Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

El corto plazo: Deporte Nacional

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El psicólogo americano-israelí Daniel Kahneman, quien ha hecho invaluables aportes al estudio de la toma de decisiones en la economía y la política, sostiene que “el buen líder, es el que logra la confianza colectiva en decisiones de largo plazo que se impongan sobre las incertidumbres del corto plazo.”

No siendo ni psicólogo, ni menos economista, los estudios de Kahneman son interesantes, porque determinan el estudio del juicio y la toma de decisiones. Su principal aporte es la teoría de las perspectivas (prospect theory), según la cual los individuos deciden, en entornos de incertidumbre, generando los denominados atajos heurísticos, cuya consecuencia, es que las opciones seguidas se ven manifestadas y teñidas directamente por la aversión a la pérdida.

La cita viene a reflejar lo que ocurre en Chile desde hace un tiempo.

Hay una aversión a la toma de opciones complejas para no perder, para no exponerse al riesgo. Hay en definitiva la falta del liderazgo que Kahneman anota.

Riesgo no para no tomar opciones electorales, sino para buscar soluciones a los problemas más complejos del presente y enfrentarlos más allá de la elección próxima.

Hubo un tiempo en que Chile tuvo que tomar complejas alternativas. Caminos se bifurcaban en disyuntivas tan difíciles como, recuperar la democracia, afianzarla, todo en un tablero de ajedrez altamente frágil, inédito, que hoy algunos tienden a llamar sin ninguna perspectiva histórica “entreguismo”.

Es cierto, en el camino muchos olvidaron –o se acomodaron- en que una vez afianzadas las metas iniciales de un proceso transicional estaban en gran medida abordados y nos acostumbramos como algunos cantantes a los éxitos del pasados y a vivir de la fama transcurrida.

El camino siguiente era seguir apostando con valentía por solucionar los problemas de la nueva sociedad que se había creado. Ahí nacen las tensiones del presente, que en esta hora recuerdan las palabras sabías que señalaba Enrique Mac Iver en 1900 en su extraordinario discurso “La crisis moral de la República”, me permito una cita que se alumbra con la potencia a la luz de la actualidad:

“Me parece que no somos felices; se nota un malestar que no es de cierta clase de personas, ni de ciertas regiones del país, sino de todo el que habita el país y de la generalidad de quienes lo habitan. La holgura antigua se ha trocado en estrechez, la energía para la lucha de la vida en laxitud, la confianza en temor, la expectativas en decepciones.” Cuando Mac-Iver habla de la moralidad pública, la consigna no como un deber religioso sino ético: “Hablo de moralidad que consiste en el cumplimiento del deber y de sus obligaciones por parte de los poderes públicos […] hablo de moralidad que da eficacia y vigor a la función del Estado y sin la cual ésta se perturba y se anula hasta el punto de engendrar despotismo y la anarquía y como consecuencia ineludible, la opresión”.

Las palabras de Mac Iver suman a la incapacidad ante la aversión al riesgo de tomar decisiones de largo plazo.

Chile siempre espera estar al borde del abismo para tomar decisiones de aliento. Lo que es peor, y sin ponerse fatalista, Chile ha caído en dicho precipicio no solo una, sino muchas veces, en su historia por la incapacidad de resolución razonada de la política, de la empresa, de los gremios y los ciudadanos respecto de los conflictos en el largo plazo. De lo anterior resulta la paradoja que las tres Constituciones más estables en el tiempo de vigencia –pacto social por excelencia- la de 1833, 1925 y 1980, en cierta medida sean la respuesta a problemas de largo arrastre luego de la eclosión de problemas definitorios, donde vencidos se imponen a vencedores. Nuevamente la mirada es impuesta. ¿No es paradojal que Chile jamás haya tenido un texto constitucional acordado con el dialogo en la diversidad, de todos los sectores?

Con el riesgo de generalizar, Chile, y en particular su elite, practican en muchos de sus asuntos públicos, la mágica frase del Presidente Barros Luco, un hombre bonachón, simpático, (no por nada un sándwich, es lo único que nos recuerda el paso efímero de su poder desdibujado), en tiempos finales de la inútil oportunidad de un parlamentarismo incapaz de resolver los problemas del país –que magistralmente denunció Mac Iver- , señaló una frase para el bronce, que de cierta manera tiende a transformarse en deporte nacional.

“En Chile, no hay sino dos clases de problemas en política: Los que se resuelven solos y los que no tienen solución”.

Simple, la parálisis, la aversión al riesgo, la ceguera, el cortoplacismo complaciente.

Lo anterior es un desafío no solo en la política, sino también en el sector privado en la empresa, un desafío de los gremios y Universidades. Pocos piensan el país al largo plazo, pocos miran más allá del parche, las soluciones que son evidentemente incomodas y que requieren de poner todo el ingenio y el capital personal para arriesgar un mejor futuro, se impone siempre el cálculo pequeño.

