Oscar Landerretche

Oscar Landerretche

Óscar Landerretche es profesor titular docente del Departamento de Economía de la Universidad de Chile. Tiene un doctorado en economía del Instituto de Tecnología de Massachusetts, MIT. Fue Presidente del directorio de Codelco (2014-2018), Director de la Escuela de Economía y Administración de la Universidad de Chile (2012-2014) y director fundador de la Maestría en Políticas Públicas de la Universidad de Chile (2004-2010).

El Oso Paddington

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Chile necesita una nueva política migratoria que sea discutida públicamente y acordada democráticamente. Esa nueva política debe aspirar a ser, a la vez, integral, responsable, pragmática, eficiente, humanitaria, ética y compasiva. Es difícil, pero para eso está nuestra democracia, para abordar problemas complejos y estratégicos que nuestro país inevitablemente deberá enfrentar.

El oso Paddington es uno de mis personajes favoritos de infancia. No es muy difícil entender por qué. Cuando niño, a raíz del exilio, fuimos una familia de migrantes. Debido a eso, una buena parte de mi niñez la pasé en Inglaterra, país al que siento cómo propio y cuyos desvaríos contemporáneos me duelen sobremanera.

Hay que decir, eso sí, que a pesar de que mis padres pasaron por un período muy duro en sus primeros tiempos de exilio en Colombia, eso ocurrió cuando yo era muy pequeño y, por ende, apenas lo vislumbro en la memoria. Mi experiencia de niño migrante fue en Inglaterra, después y ocurrió en el ambiente austero y frugal, pero civilizado y digno, de Longlevens, un barrio de obreros y militares de la ciudad de Gloucester. Además, ocurrió en un tiempo en que el fenómeno era menor y, por ejemplo, en todo el barrio yo solamente conocí a un niño inmigrante más que venía de Paquistán. Es importante decirlo porque mi experiencia como migrante no tiene absolutamente nada que ver con los dramas humanitarios que hemos observado en años recientes en el mediterráneo oriental; desde Centroamérica y México a Estados Unidos; o desde Haití y Venezuela hacia el resto de América Latina, incluyendo Chile. Sin embargo, si recuerdo lo que es ser un niño migrante y crecer en un lugar en que de modos más y menos sutiles se te hace sentir todo el tiempo que no perteneces, que no eres de acá, que eres un afuerino. Lo recuerdo muy bien.

Para los que han leído los libros de Paddington, sabrán que su historia parte con la llegada del oso a la estación de trenes londinense que lleva ese nombre. Lleva con él un maletín lleno de tarros de mermelada, una chaqueta azul tipo montgomery y un gorro rojo parecido a los que usan los pescadores ingleses. En su cuello lleva una nota que dice “Por favor cuide a este oso. Gracias”. Cuando una familia se interesa por el (los Brown) y le preguntan de dónde viene, él contesta que proviene del “Perú profundo”. O sea, es un oso inmigrante latinoamericano y obviamente tenía que ser importante para mí. Además, la estación de trenes que se usa para viajar a las dos ciudades en que vivimos, Oxford y Gloucester, es justamente Paddington.

La dinámica que siguen las historias del oso Paddington son casi siempre así: el oso es tremendamente amable, cordial y educado; de hecho, siempre trata de comportarse en la forma más deferente, respetuosa y “británica” posible; pero inevitablemente se termina metiendo en líos cómo resultado de su desconocimiento de las costumbres locales y por su “naturaleza” de oso, esto es, la cultura extranjera que trae consigo mismo. Los Brown siempre lo están sacando de líos, pero siempre lo perdonan por sus indiscreciones que se preocupan de corregir con buenas maneras.

Estoy convencido de que la serie Paddington de Michael Bond es el origen de mi afición a los libros ilustrados para niños. En gran medida, el proyecto de producción de libros ilustrados de educación cívica para niños en que me encuentro embarcado hoy tiene sus orígenes allí. El segundo libro de esta serie, titulado, “Pelusa y Leonel contra el circo clandestino” tiene como tema central la inmigración, los orígenes económicos que la producen y los problemas políticos que engendra.

Es un tema importante a discutir con los niños, porque, como sabemos, vivimos en una época de crisis migratorias; este fenómeno es algo que forma parte de su realidad y de su futuro, por ende, es algo que tenemos que lograr que puedan comprender y considerar.

Los fenómenos migratorios generan problemas porque en todo el mundo, y en esto Chile no es una excepción, las políticas migratorias no son populares. Llevado a un tema estrictamente electoral, discutir de migración no genera un solo voto, porque nunca una sociedad cree que reúne las condiciones adecuadas para aceptar al vecino que está en dificultades.

