Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

El Presidente

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A estas alturas de la crisis social, qué duda cabe, la institución de la Presidencia de la República ha caído en una profunda crisis que hace replantearse, pasados éstos hechos la cuestión sobre si esto se trataría de un problema sistémico de la institución y su sistema de balances y contrapesos constitucionales, o bien, sobre qué ocurre cuando en un sistema presidencial exacerbado, como el nuestro, el Presidente –ya no la institución, sino la persona que la ejerce- no logra interpretar adecuadamente la realidad y hacer un diagnóstico acertado de la misma, para poder acometer los cambios que la sociedad demanda y los desafíos, ya sea por incapacidad, indolencia, falta de interés o lenidad en el cumplimiento de sus funciones.

Hagamos un poco de memoria. El estallido social del 18-O, comenzó mucho antes. Pueden remitirse sus causas a falta de acción, frivolidad e incapacidad de largo tiempo acumuladas en frustraciones, dolores y necesidades. Sus causas, como todo proceso complejo son múltiples, indescifrables en el corto plazo, y probablemente nos tome un tiempo largo procesarlas.

Pero seamos claros, el polvorín existía y se había intentado disminuir su carga buscando en el Gobierno anterior proyectos que hoy resucitan bajo un impúdico paso del “Es culpa del Gobierno anterior” al “rescatamos el proyecto del Gobierno anterior” con pocos meses de diferencia. En buena hora.

Sin embargo se hace imposible no recordar las trabas, cortapisas y dificultades que intentó la derecha para detener avances en lo que hoy se apresuran en resucitar con temor ante lo evidente. Ahí están los proyectos constitucionales (que el ex ministro Chadwick señaló, en marzo de 2018, como lo que “este gobierno no quería que avanzara”, porque en sus palabras “Una Constitución es algo serio), la reforma a las AFP, la creación de una AFP estatal o bien la necesidad de una reforma tributaria redistributiva.

La historia los juzgará, como lo ha hecho a lo largo de nuestra historia republicana.

Recordemos que el abuso se instaló luego de la segunda estadía de Piñera en La Moneda. Baste recordar algún detalle, un Presidente que intentó nombrar a su hermano embajador en Buenos Aires, hijos, familiares pululaban en cargos públicos bien pagados, y el Presidente partía el año 2019, no pagando contribuciones en su casa de veraneo por 30 años, teniendo una ocupación sin permiso de una playa y viajando con sus hijos a hacer negocios en viajes oficiales. Súmele el lector, a lo anterior, la colección de frases y analogías de ministros (en todos los tonos y formas) que llenaron la agenda, además de un panorama económico que se alejaba con creces del 4% (y los Tiempos Mejores prometidos) quedando en una cifra cercana al 2% antes de octubre, acompañado de malas cifras en disminución de delitos y desempleo.

Usando el símil del polvorín, para cuidar uno se puede ser precavido o negligente y este Gobierno eligió la segunda opción, no sólo prendiendo fuego, sino dedicándose a fumar sobre la pólvora. El resultado dejará a estas alturas una huella indeleble en la historia de Chile, y el Presidente será recordado –hasta aquí- como un Presidente que no pudo comprender que ocurrió –reconozcamos que aún no logra hacerlo del todo-.

Pero no quiero desviarme de lo central. El Presidente de la República se ha empecinado en demostrar que su ánimo es el de una persona que no comprende lo que ocurre a su alrededor. He llegado a observar a Piñera, creyendo que está furioso con todo esto, que lo considera injusto con su rol en la historia (la con H mayúscula) que imaginó para su segundo período.

Nublado por una rabia incontenible –y por consejeros a estas alturas indescifrables en sus propósitos- ha cometido errores graves de forma, tiempo y fondo. Ha reaccionado tarde y mal. Ha jugado con la tranquilidad de miles al declarar la guerra a un enemigo inexistente, vago, ha intentado distraer la atención, no ha sido capaz de distinguir entre una minoría de vándalos (que hace mucho daño) y la gran mayoría de chilenos cansados, agobiados, reventados por el abuso. Ha confundido planos, conceptos, en definitiva ha actuado con abulia, falta de convicción, negligencia grave, sin duda alguna. Aun así todo puede escribirse, pero a ratos pareciera que Piñera consciente o inconscientemente no quiere o no logra hacerlo.

Pero más allá del Presidente, no nos confundamos. Un punto es quien ocupa transitoriamente el cargo y otra distinta una institución que tiene en el imaginario de nuestra democracia un rol preponderante.

Quiero referirme brevemente a tres puntos que creo necesarios de hacer:

Primero: ¿Esta terminado el Gobierno de Sebastián Piñera, y no queda más que esperar su fin? La respuesta es claramente no, si el Presidente llega en algún momento a entender y resignificar la crisis ante la que se encuentra. Para ello el Presidente está ante la paradoja de intentar solucionar los problemas como siempre se ha hecho o jugarse por hacer cambios con convicción (que no se le ve hasta aquí) que le permita salir al menos airoso de una Presidencia que será juzgada con severidad por la historia, no solo por la incapacidad sino por las graves violaciones a los derechos humanos cometidos estando el en el cargo y al mando del orden público.

