Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

El silencio es el ruido más fuerte

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Para mi amigo, y su cámara.[1]

Miles Davis con la profundidad y cadencia tranquila de su trompeta suena estos días tristes de fondo mientras escribo estas líneas.

En la calle mueren chilenos víctimas del estallido social más profundo que tenga memoria nuestra historia reciente después de la dictadura.

Recuerdo una bella frase de Davis, “El silencio es el ruido más fuerte, quizás el más fuerte de los ruidos”.

Es difícil escribir, expresar en líneas lo vivido en las últimas horas. Habrá tiempo para aquilatar un estado emocional alterado, perdido. Las lágrimas afloran, los recuerdos se agolpan.

No he podido dormir, el silencio de la noche sitiada no me ha dejado. El tableteo de las aspas de los helicópteros a lo lejos, las imágenes de tanquetas, infantes de marina y el ejército en las calles, la idea de una estación de metro utilizada como centro de detención y tortura, los muertos, los heridos, los jóvenes que no verán más producto de los balines, los que ya no abrazaran a sus hijos, a sus madres a sus hermanos.

¿Se puede decir algo después de todo ello? ¿Se puede ensayar una palabra en este silencio que no nos deja dormir, en los disparos a lo lejos, en la inmovilidad de una ciudad sitiada? ¿Se puede decir algo entre bocinazos, pitos y cacerolas?

Solo veo imágenes, que aún no puedo aquilatar en palabras, las estaciones de metro ardiendo, pero también la alegría contagiosa, bella de una generación que hace retroceder las tanquetas a punta de cacerolas, que celebra, que sale a la calle que se hace canción y verso que grita su libertad. A familias completas alegres, a la represión insensata de sus cacerolas con gases y balines.

El silencio no es antónimo del ruido, es parte de éste, es una actitud que llena el espacio, la otredad entre los objetos y yo, entre la historia y sus imágenes.

Me veo niño, veo el rostro en invierno de mis padres, severos, asustados, probablemente con menos años que yo, en dictadura, Cooperativa suena con sus tambores con noticias horribles, y hoy trato de no poner esa cara, no transmitirles ese terror a mis hijos, mientras el terror me invade a mí mismo.

El terror se mezcla con una esperanza, la esperanza con la naturalidad de la realidad que choca con lo que queremos y se convierte en una parte de lo que no será.

Han sido largas horas de cansancio. Las imágenes llenan la cabeza. Vuelve el silencio.

No puedo dejar pasar la abulia, la indecencia, la lentitud, la arrogancia, la desidia y negligencia gravosa (me faltan sinónimos y adjetivos calificativos) de quienes dirigen el país y vuelvo a pensar en su guerra y en el silencio. No puedo imaginar mayor incompetencia, falta de conexión con la realidad. Pasaron 120 horas y no había más que un Presidente llamando a la guerra, rebajando a lo más bajo la investidura presidencial, destruyendo las bases de la convivencia nacional, llevando al paroxismo de su propia locura los límites de lo aceptable, de lo posible. Y pienso en el silencio. Y en la necesidad de silencio para entender en algo toda la locura.

Todavía no puedo explicarle a mi hijo mayor de ocho años que su cumpleaños no pudimos celebrarlo porque las calles están llenas de militares y no estamos en guerra. No sé cómo explicarlo.

Hace tiempo que perdimos la decencia del silencio, de la dignidad como país. Hace rato, todos tenemos la culpa. Desde no saber cómo se llama nuestro vecino a no ser capaces de ponernos en lugar de quien con un sueldo de hambre tiene que hacer magia para llegar a fin de mes, endeudado sobrepasado, agobiado, “empastillado” a punto de lanzarse al metro, ese que como icono del malestar ardió.

Dejamos pasar el silencio mientras los viejos se suicidaban, cerramos los malls cuando están por saquearlos, pero cuando se lanza al vacío un ser humano y se revienta en el piso ponen una carpa y se sigue comprando en silencio, mirando para otro lado el despojo humano, perdimos la humanidad la capacidad de mirar al otro.

El horror está ahí en cada esquina, presente esperando, hoy con infantes de marina acechando con sus ametralladoras.

Un diario títula “La crisis que nadie previó”, me imaginó que ellos no la habrán previsto cuando hace  unas semanas entrevistaban a un frívolo empresario que acostumbra a fotografiarse en su yate vestido de colores para verse jovial y liberal. “Ningún Gobierno se ha jugado por los empresarios” decía a desparpajo.

