Pablo Gutierrez

Pablo Gutierrez

Abogado con estudios en Derecho Constitucional y Derecho Regulatorio Ambiental, con una vasta experiencia nacional e internacional en reformas institucionales y cambios regulatorios en diversos sectores del Estado.

El oasis y la sierra

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¿Quién iba a imaginar que algún día Colombia iba a tener manifestaciones sociales en sus principales ciudades? Aunque para muchos países de la región, exceptuado Perú después de Sendero, la movilización social forma parte del paisaje natural de nuestras sociedades. Pueblos originarios, campesinos, trabajadores o estudiantes, se han movilizado los últimos treinta años en todo nuestro hemisferio, incluido el vecino del norte. Sin embargo, el conflicto armado colombiano fue la principal barrera de contención de cualquier expresión de descontento social, llegando incluso a convertirse en objetivos militares, tanto de la guerrilla como del Estado, acusados de guerrilleros o traidores. 

No cabe duda, ahora más que nunca, que el proceso de paz impulsado por el Presidente Santos, fue un giro copernicano de la vida social y política colombiana. En el pasado existía, por una parte, una fuerza beligerante conocida como las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) cuya naturaleza se enmarcaba en dos condiciones copulativas: primero, argumentaba una causa legítima, discutible o no en términos de su realidad, en la defensa de los más desposeídos y segundo, una condición de ilegalidad, a partir de las normas jurídicas colombianas, por la naturaleza propia de un grupo armado paraestatal. Una vez fijado el contenido jurídico y político del Acuerdo de Paz, este grupo irregular cruzó un umbral donde su causa pasaba a legalizarse, así como su existencia como organización, volviendo ilegítima la lucha armada como vía de defensa de sus objetivos.

Es en este contexto, donde la movilización social irrumpe como forma de manifestación del natural descontento de colombianos y colombianas, producto de las más diversas formas de injusticia o discriminación, que estaban debajo de la alfombra producto del enfrentamiento armado. Los derechos de los pueblos originarios, la devastación del medioambiente o los derechos de la diversidad sexual, son solo algunas de las causas aplazadas por décadas en Colombia.

El Gobierno, como el alter ego de la guerrilla en el conflicto armado, enfrenta un dilema fundamental, este es, entender la movilización social como natural expresión de una sociedad libre y democrática. La natural tentación, para nada ajena a nuestra realidad nacional, será criminalizar todo el movimiento social, a partir de los focos de violencia que se han presentado y puedan presentarse en el futuro inmediato. Resistir esa tentación natural de un Estado guerrero, convertiría al joven Presidente Iván Duque, en el primer líder de la transición hacia la plena paz y democracia. Si en cambio, adopta la actitud contraria, no hará sino escribir nuevo capítulo de marginación de la sociedad civil, entregando nuevos argumentos a los violentos, en favor de las vías insurreccionales.

Chile fue declarado como un oasis por su Presidente de la República, sólo días antes del estallido social más grande del último medio siglo. Por su parte, Colombia abandonaba la sierra guerrillera, buscando su oasis pedido hace seis décadas, pero nadie dijo que el camino a la paz sería fácil. En ambos casos, a pesar de siderales diferencias históricas, en términos de la violencia política, las movilizaciones sociales enfrentan un par de desafíos similares. El primero, la tentación de criminalizar la manifestación ciudadana, poniendo sólo el acento en los focos de violencia y enfrentamiento. El segundo, que ambos países se despertaron abruptamente de un largo letargo, uno por la violencia interna y el otro por su violento exitismo autocomplaciente, sin una clara agenda de cambios y con una pérdida en la capacidad de diálogo social importante.

No cabe duda que, a pesar de nuestras diferencias en la historia reciente, Chile, Colombia y el resto de Latinoamérica debe enfrentar la agenda de la desigualdad y crisis de representación, con audacia y liderazgo, porque continuar postergando enfrentar esta realidad evidente, sólo desvanecerá el oasis por un buen tiempo y, una generación de jóvenes, se verá tentado en irse a la sierra.

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