El fenómeno migratorio es, por cierto, global. Es quizás el elemento central de la crisis de la Unión Europea cuya expresión más reciente es, por cierto, el Brexit pero que ha generado disrupciones sociales y tormentas políticas en casi todos los países de la unión. Es, también, una parte central de los discursos nacionalistas de los gobiernos actuales de Estados Unidos, Hungría, Italia y también Brasil.

En Chile lo hemos vivido con creciente intensidad a raíz de los acelerados fenómenos de migración  desde Venezuela y Haití. No obstante, en nuestro país, Perú y Colombia aún representan movimientos migratorios más importantes que los publicitados casos de Venezuela (que es una situación especial) y Haití.

A lo largo de la historia humana, los fenómenos de migración siempre ocurren cuando se producen cambios disruptivos económicos, políticos, militares, religiosos o ambientales. La gente, en general, no quiere irse de sus tierras de origen, pero cuando las condiciones lo ameritan, lo hace inevitablemente.

Esto implica una verdad incontrarrestable: resulta iluso creer que un país pequeño como Chile pueda enfrentar por si solo un fenómeno global. En esto se emparentan el problema migratorio con fenómenos como la crisis climática causada por el calentamiento ambiental: solo se pueden resolver y enfrentar en forma multilateral.  Los aspavientos nacionalistas en esto no sirven en el mediano ni largo plazo. El mundo necesita un sistema que de gobernabilidad a los fenómenos migratorios y eso solo se puede hacer con acuerdos internacionales. No basta con ello, pero se necesita.

Es por eso, entre otras cosas, que resulta tan preocupante la adhesión del gobierno chileno actual a la posición de los gobiernos nacionalistas de Trump, Putin, Orban y Bolsonaro en contra del Pacto Mundial sobre Migración, conocido como Pacto de Marrakech. Ese pacto, a diferencia de lo que se dice desde el populismo de derecha, no obliga a los países a admitir inmigrantes. Lo que sí, los compromete a desarrollar políticas migratorias basadas en la evidencia; asegurar que todos los migrantes tengan una constancia de identidad y que la migración se produzca en forma regular, legal y formal; comprometerse a la cooperación para rastrear a migrantes perdidos y salvar vidas; asegurar el acceso a los servicios básicos y ayuda humanitaria para migrantes; y diseñar e implementar políticas de inclusión y cohesión social.

Es de la mayor importancia, en primer lugar, que se revierta esta posición nacionalista y anti-multilateral del gobierno chileno. Debiera ser prioridad de una coalición política de izquierda o progresista revertir esta decisión.

En este momento Chile tiene el mayor porcentaje de población migrante de su historia republicana. Si bien nos encontramos por debajo de los porcentajes que tienen países de la OCDE (10%-15%) en Chile ya estamos en torno a 7% de población migrante lo que es muy elevado para lo acostumbrado en nuestro país. Sin embargo, es un fenómeno que está creciendo y es probable que continúe. Aunque las crisis humanitarias haitianas y venezolanas llegaran a su fin, es probable que sigan llegando flujos significativos de migración como resultado básicamente del status logrado por Chile cómo el país más desarrollado y estable de la región.

El fenómeno de la inmigración, si es que ocurre en una escala y con una intensidad razonable de absorber, es benigno en el largo plazo.

Desde un punto de vista económico, en general, es benigno porque los inmigrantes vienen a trabajar, consumir, educarse e invertir (si es que tienen algo de capital o ahorros). Vienen, en el fondo, a hacer crecer nuestra economía y en ese crecimiento que generan nos benefician a todos los demás.

Desde un punto de vista demográfico, en general, es benigno porque nos ayuda a rejuvenecer la población. Chile es un país que ya pasó la transición demográfica, esto es, la generación “autóctona” chilena más grande fue la de los millennials y desde ahí en adelante han ido cayendo el tamaño de las generaciones y por ende ha ido envejeciendo la población “autóctona”. Debido a que los inmigrantes tienden a ser personas en edad de trabajar y relativamente jóvenes, el proceso rejuvenece nuestra población y fuerza laboral; rejuvenece la energía para trabajar y también la mentalidad.

Dese un punto de vista cultural, en general, es benigno porque los inmigrantes traen nuevos estilos de vida, nuevas comidas, nuevas músicas, nuevos acentos, otras razas, nuevas palabras, nuevas formas de vestirse, nuevas costumbres que enriquecen nuestra sociedad. Nunca es cierto que las costumbres de los inmigrantes terminan imponiéndose y arrasando las “autóctonas”. En general, más bien, se produce una síntesis, una mezcla, un enriquecimiento; el Chile de hoy, finalmente, no es otra cosa que el sincretismo de siglos de inmigrantes.

