Cristian Zuñiga

Cristian Zuñiga

Profesor de Estado. Vivo en Valparaíso.

El turno de la Democracia

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Este mes de octubre partió con innumerables columnas de opinión y generosas horas de pantalla televisiva dedicadas a proyectar el regreso de la violencia en las calles, justo a un año de cumplirse la fecha de inicio del denominado “estallido social”.

Lo cierto es que, la rutina de la violencia callejera (citando al rector Peña) parece haber regresado con aquel brutal empujón que un carabinero de 23 años de edad, propinara a un manifestante de 16 años y que terminara con este último,  boca abajo en el río Mapocho (mismo  que Piñera soñaba con convertir en un río navegable). También, el viernes pasado, presenciamos el retorno de la violencia, cuando cientos de jóvenes se dieron cita para destruir semáforos y  baldosas en el sector de Plaza Baquedano. 

Las imágenes son propias de un video juego, en donde encapuchados y carabineros, luchan por el control de la Plaza. Los manifestantes, en su mayoría, jóvenes, sin formación política en formato clásico, es decir, aquella otorgada por los puntos cardinales ideológicos, parecen vivirse esta rutina con el mismo entusiasmo de quienes pasan horas conectados a una consola o esperando, en sus respectivas barras bravas, que comience el partido de fútbol.

Por otro lado, están aquellos jóvenes con estudios universitarios, incluso, con posgrados en el cuerpo, sosteniendo esta movilización, desde la frustración que concede el reconocimiento no encontrado al final del largo camino de los estudios. Algunos denominan a esto, como la estafa de la meritocracia.  Aquí también entra un número, no menor, de quienes ven en la protesta social, en torno a la Plaza Baquedano, una especie de ritual metafísico para purgar los pecados de un país emborrachado en lucro y hedonismo. Estos últimos, suelen ser los manifestantes más neuróticos. 

 He aquí un diverso encuentro generacional,  en torno a una Plaza que, ahora se rebautizó como Dignidad. 

Para muchos investigadores sociales (hoy prolíficos en publicaciones), esta rebautización simbólica, resume de manera precisa el origen de la violencia, pues quienes descargan su ira en ese lugar, lo hacen por motivos nobles, tal como Jesucristo a la hora de expulsar a los mercaderes desde las afueras del templo.       

¿Cómo no va a ser noble luchar por la dignidad, aquel valor inherente del ser humano por el simple hecho de serlo, en cuanto ser racional, dotado de libertad y capacidad moral?

Pero  también hemos visto actos de violencia, en manos de quienes intentan asumir la defensa de la fuerza y el orden, al mejor estilo paramilitar. Desde el barrio alto se han visto caravanas de manifestantes uniformados y en algunos casos, armados. Se trata de ciudadanos que también ejercen la violencia callejera y suelen desfilar, tranquilamente, gracias a la custodia que les otorga carabineros. 

Es muy probable que, en los próximos días, cuando se cumpla un año de las quemas sincronizadas de las estaciones del Metro de Santiago (dos meses antes del desarrollo de la APEC en Chile) y se ramificara la protesta social a lo largo del territorio, vuelva la violencia a las calles y muchos ciudadanos se frustren, creyendo (tal como lo confirma la última encuesta Criteria donde siete de cada 10 chilenos creen que las protestas seguirán con la misma intensidad que antes) que , pasado lo peor de la pandemia y sus confinamientos, ahora  tendremos que volver a encerrarnos por miedo a los cortes de ruta, saqueos y quemas de edificios institucionales.

Sin embargo, pareciera ser que la mayoría de los chilenos añora retomar cuanto antes sus rutinas de trabajo, estudio y actividad económica, pues los meses de confinamiento (sumados a los de post estallido) han dejado al país, en una crítica situación material y psicológica. Es más, la actual crisis económica, proyecta dejar a muchos compatriotas en una peor calidad de vida que la experimentada hasta el 18 de octubre del 2019.  

Asimismo, la mayoría de los chilenos, espera asistir, el próximo 25 de octubre, a votar y muchos de ellos lo harán optando por escribir una nueva Constitución.  Será en este proceso constitucional que, nuestro país, de manera democrática, sabrá definir temas de fondo para reglamentar el futuro.  Y sumado a este plebiscito, el próximo año 2021, en el horizonte, aparecen siete elecciones donde, cada ciudadano podrá ejercer su derecho a voto.

A un año de ocurrido el denominado 18-O, la mayoría del país, pareciera no tener tiempo, ni ganas, para seguir el ritmo de un grupo minoritario que, a punta de amenazas y violencia física, intenta hacer valer sus condiciones. Es aquí que la política, aún con bajos niveles de aprobación, debe salir a marcar presencia, pues, a pesar de todo,  sigue siendo la instancia desde donde se ven representados los ciudadanos.   

El 15 de noviembre del 2019, las fuerzas políticas lograron ponerse de acuerdo para desarrollar un proceso constitucional, nunca antes visto en Chile. Quizás hoy, no lo dimensionen del todo, pues los sentimientos autoflagelantes, abundan en el ambiente político. Pero probablemente, este sea un acuerdo que se escriba con dorado en la historia del siglo XXI.      

Ahora falta que esas mismas fuerzas políticas salgan a defender, con convicción, ese acuerdo y algo más importante: salgan a defender la democracia y sancionen sin reparos los actos de violencia.  

Cuando la pandemia del Covid-19 parece no dejarnos (Europa vuelve a confinarse por estos días) y en las disputas globales, asoman los regímenes autoritarios asiáticos con sus imperios de algoritmos implacables,  es que debemos aprender a valorar, más que nunca,  nuestra democracia, como un sistema imperfecto. Pero el menos imperfecto de los sistemas.

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