Camila Erazo

Camila Erazo

Cientista política de la Universidad Diego Portales, con estudios en Teoría Política y Relaciones Internacionales en la Universidad de Chile. "He dicho asombro donde otros dicen solamente costumbre". 

El Estado como emprendedor

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Si algo tienen en común los comportamientos humanos durante una crisis, es su tendencia al cambio. Cambios que a veces pueden ser forzados, como el distanciamiento social, o cambios deliberados, motivados por experiencias excepcionales. Y dado que esta crisis parece estar estimulando cambios en muchos planos de nuestras vidas, vale la pena pensar qué oportunidades de cambio se abren para el Estado.

El año 2013, la economista Mariana Mazzucato publicó su elogiado libro “El Estado emprendedor”, en el que plantea la necesidad de reformular el rol del Estado para darle una nueva dirección al crecimiento económico. En él, Mazzucato sostiene que el Estado debe abandonar su viejo traje de restaurador del mercado –donde el mercado falla, el Estado corrige− y asumir un rol como emprendedor.

Aun cuando el proyecto de un Estado emprendedor parece hoy demasiado distante para aventurarse en él, lo cierto es que existen múltiples casos en que lo ha sido. Quizás el ejemplo por antonomasia sea el iPhone, que le debe buena parte de su diseño a tecnologías impulsadas por el Departamento de Defensa de los Estados Unidos (internet, GPS, pantalla touch, Siri). 

Desde esta perspectiva, Mazzucato no sólo propone dejar atrás la narrativa de un Estado que sólo corrige al mercado, sino desmitificarla: el Estado ha hecho mucho más que solucionar las fallas del mercado. Ha creado y dado forma a mercados que hoy permiten a millones de personas acceder a nuevas tecnologías. No hay nada de excéntrico, entonces, en pensar que el Estado debe jugar un papel activo – o protagónico- en la creación de valor en la economía.

Para ello, es necesario romper con el paradigma del Estado burocrático, poco innovador e inamovible, y dar el paso hacia un Estado que impulse el desarrollo de un “empresario-estatal”. Y que esté dispuesto a fallar. Porque fallar es parte del recorrido de la innovación. De hecho, uno de cada diez experimentos tiene algo de éxito, pero ese único éxito compensa los intentos fallidos.

La pregunta, entonces, es: ¿qué beneficios obtendría el Estado si se encaminara hacia este nuevo rol? La respuesta no son los impuestos, porque bien sabemos que muchas de estas empresas suelen pagar impuestos bastante bajos o instalar su centro neurálgico en países donde tributan menos. Tampoco son, necesariamente, los empleos ni los impuestos derivados de ellos. El principal beneficio, asegura Mazzucato, sería crear nuevos mecanismos de generación de retorno para el Estado, más directos que los impuestos, como es el acceso a un porcentaje de las acciones de estas empresas.

La crisis ha venido a recordarnos que esta propuesta pese a parecer excéntrica no lo es. Hace ya más de dos meses que supimos de las negociaciones que lleva adelante el gobierno alemán con la principal aerolínea de la UE, Lufthansa que, en medio de la pandemia, entró en el espiral de la crisis perdiendo cerca de 1 millón de euros por hora, desde el inicio del brote pandémico. La medida consiste en una negociación de rescate para la aerolínea a cambio de más del 20% de participación del gobierno federal de Alemania en la firma, convirtiéndolo así, en el principal accionista de la compañía. 

Sería bueno que esta ola de cambios –forzados y voluntarios− renueve también una concepción del Estado que empieza a revelarse más dogmática que moderna. Y que esos cambios permitan a los Estados asumir, de manera responsable, pero más aventurada, un rol en la economía que genere no sólo más ingresos fiscales, sino también desarrollos económicos más verdes, con más inversión en tecnología y, por sobre todo, desarrollos más inclusivos.

Foto: Mural del pintor chileno Mario Toral: “Memoria Visual de una Nación”

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