Por ende, la migración, en el mediano y largo plazo será un beneficio para nuestro país.

Sin embargo, eso no significa que no haya problemas.

En estos procesos de cambio siempre hay perdedores. Hay personas que terminan siendo los que asumen una proporción mayor de los costos de ajuste asociados a los cambios.

Por ejemplo, debido a la inmigración de trabajadores se puede producir una compresión de los salarios, esto es, que no suban a la velocidad acostumbrada o incluso puede caer la probabilidad de conseguir un empleo para los trabajadores “autóctonos”. Esto nunca va a ser cierto para todo tipo de trabajadores, siempre habrá algunos más afectados que otros. Una de las curiosidades de la inmigración reciente a Chile es que no solamente ha impactado a los trabajadores no calificados (obreros, constructores, temporeros, vendedores, repartidores, etc.) sino también ha impactado a los trabajadores calificados como resultado, básicamente, del influjo de inmigrantes profesionales de Venezuela. El punto es que, en general, los trabajadores “autóctonos” no calificados son mucho más vulnerables, tienen menos redes, ahorros y opciones a las cuales recurrir; para ellos la compresión salarial y la caída en probabilidades de emplearse son más serias y difíciles de absorber.

Otro ejemplo: la llegada de inmigrantes también genera cambios culturales que son complejos.  La gente no solamente vive de sus ingresos y consumo, también vive de su estilo de vida y su barrio. Para algunas personas, especialmente para personas de mayor edad, jubilados que viven hace años en sus casas y barrios, esos cambios pueden llegar a ser agresivos. A veces cambian las costumbres respectos de los espacios públicos, otras veces cambia el carácter de los barrios que, por ejemplo, dejan de ser residenciales y se convierten en comerciales. En ocasiones ese comercio que se instala genera externalidades y conflicto.  Y si se trata de personas de mayor edad o jubilados que tienen bajos ingresos o cuyo único patrimonio es la casa o departamento donde viven, muchas veces no tendrán la opción de cambiarse de barrio. Más aún, debido a que la mayor parte de los inmigrantes llegan en una situación de pocos ingresos, estos cambios tienden a ocurrir en barrios populares en forma concentrada; rara vez se sienten estos cambios en el barrio alto.

Así que la aceleración del proceso de inmigración genera costos de ajuste en el corto plazo, tanto económicos como culturales y esos costos no son asumidos en forma homogénea por toda la sociedad. En general son las personas de menores ingresos, de mayor edad y más vulnerables los que terminan asumiendo los costos en forma más que proporcional.

No ver esto, no entenderlo, es una forma de ceguera elitista que percibo como muy extendida entre algunos sectores políticos de nuestro país, particularmente en la izquierda, lo que les impide empatizar con algo que es una fuente de malestar, angustia y preocupación entre los sectores populares.

Esto no significa que uno tenga que aceptar estas resistencias o que deba relativizarlas cuando adquieren rasgos éticamente nocivos, por ejemplo, cuando devienen en actitudes xenófobas o racistas. No. Pero si significa que hay que preocuparse de estos fenómenos, expresar esa preocupación, ejercer liderazgo ético cuando es necesario y usar, en la medida que corresponda, políticas públicas para hacerse cargo del problema.

Y, por cierto, significa que la escala de la inmigración (en relación al tamaño de nuestra economía y población) es algo que debe analizarse. Todas estas disrupciones son exponencialmente mayores cuando esos flujos son demasiado grandes o demasiado rápidos en relación a lo que un país puede absorber.

Esto implica que tenemos que tener una política de inmigración, mucho más explícita, que surja de una conversación pública que ponga todos los elementos arriba de la mesa.

Por ejemplo:

(i) Es enteramente razonable que existan ciertos límites máximos a los flujos migratorios hacia un país. No me parece que haya evidencia de que Chile esté cerca de niveles que no pueda manejar; pero es concebible que esos límites puedan existir. Creo que es más sensato que discutamos cuales son o debieran ser esos límites, en vez de actuar como que nunca podrían ser necesarios y que terminen siendo aplicados igual, en forma oportunista, efectista y posiblemente discriminadora sin criterios públicos democráticamente acordados.

(ii) Esos límites debieran aplicarse de una forma que conjugue el interés nacional (ejemplo: favoreciendo la llegada de trabajadores jóvenes, emprendedores y profesionales calificados); con estándares éticos (ejemplo: sin discriminaciones raciales o políticas); y con criterios humanitarios (ejemplo: con mecanismos y espacios para refugiados económicos y políticos). Ese balance no es fácil de establecer, pero creo que es más saludable discutir públicamente sobre él y acordar políticamente que expresión práctica institucional va a tener.  Lo que nunca más puede ocurrir son los evidentes sesgos racistas que se revelaron en el proceso de expulsión de inmigrantes haitianos.