Segundo: ¿Qué puede hacer el Presidente a estas alturas?, aunque suene utópico e incluso a estas alturas naif, después de escuchar su monserga habitual del “enemigo duro e implacable que no respeta a nada y a nadie”, podría ser parar y resetear su Gobierno. Esto es dar por terminadas las pretensiones por las que fue electo y abocarse con toda la fuerza y convicción a trabajar en varios temas en simultáneo. Solo así lograría salir por la puerta menos angosta con la que probablemente (y así lo demuestran las encuestas de hoy) lo juzga con severidad la ciudadanía.

En las tardes grises de la dictadura de los ochenta, en Sábados Gigantes, esa anestesia generalizada que se nos aplicaba a la vena en una televisión sin cable ni digitalización, sino en blanco y negro o con colores incipientes, había un sujeto que atraía mi admiración de niño. Un tipo equilibraba y daba vueltas simultáneamente varios platos a la vez (reconozco penosamente haberlo intentado y haberme ganado un coscorrón no menor de vuelta). El sujeto de los platos demostraba algo que el Presidente tendrá que demostrar es capaz de hacer, porque el tiempo se agotó, y porque como dijo muy bien otro contertulio de éste espacio, el senador Felipe Harboe, “La recaída puede ser peor que la enfermedad” y por cierto esta vez muy grave, quizás sino mortal.

El Presidente si “resetea” tendrá que equilibrar una agenda social que realmente llegue al bolsillo de los chilenos, acompañar con convicción profunda y jugarse por un cambio constitucional. Iniciar una agenda contra los abusos que permita a los chilenos observar que las conductas de la elite contra el mercado y especialmente en delitos económicos de la entidad de atentados a la libre competencia, evasión tributaria, uso de información privilegiada serán sancionados con penas de cárcel efectivas. Este último punto no es menor, los chilenos deben sentir, lo que Pablo Ortúzar o Mario Waissbluth han descrito acertadamente, que alguien paga la cuenta o el sentido sacrificial de la política. Alguien por cierto tendrá que pagar los platos quebrados del señor que no los supo equilibrar y que paradójicamente ha sido en su vida empresarial un símbolo de todas las conductas antijurídicas descritas.

A lo anterior, deberá sumar una agenda más profunda en materia de carga tributaria, reimpulso y reactivación económica, y además tocar en algunos espacios el modelo de instituciones que han perpetuado el abuso: Elija AFP, servicios básicos, isapres, medicamentos y léase un largo etcétera.

Además de todo lo anterior, y creo fundamental, el Presidente debe impulsar una Comisión de Verdad y Reparación. Es necesario que los mejores, analicen las causas de lo que nos sucedió y especialmente determinen las violaciones a los derechos humanos gravísimas, no solo expresadas en ojos arrancados (símbolos del horror vivido), sino en torturas, vejámenes, abusos sexuales y violaciones ocurridas en estos días en Chile que deberán intentar repararse con especial atención y cuidado.

Solo equilibrando los platos simultáneamente el Presidente podrá, insisto, mirar hacia adelante con cierta certeza de su rol en la historia.

Por último, para los cultores de la estridencia en los extremos de la derecha y la izquierda, sepan que la República se defiende en la figura del Presidente.

Los moderados, los centristas de izquierda no podemos dar pábulo a que un Presidente sea depuesto (por la vía constitucional o no). El golpe parlamentario (que tan bien describió en un libro el argentino Aníbal Pérez Liñán) no es un camino tolerable, menos aún lo es, cualquier llamado a las armas para quitar del camino a un Presidente constitucional y democráticamente electo.

En la centroizquierda sabemos y conocemos el costo que no sana en generaciones de deponer a un Presidente, sentando un precedente gravísimo a nuestra institucionalidad. En esto me sumo a la histórica entrevista de la senadora Isabel Allende que un acto de grandeza política concluyó en una frase iluminadora viniendo de quien vivió en lo personal el dolor de lo sucedido: “Los Presidentes de Chile deben terminar su mandato”.

No es hora de caprichos, es hora de grandezas. El Congreso ha demostrado estar, sin duda a la altura, con los acuerdos generados, ministros como Briones y Blumel también, en la derecha figuras como las de Mario Desbordes han hecho lo suyo construyendo puentes, falta al Presidente dar el próximo paso para rediseñar su presidencia, y a todos cuidar la figura de la institución presidencial, pues en ella, nos jugamos el futuro de la República que se quiere construir.

Es hora de grandeza para los demócratas de izquierda, y es tiempo también que la derecha y el Gobierno la lean, la entiendan e interpreten la realidad de manera distinta a como han venido haciéndolo dejando de lado las generalizaciones y mezquindades observadas en estos largos 46 días.

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