Laura Gallardo

Laura Gallardo

Laura es de la U: su *alma mater* es la U y es, orgullosamente, profe de la Escuela de Ingeniería y Ciencias. También y, a pesar de todo, es de la U desde mucho antes que las S.A, más bien desde los pretéritos clásicos universitarios. Científicamente le ocupan los impactos humanos sobre el Sistema Climático y los cambios paradigmáticos por los que debe atravesar el mundo y la ciencia. Esto último viene de su otra influencia: la U de Estocolmo donde se formó como investigadora.

¿El nosotros reencontrado?: caminando al sur como Lucy

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El neoliberalismo a ultranza se instaló, primero, a balazos y con tortura en Chile. Pero luego se hizo parte de todo y de todos, con la venia o la desidia de todos, quizás más de unos que de otros. Impregnó la ciencia, la educación, la salud, el arte, la política, y nuestra manera diaria de sobrevivir. Algo parecido, a veces igual de fuerte, a veces un poco más controlado, ocurre en otros lados de este planeta. Y de pronto el yo reemplazó al nosotros, el mío al nuestro y el tener al ser. Todo con la fantasía de crecer y crecer y crecer y tener y tener y tener. Una fantasía que está, quiéranlo o no, en su merecido ocaso.

Los homo sapiens sapiens no hemos cambiado tanto en los últimos doscientos mil años. Seguimos siendo gregarios, vivimos en grupos y necesitamos acicalarnos unos a otros, cuidarnos unos a otros. Y esos contactos son a través de los sentidos: olfato, tacto, etc, y los medios digitales son aún representaciones insípidas de esas conexiones. Podemos conocer y reconocer como a 100 o 150 individuos, y reconocemos en los demás a semejantes. La empatía nos permite establecer lazos de confianza, identificar necesidades comunes y colaborar para inventar y para hacer. A veces, parecido a algunos otros primates (unos más primos que otros), también podemos ser muy agresivos. De hecho, una parte de la agresividad ciega que hemos visto estos días emerge de la falta de cuidado mutuo, de la falta de vida social y, paradojalmente, esa violencia asocial les da a quienes la ejercen, un colectivo, una pertenencia. Otra parte, la que a mi juicio es más grave, viene del invento europeo: el Estado, el del monopolio de la violencia. Y cuando esa violencia se ejerce para proteger los privilegios de unos sobre los derechos de otros, la sociedad se tensiona al punto del colapso.

Las marchas, los gritos y la música en coro nos hacen reencontrar un nosotros, ojalá para construir una sociedad mejor. Una cuyas reglas básicas de convivencia emanen de todes y sean aceptadas por todes, considerando no sólo humanos, sino que al entorno, si no por otra cosa por nuestra propia supervivencia (¡Nueva Constitución!). Ojalá podamos aquilatar el nosotros, acicalarnos y cuidarnos los unos a los otros, en nuestra semejanza y en nuestra diversidad. Para ello hay que seguir construyendo sociedad, tejido social, organización social. Empoderarnos no como marca de venta sino como [email protected] Habrá que recuperar el rumbo sur de Benedetti, ese de “apartando lo inútil, y usando lo que sirve…y así entre todos logran lo que era un imposible, que todo el mundo sepa, que el sur también existe”. El mismo sur de Lucy, nuestro ancestro de hace millones de años, el Australopithecus afarensis. Este ancestro, por cierto, no ha de confundirse con el otro, uno siniestro, de otro momento de nuestra historia reciente.

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