Nadie previó nada y todos sabíamos que el muerto estaba ahí. Como Monterroso “Cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí”.

Estaba en la miseria, en la miseria humana y material. En la miseria del alma, del corazón esa que todos llevamos dentro sin excepción, esa a la que nos acostumbró y nos anestesio el modelo, del que arrancan en escapismo algunos buscando otros horizontes.

Chile ha vivido sus horas más oscuras desde el fin a la democracia, desde ministros que hacen gala de una frivolidad sin límites que hizo explotar una olla a presión donde todos, sin excepción tenemos responsabilidad, desde los militares que usaban gastos de representación para joyas y chocolates para sus mujeres y amantes, pasando por parlamentarios que pagaban con sus asignaciones deudas personales, se declaraban indigentes al lado de los millonarios, asignaban a dedo asesorías truchas, mientras una de ellas sin pudor denunciaba, sin prueba alguna, que el narco se había tomado la Cámara de Diputados.

Por otro lado fiscales, jueces, miembros del Tribunal Constitucional, el Presidente, Parlamentarios, empresarios y figuras de la TV denostaban en los hechos y en las formas las actuaciones, desmontando las instituciones, rompiendo las reglas del juego, atropellando atribuciones, luciéndose con la cuña más estruendosa, pasando a llevar, alardeando, gritando. Hace tiempo se terminó el silencio.

Claro nadie sabía ahora.

Hoy tratamos de navegar y salir. Es prematuro saber para donde escapará toda esta presión acumulada, tiendo a creer que no será al paraíso infantil que alguno sueñan, por el contrario, no espero ninguna reforma estructural de quienes fueron elegidos para gobernar, menos con la negligencia que han actuado en estas horas, pero tampoco, espero que las cosas sigan igual. Supongo que cerca de 20 muertos y quien sabe cuántos más nos harán meditar, espero con el silencio interior que todos necesitamos, el país que soñamos y que queremos para nuestros hijos. Digo el silencio interior, porque ese silencio debe ser ruido, pero ruido del bueno, música y alegría de verdad. Imagino sí que el silencio de la meditación de los actos propios, hará a muchos elevarse a la historia con sus grandezas y a otros los sepultara en la pequeñez de su miseria y su egoísmo. Son horas para saber quién es quién.

El talante de los líderes se prueba también en las horas más difíciles. Pregúntenle a Churchill, a Mandela, Vaclav Havel o Adolfo Suarez.

No es tiempo de miserias, es tiempo de grandezas y algunos, día tras día, sin mirar aun lo que pasa a su alrededor no ven. Acusan y no dialogan, los otros no dialogan y acusan, y quienes creemos en el dialogo y la moderación somos motejados como miserables: Les digo, lo único que queremos es un país más justo, en paz, entendiendo que toda conquista nunca acaba, que la vida enseña que pedir lo imposible hace más improbable el avance, que la mirada de corto plazo no permite la mirada de la altura, que cualquier conquista es una suma de luchas colectivas, de caminos largos y no cortos, de avance de fuerza tranquila hacia objetivos, con estrategia, con técnica, con corazón y con táctica, de lo contrario se vuelve en decepción en miseria en cortoplacismo nuevamente.

Hace una semana, antes del estallido, escribí en Entrepiso una columna llamada “El corto plazo: Deporte Nacional”. Para ilustrarla utilice un grabado japonés hecho en tinta en 1830 por el autor Katsushika Hokusai, era una ola que simbolizaba que en algún momento la lentitud, la incapacidad de resolver los problemas del largo plazo pasaría por sobre nuestras cabezas y se llevaría todo.

Hokusai dedicó la técnica de la estampa en tinta para plasmar el arte del ukiyo-e esto es, la vida diaria y contemplativa de los estratos más bajos, de los más olvidados de todos.

Miro el grabado y su ola en silencio y siento que esos olvidados pasaron como una ola, prefiero guardar palabras sobre como saldremos, no lo sé. No tengo las respuestas, solo el silencio de la noche que no me deja dormir.


[1] Acompaño en esta columna las fotos de un amigo que ha querido cederme su trabajo de reporteo de este fin de semana. Como hombre tras la cámara me ha pedido que sus fotos hablen, no su nombre, ni su voz porque están en las imágenes. Prefiere guardar silencio son las imágenes las que hablan por sí solas.

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