Pienso en el fantástico libro de Javier Cercas “Anatomía de un Instante”, que describe magistralmente como Adolfo Suarez y Santiago Carrillo, los antagonistas políticos de la transición de España arriesgan todo –y cuando digo todo, es incluso sus propias y exitosas carreras políticas- con un fin, asegurar la democracia española, reconocimiento que les llevó una vez que ya habían partido desde un largo ostracismo al cementerio. Sin ir más lejos, pienso en el Código del Trabajo de 1994 y el acuerdo de Manuel Bustos y Manuel Feliú que sentó la base de acuerdos razonados fruto del encuentro de la diversidad, con la generosidad de los grandes hombres públicos.

El desafío es país. Algunos ejemplos. En 2017, el Gobierno de la Presidenta Bachelet envió al Congreso una reforma al Código de Aguas. La reforma, implicaba un cambio esencial en dos materias para sintetizar. Asegurar el consumo humano de agua como derecho fundamental (asunto reconocido a nivel internacional), y luego de ello, cerciorar usos para la agricultura y la industria. Por otro lado, establecía la caducidad de los derechos de aprovechamiento para quienes no utilizaban el agua y especulaban con ella en un mercado paralelo que se constituyó a partir del Código de Aguas en 1981. El argumento era simple e incluso siquiera tocaba el derecho de propiedad para quienes tenían curiosamente el dominio, sobre un bien nacional de uso público como el agua, un modelo que permite heredar, vender y transar en un mercado, un bien que es de todos.

La reforma fue aprobada con valentía por la entonces Nueva Mayoría en su totalidad, sin disensos, en la Cámara de Diputados (recuerdo intervenciones notables como las de los diputados Sergio Espejo o Cristina Girardi, por nombrar a algunos).

A su turno la derecha votó en contra, e inició junto a la Sociedad Nacional de Agricultura una campaña del terror millonaria en la víspera de elecciones dirigida a la “expropiación de derechos de agua al pequeño campesino”, asunto que jamás fue parte del proyecto de ley.

El campesino, y sobre todo el pequeño agricultor, es quien precisamente usa el agua, siempre escasa que tiene para regar, el problema estaba evidentemente en otro lado. Bastaba recorrer la carretera hacia el sur para observar millonarios espacios publicitarios camineros que hablaban de la expropiación de aguas a los pequeños agricultores, los que obviamente no eran los financistas de la propaganda. La campaña del terror se instaló con mentiras y una falsa apreciación de la realidad, el ciclo electoral (cada vez más breve en este país) se impuso y la modificación se trabó en el Senado.

A qué viene el ejemplo:

Hoy el país ve como una masa crítica cada vez más exigente bulle como punto de presión en torno a la escasez de agua. La mega sequía ha comenzado a generar un movimiento (que hace mucho viene no siendo escuchado) que poco a poco, comienza a plantear la nacionalización del agua y medidas más radicales frente a un problema que tarde o temprano tendremos que enfrentar.

Si en 2017 hubiésemos avanzado en el largo plazo y los gremios de aquél entonces hubiesen entendido lo que venía, entonces, optar por una reforma moderada, consensuada con apertura de miras, cediendo en parte, podría haber sido una alternativa para avanzar, solucionar y evitar que las cosas llegaran adonde se encuentran hoy y probablemente donde se encuentren mañana.

La ceguera y el cortoplacismo se refieren a ello. Hay una elite política, pero también empresarial que en vez de anticiparse al cambio de la sociedad es reactiva a ésta. Pareciera que se quiere siempre “estrujar” en votos (en el caso de la política) y el dinero (lamentablemente en ambas actividades) hasta el final, hasta acabar la “veta” de alta ley, hasta “matar la gallina de los huevos de oro”.

Cuando no hay respuesta, hay frustración, cuando hay frustración, no hay más que respuestas radicales y oposiciones aún más fuertes, cuando la respuesta es fuerte, sobran los epítetos, las medidas de presión y la violencia verbal da paso a ya sabemos qué. Sabemos dónde se puede llegar.

Lo anterior sucede en otras materias. Las isapres, la banca, las AFP, la industria forestal, el sector salmonero, por solo nombrar algunas industrias que no han entendido, del todo, que el mundo cambia y lo hace de manera vertiginosa y que para mantener un negocio a flote, éste debe ir mucho más allá que gerencias de responsabilidad social empresarial o actitudes aisladas, debe anticiparse al conflicto, aceptar el dialogo razonable, auspiciarlo y ser parte de éste con anticipación, no cuando la ola ya está encima, sino al verla aparecer en el horizonte. Para “capear” olas, cuando ya estás lejos de la playa y viene una grande, debes ser valiente y correr hacia ella, no tratar de arrancar (algo completamente inútil para quien haya estado en esa situación), bajo el riesgo de ser “revolcado” sin dignidad entre la arena y la tromba y el ridículo hacia la playa. Se requiere de valentía y visión.

