Miguel Yaksic

Miguel Yaksic

Licenciado en filosofía y teología y máster en ética social. Desde diversas veredas ha estado vinculado a lo político y la ética pública. Ha trabajado en la formación de trabajadores, en la promoción de los derechos humanos de las personas migrantes y refugiadas, en el desarrollo de competencias interculturales, en consultoría y docencia universitaria. Actualmente trabaja en el Consejo para la Transparencia y es profesor adjunto de la Escuela de Gobierno UC.

El retorno de la comunidad

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Han sido semanas duras. La violencia ha sido brutal. De parte de muchos manifestantes y de parte también del Estado. Ha habido destrucción. Demasiados muertos, heridos y tuertos. Con todo, el apoyo al estallido social ha sido muy amplio. Y cada vez más transversal.

Entre todo lo que vemos, lo bueno y lo malo, hay algo que me parece especialmente esperanzador. Que puede ser la semilla de una transformación mayor. Es el retorno de la comunidad.

Los logros de la Modernidad han sido mayúsculos y fundamentales para la vida personal y social. El valor de la vida ordinaria, el valor de la conciencia individual insobornable, la autonomía de la voluntad, el límite a la soberanía del Estado que son los derechos humanos, la democracia liberal, los principios constitucionales como la separación de poderes y funciones, la ciencia, el aumento del bienestar objetivo y subjetivo. Pero debajo de todos estos avances, ha crecido una ética que subyace a la epistemología moderna. Una ética de la independencia, del individuo, de la responsabilidad personal, del progreso sin límites. Un humanismo que ha puesto al individuo en el corazón de la historia. Para bien y para mal.

Uno de los límites del liberalismo secular ha sido su pulsión por expulsar de la esfera pública las visiones comprehensivas de la vida: estéticas, éticas y religiosas. Se ha querido creer, para salvaguardar la libertad de los individuos y el respeto mutuo, que los asuntos sustantivos de la vida son asuntos personales. Que las concepciones del bien que nos definen son cosas de la esfera privada. Uno de los problemas de cierto liberalismo moderno ha sido el atomismo. Es decir, entender a la sociedad como una suma de individuos.

Todos estos avances modernos, con lo positivos que han sido, han dejado atrás la idea de comunidad.

Una de las cosas bellas que ha emergido con el movimiento social que vivimos es la conciencia de que esto se hace entre muchos o no se hace. ¿Cuántos de los que fuimos a la marcha más grande Chile, hace un par de viernes atrás, no experimentamos un poderoso sentimiento de comunión? Nos sentimos parte de una fuerza colectiva que había despertado.  

Los encuentros autoconvocados, la proliferación espontánea de cabildos y la idea de una nueva Constitución ha ido calando hondo. No solo por su contenido sino también por el hecho de que nazca de una deliberación colectiva.  Son todos bienes comunitarios y colectivos y no individuales.

La consulta nacional que harán el 7 y 8 de diciembre los alcaldes de Chile sobre una nueva Constitución, puede convertirse en una renovación de la política territorial y local, la política de los vecinos y del barrio.

Es el mismo sentimiento de solidaridad y comunidad que han experimentado personas que se han tenido que organizar con sus vecinos para proteger el barrio y defender lo que tanto trabajo les ha costado obtener. Han recurrido a chalecos amarillos y palos de escoba y paradojalmente han experimentado que la vida es mejor con otros.

Seguramente nos hemos descubierto conversando sobre nosotros bastante más que antes. Conversando mucho. En la familia, en el trabajo, en la micro y en las comunidades de las que formamos parte.  En el trabajo se han abierto espacios para conversar y contenerse rompiendo la rutina de todos los días.

Uno de los mecanismos para salir de este conflicto es el concepto de solidaridad, no de subsidiariedad. Es decir, la convicción de la que justicia social se construye entre todos. Y que allí el Estado juega un rol crucial.  La sociedad del cansancio, del consumo, del trabajo, de la competencia y del endeudamiento terminó por reventar la vida de los chilenos. La sociedad embobada por una idea de progreso ilimitado que solo traería bienestar al ser humano. O todos ponemos de nuestra parte, especialmente los que tenemos más privilegios, o este movimiento no dará fruto alguno.

Pero para que este movimiento permita el resurgimiento de la comunidad, tiene que ser con las manos limpias y a cara descubierta. Con fuerza, pero sin fanatismo. La intolerancia y la violencia son enemigos de la comunidad.  Está surgiendo una nueva fuerza deliberativa que puede convertirse en una buena noticia. Pero esta vez requiere reconocimiento de la diversidad. Requiere romper los guetos que habitamos y transitar a zonas distintas. Supone conversar con otros y buscar entendimiento. Implica reconocer que la democracia constituye un patrimonio invaluable y que la forma de cuidarla es comprendiendo que no hay otro camino que el diálogo.

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