Pablo Gutierrez

Pablo Gutierrez

Abogado con estudios en Derecho Constitucional y Derecho Regulatorio Ambiental, con una vasta experiencia nacional e internacional en reformas institucionales y cambios regulatorios en diversos sectores del Estado.

El mayo latinoamericano

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La icónica fotografía del líder estudiantil alemán, Daniel “El Rojo” Cohn- Bendit, sonriendo a un policía francés en el Paris de Mayo de 1968, refleja la naturaleza y actores de tan famosa revuelta juvenil. Por un lado, la fresca sonrisa del estudiante y por otro, la República dirigida por el héroe de la lejana Segunda Guerra Mundial. Gran parte de los jóvenes que marcharon por Paris y participaron activamente de las huelgas de estudiantes y obreros, habían nacido en los años finales o posteriores a esta conflagración mundial. El miedo  ya no podía gobernarlos, como ocurre hoy en varios países latinoamericanos, donde el miedo a las Dictaduras o guerras internas, no constituyen disuasivos asimilables para toda una generación de jóvenes nacidos al alero de la última ola democrática.

Si bien nunca pueden analogarse hechos históricos, sus causas o proyecciones, parece si interesante extraer algunos elementos que parecen comunes, particularmente el rol de sus actores, la naturaleza de los movimientos y las complicadas decodificaciones que hace la clase política.

En Perú, Puerto Rico (USA), Ecuador, Colombia y Chile, los jóvenes constituyen el pilar central de las movilizaciones y su sostén primero. Esto a pesar de los intentos, repetidos en todos estos países, de diversas organizaciones sindicales, sociales o étnicas, de asumir la interlocución de las variopintas reivindicaciones de “la calle”. Por tanto, las formas de expresión y organización responden a cánones desconocidos para la clase política, razón por al cual no logran encararla de forma acertada.

Este elemento subjetivo, condiciona profundamente la ontología del movimiento en las calles, dado que, las expresiones de los manifestantes reflejan un hartazgo con el código cultural dominante, más que con requerimientos de transformaciones institucionales específicas. Igual que en Francia, estos movimientos deberían ser el escalón cultural de los cambios institucionales de nuestras democracias. El abuso en todas sus formas, sea esta la corrupción descarada, la colusión, el mal uso de recursos públicos, el “amiguismo” en el empleo público o privado, el uso clientelar de las instituciones públicas para lograr reelecciones indefinidas, constituye el sentimiento basal de los “movimentistas”.

Finalmente, la irrupción de estos invasores, como en la obra “sesentera” de Egon Wolff, inspirados en la necesidad de cambios culturales profundos, no han sido aún correctamente decodificados por la política actual. En el caso chileno, por ejemplo, las reiteradas burlas a través de frases de Ministros de Estado, fueron el combustible más poderoso para el estallido social. El descaro del fujimorismo en el Congreso del Perú para lograr la libertad de su anciano líder, las investigaciones judiciales del caso Odebrecht en casi todos los países latinoamericanos, la sordera del Presidente Duque en Colombia, entre otros casos, sólo reflejan la perplejidad de la clase política dominante frente a este inasible estallido social. En este punto, la impunidad y ausencia absoluta en la rendición de cuentas de las diversas formas de dirigencia estatal, desde el Presidente hasta los concejales municipales, son factores que nunca más podrán ser obviados en el futuro.

Nuevos actores sociales, nuevo lenguaje y un nuevo peldaño en el desarrollo valórico de nuestros países, son los elementos que componen el sustrato de las movilizaciones en Latinoamérica. Nuestros pueblos han soportado durante muchos años, las diversas “razones de Estado” que han postergado sus más caros anhelos. El temor a un retroceso al autoritarismo militar, no es más que una ficción utilizada como herramienta de control social y que ha demostrado ser totalmente inútil frente a los aguerridos jóvenes latinoamericanos. Es momento no sólo de decodificar adecuadamente las demandas sociales, en términos de llevar adelante reformas institucionales, sino que asimilar la condición valórica que subyace en el corazón del movimiento social y que está dejando atrás la República pos-autoritaria, para generar la República de los Iguales.

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