Basta con mirar las iniciativas de multimillonarios europeos y norteamericanos para que les aumenten los impuestos a los super ricos. Es decir a ellos mismos ¿Filantropía? Por cierto en una parte menor, adecuación para entender que manteniendo los índices de inequidad social será imposible mantener un modelo de mercado que tantos beneficios les ha traído, por supuesto. Adaptación al cambio, mirada de largo plazo, por interés o por gratuidad, eso aporta a soluciones en una sociedad. Si lo trasladamos a Chile, uno de los países más inequitativos del mundo y a una elite rentista al máximo, el problema se maximiza de manera cada vez más riesgosa y exponencial.

Lo mismo ocurre, por el otro lado: El Estado, y la política deben ser capaces de conducir un dialogo país que no viva rellenando parches, perdiendo tiempo en declaratorias de días nacionales, sino enfrentando las necesidades complejas del presente.

Ejemplo simples. ¿Qué gana una diputada al desprestigiar aún más la actividad política denunciando que el narco permea “las instituciones del Estado”, y cito: “creo, que por el Congreso Nacional no pongo las manos al fuego”? ¿No será mejor ir a la Fiscalía y hacer la denuncia correspondiente y aportar los antecedentes, lo que es un deber, tras una denuncia de esa naturaleza? ¿No se da cuenta la diputada que su denuncia, más allá de la realidad o la ficción instala un manto de duda, sin pruebas que lo único que hace es destruir el sistema democrático y la credibilidad en las instituciones? No se trata de hacer vista gorda, ni esconder realidades, se trata simplemente de responsabilidad ante los hechos. Las denuncias son o no son, las suposiciones subjetivas, son al caso injurias innecesarias y demoledoras de las instituciones y las personas.

Otro ejemplo:

El fracaso del Estado, y especialmente del Gobierno en asegurar la provisión básica de seguridad, con cifras de victimización cada vez peores y con personas que lisa y llanamente, dejaron de confiar a en la justicia, demuestra el rotundo e inapelable desastre en que se han convertido las medidas efectistas de éste Gobierno en materia de orden público.

Helicópteros nocturnos, globos aerostáticos y drones mediante, visitas de subsecretarias a comunas ricas por “carterazos”, olvidando de paso a niños que mueren en balaceras en comunas de la periferia, aumentan la indignación. Súmele a lo anterior un Ministerio Público que hace rato viene siendo más conocido como una versión de “La hoguera de las vanidades” de Tom Wolfe, que por sus espantosos números de archivo de causas. Un 50% de los delitos y causas investigadas se van a las bodegas sin culpables. Así difícil evitar el miedo, la incertidumbre, la rabia y la ebullición.

Súmele a la ecuación un par de ministros despistados (más bien desconectados) que ante las alzas de la vida mandan a madrugar, rezar o comprar flores. Sin duda, la rabia aumenta y la mirada de la incapacidad de la política, los gremios, los profesionales, los intelectuales, las Universidades, en definitiva de todos, de solucionar los problemas que más aquejan la angustia de los chilenos a enfermarse, estudiar, transportarse, jubilarse o incluso morir aumentan exponencialmente.

Por suerte, aún hay espacios e iniciativas donde se mira y se piensa el país al futuro (insisto hago una generalización que se siente). Hay industrias que han empezado a entender este punto más allá de la caridad o la “responsabilidad social empresarial”, también hay políticos y dirigentes gremiales que enfrentan sus labores con responsabilidad. Probablemente son los que menos micrófonos e invitaciones a matinales tienen, pero están ahí desde emprendimientos, empresas, gremios, universidades, el Congreso y el Gobierno, intentando en un viaje silencioso y sin estridencia comprender algo de todo esto y adelantarse a los tiempos.

La preocupación por el cambio climático, la seguridad, el empleo, las pensiones, la salud, el cuidado de los adultos mayores, la educación de la primera infancia, requiere de visiones que vayan más allá de períodos cortos, de audacia, de valentía en el dialogo fraterno en la capacidad de negociar reconociendo pedazos de verdad en el otro, dudando de nosotros mismos, practicando el escepticismo crítico con nuestras propias creencias, solo así podremos salir del corto plazo y enfrentar con decisión el futuro del país para todos: Aquí la izquierda moderada, con mucha generosidad y por cierto con unidad (elementos que escasean) tiene mucho que aportar y decir, ese es el desafío de esta hora.

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