Miguel Yaksic

Miguel Yaksic

Licenciado en filosofía y teología y máster en ética social. Desde diversas veredas ha estado vinculado a lo político y la ética pública. Ha trabajado en la formación de trabajadores, en la promoción de los derechos humanos de las personas migrantes y refugiadas, en el desarrollo de competencias interculturales, en consultoría y docencia universitaria. Actualmente trabaja en el Consejo para la Transparencia y es profesor adjunto de la Escuela de Gobierno UC.

El problema más difícil

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En un seminario en el que me tocó participar, una de las personas que exponía señalaba lo importante que es diseñar una política migratoria que permitiera una migración sostenible. Es decir, con criterios y cuotas claras. Que facilitara un proceso de incorporación racional en la sociedad de acogida.  Le encuentro toda la razón. Es difícil que un Estado pueda abrir sus puertas sin más para recibir sin filtro a todas las personas que quieran residir en él sin que esto tenga efectos muy negativos sobre el país y, finalmente, sobre las propias personas migrantes.

Esta idea se repite. Cada vez más personas –académicos, políticos, ciudadanos– estudian, escriben y conversan sobre los desafíos de la migración. En muchas de conversaciones, en publicaciones, en los comentaristas de la radio se suele repetir la misma razonable idea.

Sin embargo, con todo lo razonable que es esa idea, es ciega frente al mayor problema que plantea la movilidad humana. Un problema que, para detectarlo, por obvio que parezca, se requiere calle, etnografía, recorrer las trayectorias y asomarse a las fronteras. Conversar con las personas y oír sus historias, frecuentemente muy desgraciadas.

Un Estado puede diseñar la política que quiera, pero poco puede hacer respecto de las causas que generan el desplazamiento.  Las crisis generan desplazamiento forzado, el que a su turno impone presión migratoria sobre otros países. Esos países se niegan, –con razones soberanas legítimas– a absorber toda la demanda. Porque no quieren o no pueden. Pero las personas siguen migrando igual. Porque no les queda otra. Porque están desesperadas. Pero ahora de manera irregular. Sin documentos. Suelen ser los más vulnerables. Las víctimas de siempre. Los descartados, como diría un argentino conocido. O los nadie, como diría un uruguayo escritor.

En diciembre pasado el gobierno decidió de forma intempestiva que no firmaría el Pacto de Marrakech por una Migración Segura, Ordenada y Regular. Justificando esta decisión, el excanciller comentó en la radio: -el Pacto termina con la distinción entre migración regular e irregular. Porque establece derechos para las personas que no tienen documentos. Y continuaba –cómo vamos a igualar a una persona que hizo las cosas bien, que tiene sus documentos al día y que es responsable con otra que migra sin documentos, una ilegal, la que no hace las tareas.  No sólo el excanciller no sabía que un Pacto no impone obligaciones, que este Pacto no estaba añadiendo ningún derecho nuevo, sino que no sabía que los derechos humanos son incondicionales.  Pero lo más doloroso fue su juicio. Fue decir que las personas que se encuentran en situación migratoria irregular lo son por aprovechadoras y flojas. Y no porque están desesperadas.

La pobreza, la falta de oportunidades, Estados fallidos, el conflicto, la guerra y los desastres ambientales tienen viviendo fuera de sus hogares a más de 70 millones de personas, según cifras que ha liberado la ONU recientemente.  De ellos, casi 26 millones son refugiados. La cifra más alta jamás registrada.

Parece que aquí está el fondo de uno de los problemas sociales y políticos más complejos que enfrentamos. Es lo que vivimos con los flujos venezolanos. Lo que hemos visto en Chacalluta. Familias inocentes que arrancan de la exclusión para quedar varadas en el desierto.

Por eso que la discusión simplona es hiriente. Decirles a esas personas que no caben en las cuotas, que su migración no es sostenible ni gradual, que no tienen el capital cultural que queremos es grosero. Como es ofensivo referirse a ellos con el lenguaje frío de la economía: stocks, saldos, migración neta. Como si se hablara de cátodos de cobre, botellas de vino, harina de pescado o celulosa.

No basta con decir que queremos una migración ordenada y gradual. Eso es obvio. Todos lo queremos. Esa es la reflexión fácil. La difícil está en preguntarse cómo vamos a proteger la dignidad y la vida de tantas personas que se mueven forzadamente al tiempo que no se precariza la vida de las personas más vulnerables de las sociedades de acogida.

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