(iii) Hay que reconocer las disrupciones que se pueden generar en los mercados laborales y, por ende, se deben tener políticas complementarias de fomento al empleo que reduzcan al mínimo estas disrupciones para los trabajadores “autóctonos”. Para ello deben existir instrumentos de observación del mercado laboral mucho más precisos que los que tenemos hoy, que permitan monitorear lo que allí ocurre en forma mucho más detallada. Además, debe existir una política estratégica de estabilización laboral mucho más asertiva y rápida. Esto requiere de una estrategia económica del Estado que hoy no existe. 

(iv) Hay que tener políticas de inclusión, integración y adaptación de los inmigrantes. Eso en el largo plazo, ocurre naturalmente a través de la vida misma, en los trabajos, en los colegios, con los vecinos, etc. Sin embargo, de seguro hay cosas que se pueden hacer para facilitar y acelerar este proceso. En algunos casos tiene que ver con la integración a actividades sociales, culturales y deportivas. En algunos casos tiene que ver con el idioma, en otros tiene que ver con un conocimiento respecto de la cultura, costumbres e historia de nuestro país o de las ciudades y barrios a los que llegan los inmigrantes. Finalmente, esto tiene que ver con otro punto ciego de nuestra política pública: la existencia de políticas que fomenten la cultura de comunidad. Y para suerte nuestra, hay algunas experiencias y experimentos en ciertos municipios que vale la pena estudiar, mejorar y extender.

(iv) Hay que tener políticas de desarrollo, conservación, restauración y protección de la cultura de los barrios. No para que estos no cambien; más bien para que esos cambios ocurran de un modo armónico, amistoso, inclusivo y respetuoso. Esta mirada de desarrollo y preservación de espacios urbanos y públicos es algo que nos hace mucha falta en Chile. Importa para este tema, pero también es algo que es tremendamente necesario para que pasemos a una fase de nuestro desarrollo que considere y privilegie la calidad de vida y también el desarrollo comunitario.

(v) Hay que tener una política clara respecto a las crisis migratorias de frontera. A lo que ocurre cuando se produce un influjo de familias que quieren entrar a nuestro país. Eso no significa que vayamos a admitir para siempre a todo el que quiera venir, pero si implica tener una política que garantizar los derechos humanos de esas personas, que les otorga un trato digno y que manifiesta en forma concreta nuestra vocación humanitaria y solidaria como país. Nunca más debieran permitirse situaciones de indignidad como las que observamos en Arica este año.

Así que lo que necesitamos es una política integral respecto de la inmigración. Una política que discutamos con una mirada estratégica en que consideremos las cosas buenas, las cosas malas, los beneficios y también los problemas. Una política que sea pragmática pero también ética, racional pero también respetuosa de derechos humanos y civiles. Una política que empatice, además, con quienes asumen desproporcionadamente los costos de estos procesos.

Esta era la sabiduría que estaba contenida, finalmente, en el mensaje que el autor Michael Bond entregaba a través de las historias de Paddington. El oso era un extranjero, eso es claro, por eso lo querían los Brown, porque le añadía a su vida textura, ternura y aventura. El oso seguiría siempre dejando embarradas por no entender las costumbres locales, pero siempre seguiría tratando de adaptarse y aprender. Y la paradoja del cuento es, por cierto, que ese oso adicto a la mermelada, proveniente de las “profundidades del Perú” es, finalmente, lo más inglés que hay. El oso Paddington, inmigrante latinoamericano, es “lo” británico.

Michael Bond murió en junio del año 2017 a los 91 años. Ese año pasaron muchas cosas en mi vida que me llevaron a escribir libros para niños; creo que una de ellas fue la noticia de su muerte con la que me topé un día aciago en redes sociales. Durante la segunda mitad de ese año comencé a escribir las rimas y a buscar ilustrador. A mediados del 2018, estábamos lanzando, junto con la talentosa artista Daniela Fernández, el primer libro de la serie: “Tete y Leonel en la huelga de los animales” que trata sobre un conflicto sindical y su resolución a través del diálogo democrático. Este domingo 29 de septiembre lanzamos el segundo de la colección: “Pelusa y Leonel contra el circo clandestino” que trata el problema de la inmigración.

Un lanzamiento en honor a Michael Bond…

… y a Paddington.

Traigan a sus niños…

… especialmente si son inmigrantes.

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