Jorge Navarrete

Jorge Navarrete

Abogado y columnista. Marido de una y padre de cuatro. Fanático de la U, adicto al grunge, la piscola y al Marlboro corriente. Mis bienes materiales más preciados son una moto, la citroneta, dos skates y un artilugio para volar. Como buen Libra, equilibrado por fuera y desequilibrado por dentro.

El Metro: el mío, tuyo, el de todos

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No soy un experto en transportes ni menos alguien con pergaminos para hablar de lo urbano y la ciudad. Mi profesión está vinculada a las leyes y, a ratos, oficio de columnista. Pero después de escuchar el notable podcast de Carolina Tohá (El Metro, el Paradero y el Basurero https://bit.ly/2n9N5RF) me puse a buscar un libro que llegó a mis manos hace algún tiempo y que conmemoraba los 40 años del tren subterráneo: el Gran Libro del Metro de Santiago. Costó, pero lo encontré, y puse a escribir sobre lo que él me provocó.

Nací el año 1970, tengo 49 años, y el Metro es parte de la historia de mi generación. Desde que tengo memoria, el Metro ha estado en nuestras vidas, una que convivió –al mismo tiempo- con períodos de horror, con otros de gran esperanza, y también de fuerte revisión y crítica, como son los momentos del actual debate público.

Eso es lo más extraordinario de este libro. Es una historia de vidas, detalles y situaciones, con las que convivimos a diario, pero descritas y contadas en un teatro, un escenario que se llama el Metro de Santiago. Hay lindos relatos de amor, como esa que le ocurrió a Carmen Pérez, hoy jubilada a los 64 años, que conoció a quien sería su pareja por más de un cuarto de siglo y que hoy tienen dos hijas en la universidad, las que, en idénticas circunstancias, podrían revivir ese mágico momento. También la de Oscar Rivera, ahora un ingeniero de 57 años, que después de un flechazo arriba del vagón, sigue persiguiendo a su Carmen, como aquel primer día que la vio. No se pierdan tampoco a la Colorina de Tobalaba, una historia que acompañada por la ayuda de la tecnología y las redes sociales, describe la persistencia de Felipe y Elisa, en un encuentro como le ha ocurrido a tantos otros.

Pero en un guiño a mi generación, uno de los relatos más notables, es el que hace el fotógrafo Javier Godoy, y que tuvo como protagonista a un mito de mi época como fue Gustavo Ceratti. Junto a Julio Osses, quien tenía que hacerle una entrevista, se describen una serie de episodios que terminan con el ícono del rock latino ingresando al Metro, para trasladarse al cerro Santa Lucía, sin que eso significara ninguna molestia, en especial por parte de los muchos admiradores que tenía en Chile. De hecho, el ya fallecido ídolo dijo ese día: “Santiago me resulta un lugar muy amable, sobre todo por la relación con la gente en la calle. El argentino, cuando te aborda para algo, sobre todo si eres un personaje público, es terriblemente irrespetuoso. Se caga en todo y te dice: ‘ché, firmame un autógrafo’, así te agarren en la mitad del tallarín. Acá es al revés. Hay una timidez respetuosa, que no sé cómo llamarla pero me encanta”.

Si de la música de los 80 se trata, no puedo dejar pasar que un recuerdo muy similar es el que probablemente muchos chilenos vivieron con Los Prisioneros. Recordarán ustedes que su disco Pateando Piedras, quizás el símbolo de una época que nos emociona y retrotrae a momentos muy intensos de nuestra vida. La carátula de ese disco fue registrada en el metro, una espacio que era habitual para los oriundos de San Miguel, comuna en la que vivían y estudiaban.

Esa sencillez y sobriedad es la que también se refleja en este libro, un homenaje a una de las obras urbanas más significativas de nuestro país. Desde una perspectiva emocional y ciudadana, en más de 200 páginas que recorren sus primeros 40 años en imágenes, recuerdos, testimonios y anécdotas, algunas de ellas nunca antes publicadas. Junto a detalles de cómo se construyó la obra de ingeniería, están aquí los testimonios de ese tejido humano que viaja subterráneamente por la arteria de la capital. Como un álbum de colección, recopila ilustraciones, planos, fotos y documentos que disfrutarán tanto los fanáticos como los pasajeros cotidianos. Nunca pensé, debo confesar, que un texto sobre una obra de ingeniería pudiera llegar a entretener y emocionar como lo hace éste.

