo dieciochesco, que ponen en entredicho por medio de la violencia de los actos y el horror de las palabras, las mismas instituciones que Chile comenzó a labrar en tiempos de ese verano que nunca llegó en 1816.

Pareciera el fin de época, o el comienzo de otra (como lo fue aquella época también), pero frente a la discusión constitucional que se nos avecina, amenazada por los vampiros y los Robespierre –cada uno tratando de imponer sus pedazos para armar al monstruo- es bueno recordar que nada parte de cero y que toda discusión sin historia carece de fondo.

Lo que está en riesgo en esta hora es ni más ni menos que un ideario democrático liberal de larga data que no podemos olvidar, ni menos obviar.

Cabe anotar por tanto, para evitar los “imbunches constitucionales” o los “Frankenstein legales” que atemorizan, que la famosa hoja en blanco fue una mala alegoría para describir que construir una nueva Constitución requiere de llegar a profundos acuerdos políticos en el seno de una Convención Constituyente o Mixta, que revisite la forma de concebir el pacto social que se fija en la Carta Fundamental, sin que esa falta de acuerdo, signifique volver a la Constitución de 1980.

En simple, no llegar a 2/3 no significa volver al articulado de la Constitución vigente, por ende, no se trata de una reforma de ésta, sino de un texto nuevo, que de carecer del acuerdo necesario fijará los grandes debates políticos en la ley, un ejercicio sano también para alimentar una flexibilidad que permita un texto constitucional más permanente, que regule grandes principios, derechos y el ejercicio del poder, pero que entregue a la discusión política definiciones de temas menos permanentes, y que frente a la vida de hoy requieren de definiciones flexibles y necesarias de ser actualizadas con mayor rapidez.

Por último, cabe preguntarse que no es la famosa “hoja en blanco”.

Por cierto, no es, borrar la tradición constitucional chilena que es rica en un andamiaje que ha dado estabilidad al país, un ejercicio democrático y cívico más permanente que el de nuestros vecinos y que en el ideario liberal decimonónico de mesura fue estableciendo las instituciones colectivas propias de una democracia que se perfeccionó y sobrevivió con todos sus estropicios y horrores al tumultuoso siglo XX.

La hoja en blanco, por ende, no es blanca, está y debe estar cargada de esa tradición, modernizándola, aprendiendo de sus errores y por cierto, poniéndola a tono con las condiciones que la propia Constitución ha fijado recientemente en su nuevo artículo 135, esto es, teniendo como límite que Chile es una república democrática y que los Tratados Internacionales y las sentencias dictadas son plenamente válidas y deben ser la base necesaria para iniciar la discusión de una hoja en blanco.

Lo anterior, debe ser una advertencia a los Robespierre y los Vampiros que les recuerde que la tradición constitucional y legal chilena, como asimismo, lo mucho que se ha avanzado desde 1990 en adelante en materia de jurisprudencia y Tratados Internacionales, especialmente en materia de Derechos Humanos, será la carta básica para comenzar a discutir una hoja en blanco que necesariamente –y por cierto obligatoriamente, según lo ha establecido la reforma constitucional reciente- debe ser respetada y es concebida como punto de partida para iniciar la conversación constitucional.

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