Pablo Morris

Pablo Morris

De profesión sociólogo. Me apasiona la investigación social, las políticas públicas y los temas laborales. Padre de una linda concertista de violín. También músico, escritor, maratonista y aprendiz de cocinero y jardinero. Soy chileno, migrante interno y externo. Optimista, quiero un país más justo igualitario y solidario, donde las personas puedan cumplir libremente sus sueños. Fui jefe del departamento de estudios de la Dirección del Trabajo y antes trabajé en SENCE, Asesorías para el Desarrollo, Fundación Chile y Fundación Chile 21.

El desafío de proteger el trabajo de la cultura

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¿Cómo hubiéramos vivido esta pandemia sin conciertos, canciones, películas y libros? ¿Cuántas relaciones familiares, amistades, amores hubieran podido resistir la distancia física, sin el tránsito de emociones compartidas que las y los artistas proveen a través de sus creaciones?

El valor de la cultura y las artes radica en su capacidad de producir identidad y sentidos compartidos. Valor intangible que tiende a ser invisibilizado en una sociedad altamente orientada a la competencia y la rentabilidad. Los bienes culturales tienden a verse sólo como algo que “se consume”, pero así se deja de observar que también son una forma de vida y modo de subsistencia para quienes “los producen”. Y resulta que son miles.

Una manera de ilustrar esta situación es relevando un dato que ha pasado desapercibido entre tanta mala noticia sobre los impactos laborales de la pandemia en Chile. La tasa de cesantía, que según la encuesta de empleo de la UC a fines de junio alcanzó un 10,6% a nivel general, en el caso de quienes trabajaban en actividades artísticas, de entretenimiento y recreativas es cuatro veces superior, llegando a un 44,5%.

Según los datos del Informe “Actualización del impacto económico del sector creativo en Chile” del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio (2016), en todo el país casi 500.000 personas trabajaban en algún tipo de oficio cultural, representando el 6,6% del total de personas ocupadas. En comparación con la fuerza laboral total, en el sector cultural hay una mayor proporción de trabajadoras y trabajadores por cuenta propia e informales, sin contrato ni previsión social. 

Desde un punto de vista económico, el mismo informe señala que las industrias creativas aportaron entre 2008 y 2013 un 2,2% al PIB del país, observándose un alto potencial de crecimiento y liderazgo innovativo en cuanto a exportaciones de bienes y servicios culturales a nivel sudamericano. Según la UNESCO, las industrias creativas son cada vez más protagónicas en el desarrollo de los países que están diversificando su matriz productiva, aportando no sólo crecimiento y empleo sino también desarrollo cultural, humano y social.

Sin duda la urgencia del momento es asegurar la alimentación de las personas y los ingresos de los hogares, especialmente los más vulnerables, frente a la crisis social masiva provocada por el derrumbe económico y la oleada masiva de destrucción de empleos. Pero ello no nos debe hacer perder de vista la realidad de segmentos específicos de la economía y del mercado laboral, como es el caso de la cultura. Porque sus trabajadoras y trabajadores atraviesan por momentos de extrema vulnerabilidad.

Una política pública para la cohesión social post-pandémica no debiera pasar por alto la dimensión de la cultura como “cemento” social simbólico, así como tampoco la dimensión económica de quienes fabrican dicho cemento. Y ello abarca desde quienes artesanalmente crean una obra musical, literaria o audiovisual hasta quienes intervienen en toda la cadena productiva de la industria cultural. Para que podamos seguir inspirándonos y emocionándonos quienes la disfrutamos como público. La ciudadanía entera.

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