Pero su mayor logro, creo yo, es que nos obliga a preguntarnos qué es para nosotros el Metro de Santiago.

Algunos, los más duros y técnicos quizás, nos recordarán que en sus inicios, en los años 70, eran cerca de 20 las personas que trabajaban en Metro, y cuando inició su operación era percibido por la población como algo turístico, un medio para pasear más que una solución de transporte. Santiago tenía entonces cerca de 3 millones de habitantes. Hoy en el Metro trabajan casi cuatro mil trabajadores y es mucho más que un mero medio para desplazarse: es un vehículo de integración, una importante arteria que permite la irrigación y la vida de toda la ciudad. Facilita la conexión, sin congestionar, saliendo desde el subsuelo, uniendo familias y compañeros de estudio y trabajo, desde un extremo a otro de la ciudad.

Los más prácticos, tal vez, harán el énfasis en ese punto de encuentro que significa el Metro. Es en la estación dónde nos ponemos de acuerdo para encontrarnos con alguien que no conocemos, donde hacemos la transacción concreta y real que iniciamos hace un rato en la web; porque si las redes nos provocan seguridad y miedo, el Metro nos da el cobijo, la certeza, la protección que buscamos y que nos hace falta.

Desde una perspectiva social, nadie podría eludir el irremplazable rol que al Metro le ha tocado cumplir por estos años, especialmente paleando las dificultades del transporte de superficie en la capital. El metro ha dado dignidad a esos ciudadanos muchas veces abusados, a los perdedores de siempre, a los postergados e invisibilizados en la vorágine cotidiana.

Quienes ponen la mirada en el espacio público y la cultura, no podrán soslayar el soporte que se le ha dado al arte, ese que genera identidad y pertenencia, que fomenta la lectura, que permite conocer otros mundos, y que le otorga una estructura vertebral a una ciudad salvaje e inexplorada para muchos.

Pero para terminar, quisiera entonces confesar qué es para mi el Metro de Santiago.

Tuve el privilegio de vivir en Madrid muchos años. De todas las cosas, lo que siempre más me impresionó, en contraste con nuestro país, es que mi hija estudiaba en el mismo colegio del hijo del mayordomo que cuidada el en edificio donde yo vivía. Eso, como tantas otras cosas, comprenderán ustedes, determina un modo de relación, una concepción del espacio público y una real valoración de la igualdad y dignidad que debería proveer nuestro modelo de desarrollo y acuerdo social. Poco de eso hay en nuestro querido Chile.

Pero quizás el Metro es el único espacio que no está segregado en la ciudad de Santiago. No hay trenes de primera y segunda clase. El Metro más moderno, ese último que se construye, no es necesariamente el que llega al Barrio Alto. El Metro no discrimina, vamos todos apretados en la hora punta, pitucos y gente modesta transpiran de la misma manera; y nadie en el vagón sabe, o le interesa, si el que va al lado es ABC1, C2 o 3D. El Metro es un símbolo de lo que nos gustaría fuera nuestra sociedad, aquella que cobija a grupos sociales diversos, etnias, inmigrantes, colores de todo tipo, ideológicos y de piel, haciendo carne la más básica y esencial promesa de una democracia: a saber, representar, tratar y cuidar a todos los ciudadanos de la misma forma.

Entonces… para mi el Metro es un también un signo de esperanza. Porque en momentos de mucha desconfianza e incredulidad, cuando la frustración y rabia parece apoderarse de nuestras vidas y relaciones, cuando hay tantos signos de desazón y pesimismo por estos días, el Metro de Santiago es el real y vivo más vivo testimonio que nos permite decirle a muchos que si hay una esperanza de una sociedad más justa e igualitaria.

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